Una persona cruza de un lado a otro la avenida sin mirar. Como puede, sortea todos los vehículos. Algunos frenan bruscamente, otros más dan un volanteo violento y evitan al peligroso transeúnte. Finalmente, éste llega al otro lado sano y salvo.
Decenas de personas, quienes lo vieron todo, han quedado atónitas ante el suceso. Una vez terminado el acto, caminan hacia sus casas pensando en la fragilidad de la humanidad; en lo volátiles que somos y en cómo nuestra vida es un constante sortear obstáculos y dificultades mortales.
Pero quien cruzó la calle y levantó la enorme tromba emocional no fue un artista, se trataba de un vagabundo con la cabeza atiborrada de solventes. Su estado emocional y mental lo hizo cruzar sin la menor previsión. Demente, descuidado y estúpido, serían los adjetivos que la mayoría de las personas pondrían a esta acción. ¿Pero y si hubiera sido un performance?, ¿la crítica hacia el suceso habría sido diferente entonces?
La incomodidad es un recurso común del que se sirve el performance para legitimarse como tal. La crueldad, la violencia y la brutalidad son elementos que se conjugan para mantener al espectador presente sin dar un sólo parpadeo. Y lo logran.
Así, podemos enlistar 7 performances incómodos y agresivos que no podrás dejar de mirar:
Convivir con un coyote
Me gusta América y a América le gusto yo (1974)
Joseph Beuys

El artista convivió en una misma habitación con un coyote salvaje sin ningún tipo de protección. Su intención era mostrar los simbolismos americanos y la interacción de un hombre común con ellos. Al final de tres días, no ocurrió nada más que un abrazo entre el animal y el hombre.
Pasar entre dos personas desnudas
Imponderabilia (1977)
Marina Abramovic y Uwe Laysiepen

El espectador se ve obligado a pasar entre dos cuerpos desnudos. Se trata de una pequeña puerta por la que es imposible entrar de frente, por lo tanto, quien entre debe considerar a con cuál de ambos cuerpos (uno femenino y otro masculino) se encontraría de frente. El performance duró tres horas, hasta que la policía intervino.
Romperse los tobillos desde un segundo piso
Jump (1973)
Tehching Hsieh

Originario de Taiwan, Tehching Hsieh ha llevado a los límites los performances de larga duración. En 1973 realizó su primer acción: saltó del segundo piso sin ningún tipo de protección y, naturalmente, se rompió los tobillos. Tituló a esta obra “Jump”.
Fundirse con carne de cerdo
Hierro candente (2011)
Lai Thi Dieu Ha

Tomando su propio cuerpo como lugar de exploración, Lai Thi Diei Ha calentó con hierros candentes vejigas de cerdo recién extirpadas. Acto seguido, las frotó sobre su cuerpo y su cara y, al tenerlas sobre su piel, puso el hierro candente para fundir la piel del cerdo con la suya.
Degustar los propios testículos
Banquete de testículos (2012)
Mao Sugiyama

Luego de someterse a una cirugía de extirpación genital en la cual el pene y los testículos le fueron cortados, el artista de 22 años ofreció un banquete con estas partes aduciendo que quería mostrar las minorías sexuales y visibilizar a las personas que, como él, son asexuales. Se trató de todo un escándalo por el que tuvo que responder jurídicamente.
Comer un feto de 5 meses
Comer gente (2003)
Zhu Yu

Éste fue uno de los performances más controversiales del mundo. Zhu Yi se fotografía comiendo un feto luego de cocinarlo. Su intención: protestar contra la prohibición del canibalismo.
Cobijarse en púas
Carcasa (2013)
Petr Pavlensky

Los guardias le ordenaban que se levantara, sin embargo, no sabían que él había clavado su escroto al frío piso de la Plaza Roja, en Moscú. Ante ello, dijo que se trataba de una manera de mostrar «una metáfora de la apatía, la indiferencia política y el fatalismo de la sociedad rusa moderna ». Antes de ello, con la misma intención de protestar, el artista se introdujo en una especie de cobija de púas con la misma finalidad, al performance lo llamó Carcasa.
Vomitar, mear y masturbarse en un aula
Kunst und Revolution (1968)
Varios artistas

En la Universidad de Viena se realizó el performance Kunst und Revolution. En el lugar, Gunter Brus, Otto Muehl, Oswald Wiener, Peter Weibel y Franz Kaltenbäck irrumpieron en un aula con 300 estudiantes. Durante su presentación, bebieron de su orina, alguno llenó su cuerpo de excremento y otro cantó el himno austriaco mientras se masturbaba. El acto fue culminado mientras uno más vomitaba.
El performance es visto —y con razón— como acciones aleatorias que buscan un discurso trascendente del cuál apropiarse y mostrar una intención transgresora. No siempre lo logra. Sin embargo, no se trata de una acción del todo improvisada. En palabras de Lorena Wolffer para Nexos:
«El performance puede valerse del acto de comer como crítica al consumismo, de la extracción de sangre como muestra de la fragilidad del cuerpo, del acto de limpiar y planchar para simbolizar la opresión de las mujeres, o del lavado de un cuerpo a modo de paráfrasis de una limpia espiritual.
La elección del artista de transformarse en objeto y sujeto de la obra artística lleva también consigo un deseo de inmediatez y confrontación directa con su público, e implica una relación no mediada entre artista y espectador».
Puede parecernos sinsentido, estúpido, innecesariamente violento y más, sin embargo, y algo que no podemos negar, siempre habrán espectadores. Quizá sea el morbo, quizá la sensibilidad o la necesidad inconsciente de mirar cómo se transgrede todo lo establecido.
Desde los más controversiales y escandalosos hasta los más sesudos e importantes, nunca dejaremos de preguntarnos qué pasaría si en lugar de realizarlos alguien denominado como “artista” lo hiciera cualquier otra persona, cómo cambiarían nuestros juicios y cuál sería nuestro papel como espectador.
