
No nos gusta bajar del árbol. Observamos los amaneceres desde la rama más alta de donde apreciamos el bosque colindado por montañas. Por las madrugadas hacemos yoga, desayunamos hojas con rocío y le cantamos a cada una de las nubes. Si no hay, bailamos en el silencio y el viento nos dicta el ritmo.
Por las tardes jugamos. Si llueve, la dinámica consiste en crear formas geométricas con las gotas. Si el sol pega en nuestras frentes plagadas de ojos, hacemos carreras parados de manos. Nuestros dedos son largos y pegajosos, nuestros brazos, flexibles y fuertes. Quien gana se come al perdedor. Lo vomita horas después para su reencarnación.
Por las noches tragamos luz de luna. Comemos de los frutos y aventamos las semillas a los habitantes de los árboles contiguos. Nos regresan el ataque e innovamos métodos de defensa. Nos gritan y les aullamos. No comprendemos su idioma. No queremos que entiendan el nuestro.
Cada familia tiene su espacio definido en el árbol. Cuando hace frío, dormimos todos juntos en la habitación más pegada a las raíces. Ahí se escuchan voces diferentes a las de arriba.
Cuando distinguimos pasos de pies grandes y tímpanos profundos bajamos al suelo de hierba. Perseguimos nuestro objetivo y lo escalamos para recorrer las piernas, el abdomen, el cuello y entrar por las orejas. Al árbol regresamos hasta que convertidos en tinta sobre papel nuestra historia se plasma en la memoria del mundo. Es nuestra única motivación para bajar del árbol.
Este cuento fue ilustrado por David Rocha. Puedes conocer su trabajo en Facebook y Instagram.
