
Se me derrumbó la sonrisa,
no sabía qué hacer cuando observé
cómo los pedazos caían…
Y en ese segundo
se desbordó el río de mis ojos,
donde por poco me hundo.
Provoqué una cascada que, desde gran altura,
día y noche crecía.
Sin esperarlo:
¡Se me vino un tsunami encima!
Y nadie pudo salvarme,
porque nadie puede contra la naturaleza
que quiere destruirse a sí misma.
