¿Cuántas estaciones durará tu memoria? Me gustaría poder conseguirte un teléfono para el más allá y así puedas recordar. Quiero que vuelvas y me cuentes de tu vida, que me guíes al bailar, que me enseñes a cocinar tus recetas y poder aprender de la sensibilidad con la que vives, y cómo es que a, pesar de todo, logras reconocer la belleza del cielo y las estrellas.
No recuerdas mi nombre, no sabes quién soy. Ante tus ojos soy una extraña pero algo me dice que tu corazón me reconoce, ¿o es que acaso es tan grande como para amar a cualquier desconocido?

¿Por qué te siento más allá que acá? Sé que sería egoísta mantenerte en la Tierra cuando tu mente ya está en el cielo, pero es que soy tan susceptible a tu inseguridad, como cuando no reconoces a tus hijos o como cuando no logras diferenciar la playa de la ciudad.
Por favor, cuando regreses, si es que regresas, no pidas perdón, no tengas miedo de irte, yo sé que hay alguien más que te quiere y que te está llevando de poco en poco.
Por mi parte, te ofrezco mis abrazos y mi paciencia. Pregúntame una y otra vez las cosas, pregúntame quién es mi papá, como se llama mi hermana y si bailo ballet. Tal vez un día, desconociéndome, llegues a conocerme, y tal vez un día yo llegue a conocerme también.

**
Y antes de que esa persona se vuelva a ir, podrías decirle lo que sientes a través de este poema: “Me gusta acariciar los veinticuatro lunares de tu rostro”.
**
Las pinturas que acompañan al texto pertenecen a Kosuke Ajiro.
