“Monumento mínimo” fue una instalación efímera con la que la artista brasileña Néle Azevedo intervino diversas plazas públicas alrededor del mundo. Desde el 2005 y durante casi una década, los “muñecos” hechos a base de hielo fueron vistos en ciudades como La Habana, Berlín, Florencia, París, Tokio, Singapur y la Ciudad de México, por mencionar algunas.
En el Imperio Romano se formalizó la práctica de hacer monumentos con la finalidad de que personajes importantes fueran recordados incluso después de muertos. Se conmemoraba a los emperadores con grandes estatuas colocadas en alguna plaza principal; el tamaño era proporcional a la importancia que se le otorgaba al legado de la persona retratada.

La práctica era una forma de otorgar inmortalidad en mármol o en piedra para preservar el recuerdo en la memoria de los habitantes de la metrópolis. Durante los siglos siguientes, la costumbre continuó y aún en la actualidad los monumentos de presidentes o figuras públicas importantes forman parte del panorama cotidiano de las ciudades modernas.
A diferencia de los monumentos antiguos que se interesaban por la inmortalidad, la pieza de Azevedo nos recuerda nuestra condición finita; la razón de que las esculturas estén hechas de hielo, imposibilita que duren mucho tiempo fuera del congelador. La falta de rostro logra que la obra se manifieste ante el objetivo principal de un monumento, que pretende funcionar como un retrato idealizado de alguien para indicar poder.

La pieza, por el contrario, propone que cualquier persona sin distinción de edad, sexo o clase social esté representada en alguna de las figurillas, y se alude a una utópica democracia en la que todos somos iguales. El título “Monumento”, obliga al espectador a adoptar una actitud solemne, similar a la que se adquiere cuando se contempla uno de piedra.
La selección de las ciudades en las que se llevó a cabo la intervención urbana no fue hecha al azar. La artista hizo un estudio previo de cada lugar, con la intención de que contrastara con los monumentos de las mismas. Hoy estamos tan acostumbrados a lo grande, a la arquitectura vertical de los rascacielos, puentes y segundos pisos, que nos resulta ajeno mirar hacia abajo, acercarnos a ver con detalle. La pequeñez del “Monumento mínimo” se opone a la verticalidad, ya que es más íntimo el encuentro entre éste y el espectador.
Desde le principio, el cambio climático no fue el discurso conceptual de la obra, también fue interpretada como una advertencia sobre el calentamiento global; muchos de quienes presenciaron la pieza, la entendieron como una crítica sobre la forma en que hemos destruido la tierra y cómo hemos puesto en peligro a la especie humana.

Por ejemplo, los soldados de brazos y piernas de hielo se desvanecieron bajo el sol ardiente de un día cualquiera en la ciudad de Berlín; en menos de 30 minutos, el único rastro que quedaba fue un charco tibio adornando el pavimento; metáfora para el rápido crecimiento del nivel del agua de los mares que amenaza nuestras costas.
La obra genera una especie de efecto “vudú”; resulta casi doloroso ver las esculturas derretidas en el suelo. Aunque la pieza invita a la reflexión de diversos temas, es un reflejo de las inquietudes de la sociedad contemporánea.

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