¿Qué sería de nosotros sin la poesía? Sin aquellas letras que nos ayudan a plasmar nuestros pensamientos, las dudas profundas, todo aquello que habita en nuestra cabeza y que demanda salir del corazón. La poesía es más que palabras y frases, es amor, dolor, vida, muerte; no sólo se escribe en papel, también se graba en la piel, es evocar esos momentos y sentirla aún más cerca, desprende sonrisas y lágrimas infinitas, nos enseñan que el poder de cada palabra se escribe con el alma y el corazón.
Amor, desamor, amores desafortunados por el destino, amores prohibidos y amores platónicos son algunos de los temas más recurrentes en la poesía. El ser humano vive para enamorarse, vive para mantener la ilusión de que algún día llegará o volverá aquella persona que robó su corazón. Todos aquellos que se han enamorado aseguran haber experimentado el sentimiento más hermoso que alguna vez sintieron, que aunque a veces sea pasajero y los deje derrumbados, no cambiarían por ningún otro y el cual desearían repetir una y otra vez.
José Ángel Buesa, uno de los poetas cubanos más apasionados, románticos y melancólicos, mejor conocido como “El poeta enamorado”, conquista a todos aquellos que lo leen y hallan en sus poemas la profunda sensibilidad que lo caracteriza; cualquiera puede intentar hablar de amor, pero sólo los apasionados que viven para el amor son los que logran insertar cada letra en el corazón de los lectores.
“El único fallo inapelable contra un poema, es el olvido; y, en realidad, un poema pertenece tanto a quien lo ha leído y lo recuerda como a aquel que lo escribió”, menciona Buesa, nacido en Cienfuegos, Cuba, en 1910, desde joven comenzó a encontrar el gusto por la poesía; publicó y editó su primer libro a los 22 años para después consolidarse como uno de los grandes poetas de habla hispana con textos traducidos al inglés, portugués, ruso, polaco, japonés y chino. Con influencias de Verlaine, Valéry y Darío, logró llegar al público joven, pues en sus poemas utiliza con gran habilidad el lenguaje cotidiano. Buesa pensaba que para generar verdadera poesía no había nada más que la fidelidad consigo mismo, en lugar de escribir con palabras rebuscadas que hicieran difícil su entendimiento.
Sus obras más importantes son Oasis y Poeta enamorado que sin duda al leerlas te cautivarán, por eso te dejamos una selección de poemas incluidos en estas obras para dedicárselos a la persona que marcó tu vida pero que al final tuvo que irse.
Poema de la despedida
Te digo adiós, y acaso te quiero todavía.
Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.
No sé si me quisiste… No sé si te quería…
O tal vez nos quisimos demasiado los dos.
Este cariño triste, y apasionado, y loco,
me lo sembré en el alma para quererte a ti.
No sé si te amé mucho… no sé si te amé poco;
pero sí sé que nunca volveré a amar así.
Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,
y el corazón me dice que no te olvidaré;
pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,
tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.
Te digo adiós, y acaso, con esta despedida,
mi más hermoso sueño muere dentro de mí…
Pero te digo adiós, para toda la vida,
aunque toda la vida siga pensando en ti.

Poema de la culpa
Yo la amé, y era de otro, que también la quería.
Perdónala, Señor, porque la culpa es mía.
Después de haber besado sus cabellos de trigo,
nada importa la culpa, pues no importa el castigo.
Fue un pecado quererla, Señor, y sin embargo
mis labios están dulces por ese amor amargo.
Ella fue como un agua callada que corría…
Si es culpa tener sed, toda la culpa es mía.
Perdónala, Señor, tú que le diste a ella
su frescura de lluvia y su esplendor de estrella.
Su alma era transparente como un vaso vacío:
Yo lo llené de amor. Todo el pecado es mío.
Pero, ¿cómo no amarla, si tu hiciste que fuera
turbadora y fragante como la primavera?
¿Cómo no haberla amado, si era como el rocío
sobre la yerba seca y ávida del estío?
Traté de rechazarla, Señor, inútilmente,
como un surco que intenta rechazar la simiente.
Era de otro. Era de otro que no la merecía,
y por eso, en sus brazos, seguía siendo mía.
Era de otro, Señor, pero hay cosas sin dueño:
las rosas y los ríos, y el amor y el ensueño.
Y ella me dio su amor como se da una rosa
como quien lo da todo, dando tan poca cosa…
Una embriaguez extraña nos venció poco a poco:
ella no fue culpable, Señor… ni yo tampoco
La culpa es toda tuya, porque la hiciste bella
y me diste los ojos para mirarla a ella.
Sí, nuestra culpa es tuya; sí, es una culpa de amar,
sí, es culpa de un río cuando corre hacia el mar.
Es tan bella, Señor, y es tan suave, y tan clara,
que sería pecado mayor si no la amara.
Y por eso, perdóname, Señor, porque es tan bella,
que Tú, que hiciste el agua, y la flor, y la estrella,
Tú, que oyes el lamento de este dolor sin nombre,
Tú también la amarías, ¡si pudieras ser hombre!

