Lamento decepcionarlas pero: abuela, tías y mamá, mi sueño es no llegar nunca al altar disfrazada con un absurdo vestido y mil pasadores en la cabeza, encadenándome a alguien para toda la vida. No quiero ser una muñequita de pastel.
Odiaría caer en la rutina de levantarme todos los malditos días de mi vida y ver la misma cara, con el cabello sucio, en la misma cama de siempre y en la misma habitación. Hacer el mismo desayuno y soportar las manías que le caractericen. Lavarle los platos. Cocinarle tres veces al día. Tener que soportar las mismas posiciones en el rutinario y ceremonioso acto del coito y verlo dormir después sin que me abrace, porque soy suya y de nadie más. No quisiera que mi estabilidad emocional dependiera de alguien, y mucho menos mi economía.

Prefiero mi soledad que sentirme sola cuando hay alguien a lado pero le soy indiferente. No quiero convertirme en una de esas mujeres muertas en vida, que se desviven por su hogar y hombre, olvidan que lo más importante es uno mismo y se descuidan, aparentan entonces mucha más edad de la que tienen, caminan sin sonrisa, hacen el amor sin amar, viven sin vivir.
Y no, no seré tampoco la tía amargada con miles de gatos, quiero ser la tía que está sola pero nunca mal acompañada, que trabaja y se gana todo por su propia mano, que viaja para conocer gente nueva, y no permanece atada a un marido planchando camisas. Me quiero casar con la vida, no con alguien a quien le diga “mi vida”.

Deseo con toda el alma no toparme al amor de cara para no caer rendida en sus brazos. No quiero enamorarme e ilusionarme más, creyendo en el espejismo de que alguien me quiere y daría su vida por mí porque, seamos sinceros, eso no pasará. Si lo hice me arrepiento, creí que me pagarían con la misma moneda, pero qué decepción cuando me di cuenta que en realidad la única que había amado era yo, la que se había entregado era yo, lanzándose con los ojos vendados al acantilado, creyendo que caería en su regazo, ¡pero vaya sorpresa cuando me estampé en piso y él sólo reía de mi torpeza! Hoy, más que nunca, estoy convencida: no hay amor más sincero que el propio y éste es el único que jamás acaba.
Prefiero mi libertad que a una persona. Prefiero mi amor que las mentiras. Prefiero mi soledad que la compañía.
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Escribir cartas es la mejor manera que tenemos para expresar lo más honesto de nuestros sentimientos, por eso también te interesará leer Carta a mi hermano: cuando te enamores y Cartas de amor para mi amigo cerdo.
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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Raquel Núñez.
