
¿Alguna vez te preguntaste cómo pudo haberse visto el amor de Carlos en Las batallas en el desierto, pero desde el punto de vista de Mariana? Descubre en este cuento la otra cara de una de las historias de amor más icónicas de la literatura mexicana y echa un vistazo la posible futuro de uno de los personajes de Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco.
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—Miss Mariana, estoy muy enamorado de usted.
—Carlos, no puedes estar enamorado de mí, —aseguró ella,— eres muy joven para tener esos sentimientos.
—El amor no tiene nada que ver con edades —Carlos, ni el peor, ni el mejor de sus alumnos, se veía completamente convencido— Estoy enamorado de cómo se pasea en el salón, de su labial morado, de sus tareas. Todo me gusta de usted, quisiera que saliera conmigo, sólo usted y yo, paseando por el parque
—Y si te digo que sí, Carlos. ¿Qué haremos? ¿tomar una cerveza? ¿has bebido antes? ¿vas a pasar por mí, o esperas que llegue sola? ¿Y si sube la temperatura, tienes dinero para un hotel? ¿Tienes dinero para la cena o pretendes que yo pague? Anda, Carlitos, responde, no estás pensado en eso, sólo estás actuando por impulso adolescente. No tienes nada claro, no eres independiente. Te agradezco el interés, se me hace muy lindo, un poco atrevido, pero lindo; lo tomo como cumplido. Pero te digo, no; y es un no para siempre.
—Pero Miss, yo la amo.
—Carlos, Carlitos, tienes 14 años, probablemente vayas a amar a 29 mujeres más en tu vida. No te preocupes.
—¿Cuándo yo tenga su edad, podemos salir? —Carlos intentó negociar.
—Cuando tu tengas 30, yo voy a tener 46, en ese caso creo que serás tú quien ya no va a querer salir conmigo.
—¿Cuántos años faltan para que yo tenga 30?
—Tú dime Carlitos.
—No sé … ¿22?
—Ay Carlos, ¡Ay Carlos!
—Pero Miss, le prometo que cuando tenga 30 la voy a buscar, no habrá montaña tan alta que mi amor no pueda escalar por usted. Yo la voy a buscar y esa es mi promesa que jamás faltara. Usted vivirá por siempre y para siempre en mí.

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Mariana, la maestra, al escuchar las palabras de Carlitos sintió algo que hace años no sentía. Algo en las palabras de ese niño habían despertado ese deseo de ser infinitamente amada; también nació la pregunta: ¿alguna vez alguien me amará como Carlitos? ¿Alguna vez yo amaré así alguien?
Mariana vivió los siguientes años entre amores efímeros y otros más importantes; se casó para después divorciarse, pasó sus treintas como en una montaña rusa. No encontró más que paliativos, pálidas imitaciones de la idea que tenía del amor.
Así llegó su cumpleaños número 46 y lo primero que quería hacer era llamar a Carlitos; lo quería buscar, tenía la duda eterna de si él seguiría sintiendo ese gran amor por ella. Mariana sabía que era poco probable, pero no podía pasar el resto de sus días preguntándose qué fue de ese amor que escalaba montañas y cruzaba mares, que alguna vez sintieron por ella.

Había vivido todo ese tiempo con la esperanza de que alguien la amaría por siempre y aunque sólo fuera el amor de un niño, la idea le daba suficientes fuerzas para levantarse todos los días. Por eso investigó el perfil de Carlitos en Facebook hasta encontrar un número telefónico al que podría llamar para, por lo menos, preguntar por él. Justo antes de llamar, el teléfono de Mariana sonó, para su sorpresa, mostrando el mismo número que acababa de descubrir en la web. Era Carlitos; Carlitos cumpliendo su promesa.
Mariana dudó por un instante en contestar, pero sabía que si no lo hacía podría arrepentirse toda su vida.
—¿Carlitos?
—Miss Mariana —su voz era más grave, obviamente, pero indudablemente la misma que hacía años había jurado amarla.
—Cumpliste.
—Los niños y los borrachos siempre cumplen sus promesas.
—La frase termina con “siempre dicen la verdad”
—Nunca fui bueno con las mates ni con los dichos —Carlos rió, y esto le dio valor a Mariana.
—Es verdad… ¿Y bueno? ¿me sigues amando? Dios, me siento avergonzada de preguntarlo.
—No te preocupes, el verdadero amor no tiene fecha de caducidad; claro que te sigo amando.
—Pero no me conoces.
—Por eso estoy seguro de que te amo —insistió— ¿Y tú, me amas?
—No, no creo.
—Eso duele.

Mariana hizo una pausa para respirar hondo y contestó con la boca llena de convicción.
—No, no te amo, no sé quien seas, no estoy enamorada en lo absoluto de ti —no podía mentirle, no a Carlos— Te di clases cuando eras un niño y aún lo eres, al menos para mí. No te amo Carlitos, amé tus palabras, amé tu ofrecimiento de un cariño para siempre; tenías 14 años, seguro no tenías idea de lo que decías, pero una oferta como la que tú hiciste no pasa a menudo. Me amabas sin conocerme, me amabas y solo eso. Todos estos años me sentí sola porque nadie me ofreció lo mismo; fuiste un punto de quiebre en mi historia de amor, aún lo eres, pero hoy me doy cuenta de que sólo fueron las palabras y nunca fuiste tú, ahora que te escucho lo entiendo.
—Está bien, olvida eso. Salgamos, yo tengo palabra y te volví a llamar, en una de esas te enamoras de mí.
Mariana colgó el teléfono, se sentó en su silla de mimbre y prendió medio cigarro.
Se quedó pensando en Carlitos y en todos esos hombres que alguna vez le prometieron su amor, ¿por qué no funciono con ninguno? ¿por qué con ninguno se escribió una gran historia? No pudo encontrar un patrón, una respuesta, un algo. Tenía 46 años y más preguntas que respuestas. Seguía teniendo miedo a quedarse sola, pero lo que había confirmado con esa llamada era que tenía más miedo a nunca entregarse por completo, a nunca amar a nadie como Carlitos la había amado a ella.
Checa también: “Las batallas en el desierto”, la clara muestra de que estamos sumergidos en un mundo de desapego amoroso
https://www.youtube.com/watch?v=fMaxO5UCxIU
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