Isla Bastimentos, 2013.
–Los años se van como canciones, mi amigo, como memorias comprimidas, nostalgias para algunos, mentiras para otros. Son recuerdos. Son Ahora en el pasado efímero. Son la lluvia que regresa. Son el tiempo que inventamos– Y entre todo, yo escogí esa combinación de cosas para intentar explicarle que los años sólo existen porque los contamos… Ya estábamos ebrios y casi todos en el bote ya dormían, o al menos tenía la impresión de ello.
La noche estaba muy callada, el mar estaba muy tranquila, las estrellas calvas nos miraban como gloriosos ojos celestiales, escondidos en galaxias que jamás entenderemos, y, después de haberle dicho lo que le dije, le di una fumada al cigarro que había rolado sin filtro. Después, volteé la cara para atrás recogiéndome el pelo con mi mano izquierda, en lo que expulsaba el humo que se llevó el viento.
Ahí vi que el Capitán, un muchacho de unos veintidós años y de nacionalidad colombiana, aún seguía despierto. Aquel muchacho, de complexión fuerte y de piel morena, había heredado el bote unas semanas antes, por lo que no tenía licencia turística para hacer el viaje, recogiéndonos ilegalmente en Costa Rica con el objetivo de llevarnos a Colombia, a Cartagena de Indias específicamente. Él nos había asegurado que con algunos dólares lo arreglaríamos con la capitanía de puerto colombiana, por lo que no habría ningún problema para que sus camaradas me pusieran el sello con sus respectivos noventa días de estancia en la República.
Así que, como ya leyeron entre líneas, me hice a la mar en calidad de pasajero, un turista sin otro motivo que una oculta inquietud un tanto histérica, de negación infantil, que me impulsó a distanciarme de la urbanizada tierra, de los famélicos hombres que en vida conocía, o de los que la historia me había contado, o los que el periódico, televisión y redes sociales reproducen como íconos y signos, como ejemplos de sus mentiras hipócritas, de sus ilusiones y quimeras citadinas, y toda la mierda que se esconde en sus grandes vertederos de basura, que se ocultan de una sociedad ansiosamente sórdida.
–Los años son contradicciones… Son el secreto de las cosas cuando no las miras– continué diciéndole, sin saber ciertamente a qué me refería, al ayudante del capitán con el que me encontraba bebiendo y platicando. Él era el segundo al mando en el bote, aunque era mayor por tres años que Yesid, el Capitán del Big Fish, como se llamaba su velero. El nombre se lo había puesto su padre muchos años antes de perder la vida de un infarto.
En aquel momento nos encontrábamos en la segunda noche cruzando aguas panameñas. Y, a decir verdad, no era la primera vez que hablaba neciamente con alguien respecto a que el tiempo no existía, porque esa charla-hipótesis le perteneció, años antes, a un gran amigo de Bélgica, también de nacionalidad italiana, que estuvo de intercambio en la universidad donde estudiaba en la Ciudad de México. Con él estuve toda una noche platicando sobre la supuesta inexistencia del tiempo y al final quedé convenido de ello, aunque de una forma romántica e incluso, aunque no me encante el adjetivo, poética.
Con Bartolomé, mi buen amigo italo-belga, como lo llamaba mi otro gran amigo Bernardo Berteau usando esas palabras compuestas como apodo, yo había estado del otro lado de las cuerdas y el de abogado del diablo, pero con aquel colombiano costeño yo era el abogado; y lo era aunque un tanto más blando porque en aquellas circunstancias yo no era más que un imbécil, un idiota. Además de que ya había bebido mucho y también había fumado marihuana cuando el Capitán me había ofrecido una fumada de su pipa, por esos días mis ideas estaban truncadas y se inclinaban en ángulos distintos, contradiciéndose.

Pintura por Patricio O´Hea
Así, me quedé entre las olas y entre el movimiento de la embarcación, inseguro, debrayando, extrañando aquellos tiempos de los que pregonaba falsamente una celosa inexistencia, los que desconocía aunque no olvidaba, donde la vida tan sólo era lectura y ensayos estúpidos sobre la filosofía del Estado a través de la historia. Era extraña la nostalgia porque cuando estuve ahí, en realidad aún seguía siendo muy joven, un niño al que le faltaban cinco años para llegar a los treinta.
–Pero si el tiempo no existiera no nos moriríamos, no nos haríamos viejos– dijo él a secas, sin entender del todo que nuestros cuerpos son humanos y se desgastan, y nada tienen que ver con las dimensiones de Tiempo, relativo, que es fugaz y es perpetuo porque representa una condición de tránsito con el espacio, con todo lo que nos rodea; sin entender que el hombre sólo experimenta y concibe al tiempo en dos formas: la del reloj y la del tiempo vivido.