Poema del renunciamiento
Pasarás por mi vida sin saber que pasaste.
Pasarás en silencio por mi amor, y al pasar,
fingiré una sonrisa, como un dulce contraste
del dolor de quererte… y jamás lo sabrás.
Soñaré con el nácar virginal de tu frente;
soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar;
soñaré con tus labios desesperadamente;
soñaré con tus besos… y jamás lo sabrás.
Quizá pases con otro que te diga al oído
esas frases que nadie como yo te dirá;
y, ahogando para siempre mi amor inadvertido,
te amaré más que nunca… y jamás lo sabrás.
Yo te amaré en silencio, como algo inaccesible,
como un sueño que nunca lograré realizar;
y el lejano perfume de mi amor imposible
rozará tus cabellos… y jamás lo sabrás.
Y si un día una lágrima denuncia mi tormento
—el tormento infinito que te debo ocultar—,
yo te diré sonriente: “No es nada… ha sido el viento”.
Me enjugaré la lágrima… ¡y jamás lo sabrás!

Se deja de querer…
Se deja de querer…
y no se sabe por qué se deja de querer;
es como abrir la mano y encontrarla vacía
y no saber de pronto qué cosa se nos fue.
Se deja de querer…
y es como un río cuya corriente fresca ya no calma la sed,
como andar en otoño sobre las hojas secas
y pisar la hoja verde que no debió caer.
Se deja de querer…
Y es como el ciego que aún dice adiós llorando
después que pasó el tren,
o como quien despierta recordando un camino
pero ya sólo sabe que regresó por él.
Se deja de querer…
como quien deja de andar una calle sin razón, sin saber,
y es hallar un diamante brillando en el rocío
y que ya al recogerlo se evapore también.
Se deja de querer…
y es como un viaje detenido en las sombras
sin seguir ni volver,
y es cortar una rosa para adornar la mesa
y que el viento deshoje la rosa en el mantel.
Se deja de querer…
y es como un niño que ve cómo naufragan sus barcos de papel,
o escribir en la arena la fecha de mañana
y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.
Se deja de querer…
y es como un libro que aún abierto hoja a hoja quedó a medio leer,
y es como la sortija que se quitó del dedo
y sólo así supimos que se marcó en la piel.
Se deja de querer…
y no se sabe por qué se deja de querer.

Carta a Usted
Según dicen, ya usted tiene otro amante.
Lástima que la prisa nunca sea elegante.
Yo sé que no es frecuente que una mujer hermosa,
se resigne a ser viuda, sin haber sido esposa.
Y me parece injusto discutirle el derecho
de compartir sus penas sus goces y su lecho.
Pero el amor señora, cuando llega el olvido,
también tiene el derecho de un final distinguido.
Perdón… Si es que la hiere mi reproche… Perdón
aunque sé que la herida no es en el corazón.
Y para perdonarme… Piense si hay más despecho
que en lo que yo le digo, que en lo que usted ha hecho.
Pues sepa que una dama, con la espalda desnuda
sin luto, en una fiesta, puede ser una viuda.
Pero no como tantas de un difunto señor,
sino para ella sola, viuda de un gran amor.
Y nuestro amor recuerdo, fue un amor diferente,
al menos al principio, ya no, naturalmente.
Usted será el crepúsculo a la orilla del mar,
que según quien lo mire será hermoso o vulgar.
Usted será la flor que según quien la corta,
es algo que no muere o algo que no importa.
O acaso cierta noche de amor y de locura
yo vivía un ensueño y… y usted una aventura.
Sí… usted juró cien veces, ser para siempre mía
yo besaba sus labios pero no lo creía.
Usted sabe y perdóneme, que en ese juramento,
influye demasiado la dirección del viento.
Por eso no me extraña que ya tenga otro amante,
a quien quizás, le jure lo mismo en este instante.
Y como usted señora, ya aprendió a ser infiel,
a mí así de repente, me da pena por él.
Sí, es cierto… alguna noche su puerta estuvo abierta
y yo en otra ventana me olvidé de su puerta.
O una tarde de lluvia se iluminó mi vida,
mirándome en los ojos de una desconocida.
Y también es posible que mi amor indolente
desdeñara su vaso bebiendo en la corriente.
Sin embargo, señora… Yo con sed o sin sed,
nunca pensaba en otra si la besaba a usted.
Perdóneme de nuevo si le digo estas cosas;
pero ni los rosales dan solamente rosas.
Y no digo estas cosas, por usted, ni por mí,
sino por… por los amores que terminan así.
Pero vea, señora… qué diferencia había;
entre usted que lloraba y yo que sonreía.
Pues nuestro amor concluye con finales diversos
usted besando a otro… Yo escribiendo estos versos.

No hay nada como encontrar las palabras correctas en el momento adecuado. Y sin duda para hablar de amor y desamor, nadie las escribe mejor que el Poeta enamorado, José Ángel Buesa.
**
Superar el amor que nos dejó la persona que se fue es muy difícil, por eso estas 12 canciones te enseñarán todo lo que deben saber sobre el desamor, además este libro te ayudará a dejar de llorar al recordarle.
**
Las serie fotográfica que acompañan al texto pertenecen a Adrián Madrid.
