En el límite entre el periodismo y la literatura, allí se posiciona la novela de no-ficción. Entonces, ¿lo que se cuenta es posible de leer como realidad, o simplemente es real en el sentido de una dramatización fantástica en la narrativa? Repleto de polémicas, sobre todo cuando se trata de un texto que ha traspasado las páginas de los periódicos para resguardarse en los márgenes del libro apasionado y rentable, el género juega, construye y deconstruye la tradición periodística y las estructuras que se implantaron por muchos años en la redacción de noticias o la implementación de recursos estilísticos.

Sin embargo, es imposible omitir –para entender el cruce entre novelización y crónica– que la noticia es una narrativa natural que remite a acciones de personas y es presentada por un narrador como un suceso verdadero, vinculado a un mundo que resulta cercano a los interlocutores; justo como la ficción. Las noticias son el reordenamiento de una narrativa natural que destaca al hecho noticioso por sobre la historia del suceso, y viceversa. En el juego literario de lo noticioso, el relato a detalle y repleto de imágenes significativas se hace imprescindible.
En este contexto y dentro de este marco, cuando en los años sesenta surge en EUA un nuevo periodismo –mismo que conjuga(ba) una ética y un modelo objetivo con las libertades de la reflexión y la profundidad subjetiva del autor–, se dieron entonces maestros de la no-ficción como Truman Capote, Tom Wolfe y Rodolfo Walsh. Sujetos que hicieron del hecho verdadero y brutal una intrincada obra de arte a partir de las más explícitas narraciones y detalles con lupa.
Entre las producciones más claras, sin censura y con lujo de referencias exactas y altamente descriptivas, se encuentran:
Helter Skelter (1974)
Bugliosi & Gentry
Narrado de tal manera que no dejarás de pensar por semanas que alguna familia de fanáticos podría irrumpir en tu hogar y quitarte la vida de la peor manera. Se han escrito muchos libros sobre el asesino y en torno a las chicas que le seguían, pero ninguno como este título lleno de horror y malicia.

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Un extraño a mi lado (1980)
Anne Rule
Escrito desde la amistad misma de la autora con el asesino de la novela –y de la vida real–, Ted Bundy, este texto se ha actualizado un par de veces y ocasionado desde su publicación una serie de malos pensamientos o escalofríos como ningún otro.

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Columbine (2009)
Dave Cullen
Desde este incidente cada tiroteo escolar o cada caso de extremo bullying, nos trae a la memoria a Columbine. A diferencia del documental de Moore o la perspectiva plasmada por Gus van Sant en Elephant, Cullen nos ofrece una versión profunda, sin tintes políticos y una visión de los asesinos en su sentido más humano posible.

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A sangre fría (1966)
Truman Capote
Capote esboza en esta narración retratos de las víctimas, a la policía en medio de aquellas pesquisas que condujeron el caso legal y de Hickcock y Smith, no sólo como dos criminales psicópatas y enfermos, sino como dos personajes perfectamente perfilados y sensibles, llenos de intimidad y datos que no permiten duda alguna.

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Felices como asesinos (1998)
Gordon Burn
Después de que su hija contara a sus compañeros de escuela acerca de los abusos que sufría en casa, Fred y Rosemary West fueron capturados y detenidos. Las razones que agravaron la denuncia: entre 1967 y 1987, torturaron, violaron y asesinaron a mujeres, niñas e incluso miembros de su propia familia. Toda la información fue recogida y novelada para esta entrega.

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La extraordinaria mente de Billy Milligan (1981)
Daniel Keyes
Para cerrar este recuento, vale la pena mencionar este relato que te hará dudar de muchas personas a quien conoces y del sistema político que nos rige. La historia se centra en este hombre que durante los años 70 cometió varios delitos –entre ellos violaciones– y quien fue el primer criminal en ser absuelto debido a un diagnóstico de trastorno de personalidad múltiple.

El género al que estos textos pertenecen está compuesto por elementos fácticos y ficcionales, pero resulta de suma importancia, para el efecto que causa en nosotros como lectores, que entre ellos se desarrolle un perfecto equilibrio. En caso de que alguno muestre predominancia frente al otro, desaparecerá la tensión cuidadosamente elaborada entre ambos elementos y el texto terminará de inclinarse para la categoría fáctica o ficcional, sin conseguir eso que tanto amamos al leerle.
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