Sin entender tampoco que para ellos, nuestros cuerpos de humana vida, los días van pasando y cada vez se hacen más viejos, transformándose, corrompiendo sus ideas más puras, alejándose de lo que alguna vez fue su irrelevante e incierto objetivo, obscureciéndose con el infalible miedo a la muerte, o la vejez, o a lo ajeno, a lo que nunca entenderemos porque somos hombres, por que somos mortales.
–Tienes razón, será mejor que intente dormir un poco mi amigo– y le volví a decir “mi amigo” porque lamentablemente nunca me aprendí su nombre. Me paré y también le dije buenas noches y él sólo asentó con la cabeza. Así de fácil, me fui a mi camarote donde Ella ya estaba durmiendo.
Inolvidable el calor que estaba haciendo dentro de la nave, tanto que mejor saqué medio cuerpo por la ventana de óculo que estaba arriba de nosotros, donde me fumé otro cigarro. Esa noche no dormí nada, me quedé añorando los tiempos que han pasado y las oportunidades que he dejado porque subconscientemente me recuerdan, por un lado, la mediocridad, y por el otro, la alegría de mis letras.
Como yo tenía, por nefasto error de púbero, tatuada un ancla, Yesid y su amigo, en cierta forma para burlarse amistosamente, habían decidido que yo me encargaría del ancla. Así que la había tirado y la había recogido cuando había que hacerlo y ellos se habían reído porque mis conocimientos marinos estaban por los suelos, aunque había pasado muchos veranos en la lancha del abuelo cuando éste aún vivía, cuando pasábamos el día entero entretenidos entre la pesca, las historias que contaban y lo reconfortante que puede ser el movimiento continuo que el mar le brinda a los navíos. Ese movimiento que no para y, de alguna forma, te regresa subconscientemente al principio, a donde empezó la vida, te regresa a casa y también al útero.
Me quedé un buen rato ahí viendo las estrellas, recibiendo al aire, sintiendo su delicadez y fortaleza. Habíamos anclado a Big Fish en una de las muchas islas de los kunas, con la esperanza de que no llegaran a cobrarnos la cuota que le cobran a todas las embarcaciones de turistas, porque en sus perfectas islas todos los que no son kunas son turistas; pero aún así llegaron temprano por la madrugada, a las cinco en punto, cuando aún estaba obscuro. Se les pagó y nos fuimos con muy poco viento a favor.
Como a las once de la mañana la vela mayor tubo una avería, una rasgadura que nos forzó a ocupar de la fuerza del motor. Y así, después de haber recogido la vela dañada, nos fuimos suavemente también con la ayuda de la génova que aún seguía atrapando al viento, ayudando a mantener una velocidad perfecta, sin forzar la máquina que ya estaba algo vieja y un tanto dañada.
El día estaba despejado, por lo que prepararon, sin mucha suerte, la pesca. Como a las dos y media de la tarde tuvimos un problema con el motor porque, como acabo de decirles, no se encontraba en buen estado. De esa forma nos quedamos sólo con la vela de foque, que hacía mover al bote como un péndulo. De los seis pasajeros, sin contar a los dos colombianos, cuatro se quejaron. Y curiosamente fueron los que se vomitaron, porque Ella y yo no dijimos nada.
Aunque Ella sí estaba mareada, guardó la compostura; le di una pastilla de dimenhidrinato que tenía guardada entre mis cosas y le calmó el mareo, la dejó durmiendo por más de nueve horas en las que yo intenté leer, escribir y dormir pero no conseguí ninguna. No estaba nervioso sino crudo, tampoco enojado sino cansado.
Se pasaron dos días lentísimos porque la génova apenas hacía que el bote se moviera, pero yo me mantuve ocupado escribiendo el borrador de este cuento y escuchando e intentando descifrar los quejidos en español, alemán y búlgaro que Ella emitía en el camarote, hasta que por fin, al sexto día, llegamos a una de las Islas de San Bernardo, ya en territorio colombiano, con la ropa toda sudada y la comida escaseando porque no habíamos pescado nada.
Rápidamente llegaron unos hombres a ayudarle al capitán con la reparación mecánica que tardó otros dos días, y Ella y yo nos fuimos en la panga que los trajo, a conocer aquella isla inesperada. Ahí la luz bailaba y el aire se hacía caliente. Así la recuerdo, como un pensamiento aislado, extranjero, que vaga por mi mente presentando imágenes de velas: las que alumbran las tinieblas y las que atrapan viento. Isla donde poco pasa el tiempo inevitable, donde no lo sientes, se resbala como junco entre los dedos. Isla donde descubrimos, entre tantas cosas, eso.
