Cuento escrito por Jorge Sarquis Bello y Fernando Meneses
Pintura de Deino Srs
La señora Ofelia quiso ser madre de nuevo y murió el día que dio a luz a sus gemelos que sí sobrevivieron. Su marido fue bombero, pero después de la guerra no quiso saber nada del fuego. Su hijo mayor, Fernando, cuando cursaba la primaria, quiso ser médico, pero al cabo de su juventud supo que era mejor un vida llena de lujos y se fue a residir al extranjero. Así fue como, entre tantas otras cosas pero sobre todo estudios, terminó como empresario, pensando recurrentemente en su padre que estuvo en el frente, conteniendo su arma al filo de las órdenes como una máquina.
Yo no quiero pasar tiempos de hambre, se dijo a sí mismo desde los catorce años. Había crecido entre mujeres y nunca tuvo problemas para determinar que era preciso ser infiel también en los negocios para hacer dinero. Fango es eso que me corre por el cuerpo, le dijo más de una vez a alguno de sus socios. Y como siempre le gustaron los placeres, se casó con una mujer que quiso ser modelo pero terminó como buena ama de casa.
Entre tantas niñas del mismo matrimonio a lo largo de los años, Fernando tuvo un hijo que quiso ser pirata, pero por la época y las circunstancias familiares terminó siendo abogado, trabajando en el legado de su padre, llevándoselo para rubros más fructíferos y discretos para la evasión de impuestos.
Así pasaron muchos años. La plácida corriente del tiempo posó su mano en sus pestañas, pintándolas blancas, y el vaporoso invierno llegó cada vez más frío. El último día de un enero, el hijo de Fernando descubrió las piernas de su padre como pilastras en la cama, agonizando, acariciando con la planta de sus pies las sabanas. Ahora Fernando estaba enfermo; muy adinerado pero enfermo.
–Aísla a su manada de leones– le dijo sin sentido por la calentura a su enfermera, creyendo que era secretaria, justo antes del infarto. Don Fernando, como le decían ya la mayoría de personas por aquellos años, había muerto por la locura y la fiebre del Lupus, pensando que era preciso morir para seguir matando. Aísla a su manada de leones, es lo que también pidió como epitafio, entre tantas otras cuestiones de la herencia que no se cumplieron.
