La alabanza al objeto es una herencia del capitalismo que privilegia el valor material sobre lo espiritual y efímero del concepto, en este contexto, la artista mexicana Pia Camil propone una mirada crítica al sistema desde el interior de su estructura. Los objetos artísticos de la artista se basan por ello en el consumismo, mientras experimenta con materiales y formas que encontramos en nuestra vida diaria como cerámicas y textiles empleadas como reminiscencias de la arquitectura urbana que ella define: las ruinas del destruido mundo de la industria.
Recientemente cautivó al público y al comité curatorial de la feria de arte contemporáneo Frieze en Nueva York, al presentar una pieza de arte que se puede usar. Montó una instalación con la estructura de una tienda de ropa dentro del stand de la feria y regaló 800 piezas textiles similares a un poncho, creadas con remanentes de telas y desperdicios con errores de impresión recopiladas en fábricas de La Merced, en la Ciudad de México. Convirtió el desecho de una producción industrial en un objeto de la industria cultural a través de un método artesanal de diseño y confección.
Pero la moda no es el objetivo plástico de la instalación ni de las obras a las que además marcó con una “W”, inicial de “wear” y “watch” que son las acciones de “usar” para darle sentido a la obra y de “observar” el comportamiento de las personas que asisten y se relacionan con el mercado del arte.

Este trabajo se inspiró en las “pinturas habitables” del artista brasileño Hélio Oiticica, quien bajo un discurso político involucraba a la audiencia en un performance de tiendas de campaña y banderas de tela para pintar con el movimiento al ritmo de samba. Parangolé era el título de esa intervención en la que capas, pancartas y carteles textiles requerían del uso para adquirir un valor artístico y activar la pieza del artista. Camil retoma la idea y con esta intervención expone su propio juicio acerca de la percepción del arte como simple mercancía, en respuesta a la demanda y gustos de un mercado en particular, olvidando el sentido de creación libre inherente a toda práctica artística.


A lo largo de su trayectoria, la obra de Pia Camil se ha caracterizado por explorar la psicología del consumo, enfatizando una crítica a una sociedad que acumula objetos por status más allá de su función práctica. Su creación plástica responde a la “estética del fracaso”, la derrota del sistema comercial que no satisface a las personas más allá de un breve momento, por lo que incentivan una nueva compra que tampoco satisface por completo el círculo vicioso de sus necesidades ficticias. Camil realiza una abstracción de todo el espectáculo que acompaña las campañas del capitalismo, como los estruendosos colores brillantes en los letreros de neón y los anuncios espectaculares que pocos observan pero se han vuelto cortinas monumentales, collages de letras e imágenes que decoran las grandes ciudades.



La intervención de Pia Camil en Frieze NY realza además la tendencia actual del arte participativo, al vestir los ponchos diseñados por la artista el público perdía su papel de consumidor y se transformaba en parte de la obra misma, lo que Nueva York atestiguó en esa feria fue un performance sobre las relaciones de intercambio comercial y el valor de los objetos. Las ferias de arte no son como un museo, se han convertido en un lugar para exponer al individuo, de preferencia millonario, ya que el dinero es el protagonista dejando atrás el valor estético de la obra. En esa atmósfera latente de elitismo y vanidad la discusión que Camil generó partía de una simple pregunta: ¿Cuánto vale una obra? y al usarse ¿Cuánto vale una obra de la que soy parte? La reflexión entonces adquiere un sentido ontológico donde el dinero deja de ser fundamental porque el mercado aún no le pone precio al ser humano, aunque etiquete con cifras y códigos de barras todas sus creaciones.


Pia Camil expuso ante el mundo pedazos de moda como pinturas en una sala de arte, fragmentos de materiales cuyo significado se liga a la mercadotecnia y la publicidad como los carteles que son un asalto óptico al transitar por las avenidas y nos despojan del paisaje convirtiendo las ofertas y los precios de liquidación en las únicas esculturas contemporáneas que los habitantes del mundo anhelan observar.

