Te lo advertí claramente: nunca pongas demasiadas esperanzas en los demás y al decir “los demás” obviamente me incluía a mí. Pronuncié esa sentencia cuando estábamos sentados en la terraza de tu casa. Llovía pero nos tapaba una sombrilla verde de plástico que a buen tino puse aquella tarde, previendo el agua que podría arruinar la cena. Todo fue perfecto hasta que mis palabras sumieron tu rostro en la oscuridad como cada vez que te decía lo que realmente pensaba. Siempre hacías el mismo gesto cada vez que mis palabras (“no estoy seguro de amarte”, “hoy no quiero pasar la noche a tu lado”, “no siento inspiración para hacerte el amor”, “no me gusta tu cuerpo”, “¿por qué no mejor nos vemos mañana?”) te herían.

Me enfurecí cuando te echaste a llorar. Siempre era la misma reacción cuando me limitaba a despreciarte, ¿no podías ser un poco más original y comenzar a insultarme, a decirme que te gustaría que me muriera o simplemente tomar tus cosas y largarte de ahí? No, lo único que se te ocurría hacer era taparte el rostro y derramar lágrimas. Qué fastidio.
Pero te obstinaste a seguir creyendo en mí, en la perfección que, según tú, siempre me ha caracterizado. Qué estupidez pensar que alguien puede ser perfecto. Lo nuestro nunca lo fue. Esa fue otra equivocación de tu parte: pensar que lo que vivíamos podría ser estupendo. Para mí fue apenas un pasatiempo que me hacía matar las horas que de otra manera habría empleado en ver estúpidos programas de televisión, dedicarme a beber o ir de compras a malgastar mi dinero.

Podríamos decir que fuiste un salvavidas temporal que me arrancó de la monotonía, pero que nunca me hizo sentir amor. Al contrario: pensaba que era una estupidez besarte, abrazarte o dedicarte cualquier gesto de amor; como esos que muchas veces llegaron a revolverme el estómago. Acudir contigo a una fiesta, presentarte con mis amigos o caminar contigo de la mano era una especie de martirio. Por eso, hace unas horas te pedí que nos dejáramos vivir por separado.
¿Y qué hiciste? Maldita sea, lo de siempre. Las lágrimas salieron de tu rostro casi en la misma proporción que la lluvia de aquella noche. Mala suerte que no llevaba conmigo una sombrilla verde para atajarme. Lloraste como nunca lo habías hecho en la vida.

— Contrólate – te dije-. Estás dando un espectáculo lamentable.
— No puedo… no… puedo… -me decías entre sollozo y sollozo.
¿Qué otra cosa podía hacer ante una situación a la que era necesario ponerle fin? Estos meses fueron una especie de martirio que ya no me era posible soportar. Sentía asco de salir contigo, asco de tocarte, de escuchar las anécdotas de tus amigos, de hacer planes ante los cuales no tenía motivación alguna. Vivir ya es de por sí difícil como para enredarte cada vez más en una relación que odias. Por ello, hace unas horas mi corazón tuvo que armarse de valentía para romper el tuyo que ahora yace destrozado en cientos de fragmentos. Espero seas capaz de recomponerlos algún día.
— Contrólate. — te dije — No es para tanto. De todos modos puedes conseguir a alguien con quien la pases bien.
— Es que… yo no… quiero a… nadie… que… no seas… tú…

Que escena tan patética. Hace unas horas contemplé cómo un alma se venía abajo y un corazón rebajarse por un abrazo que se puede obtener en cualquier parte. Todavía puedo oler en mi camisa el aroma de tu perfume, que por cierto es asqueroso. Cuando por fin te controlaste llegamos a tu casa. Todo lucía en orden y el silencio era absoluto en la estancia. Me senté en un sillón mientras tú te encerrabas en el baño.
En mi interior, me sentía en paz conmigo mismo, cuando alcanzas esa sensación puedes estar seguro de estar viviendo con provecho. En el momento en que dejas de poner demasiadas esperanzas en los demás (y en ti mismo) la vida se vuelve más liviana y es muy sencillo arrojarte a planear por los aires. Pasaron 30 minutos que emplee en tomar agua fresca.

Cuando me disponía a decirte adiós e irme de tu casa, saliste del baño. No vi en primera instancia cómo sangraban tus muñecas y tu cuello sino la apariencia de tu cabello revuelto.
— ¿Acaso cambiaste de peinado? — te dije.
Segundos después vi la sangre manchar tu ropa y el suelo blanco.
— ¿Pero qué has hecho? — grité enfurecido.
Avanzaste hasta mí tambaleándote; me hice a un lado y te desplomaste al suelo. Un miedo atroz me invadió de los pies a la cabeza. “Tendría que estar en casa viendo la segunda temporada de mi serie preferida”, pensé. Vaya reflexión más ridícula, lo sé muy bien, pero a veces el cerebro trabaja de una manera muy extraña en situaciones de estrés. La sangre manaba de tu cuello rápido y a borbotones. Tus muñecas estaban teñidas completamente de un rojo opaco. Era hermoso, y a la vez lamentable, verte en esa situación. Pena ajena es lo que sentía.

Salté tu cuerpo y antes de salir dije:
— Perdón por romperte el corazón y no sentir nada al respecto.
Cerré la puerta con cuidado y eché a caminar en la oscuridad de la calle.
Crueldad es una palabra que muchas veces forma parte del vocabulario del amor. Lo único que quiero es darte un beso antes de que todo acabe, suelen decir muchos amantes antes de despedirse. De esta forma es como deambulamos como almas perdidas en el vacío, en busca de nuestra esencia. Nadie ha dicho que las cosas sean fáciles en la existencia de los enamorados.
