Museos, patrimonio, lenguaje

viernes, 3 de julio de 2015 6:26

|Foto Museo Cuatro Caminos



Texto de: Patricia López-Sánchez

 

Cuando pensamos en museos, vienen a nuestra mente vitrinas con objetos y unos pequeños papelitos con mucha o poca información. Hay diferentes tipos de museos en los que se colocan toda clase de objetos. Los museos han aumentado a tal grado que, incluso, tenemos museos sin objetos. ¿Es esto posible?

En 1974, el International Committee of Museums (ICOM) dio la definición de museo como: “una institución permanente, sin fines de lucro, al servicio de la sociedad y de su desarrollo, abierta al público que realiza investigaciones relativas a los testimonios materiales del hombre y de su medio ambiente, los adquiere, los conserva, los comunica y especialmente los exhibe con fines de estudio, educación y delectación”. En 2007 esta definición se actualizó: "un museo es una institución permanente, sin fines de lucro, al servicio de la sociedad y abierta al público que adquiere, conserva, estudia, expone y difunde el patrimonio material e inmaterial  de la humanidad con fines de estudio, educación y recreo”. Aun cuando no todos los estudiosos están de acuerdo con lo que propone el ICOM, estas definiciones han servido como punto de partida para el estudio y conceptualización de los museos.


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Como vemos en las definiciones, la primera de los años 70 conserva la idea de que en los museos se conservan testimonios materiales, es decir: objetos. Piezas que se colocan en vitrinas y son observados. Cuando se acepta la noción de patrimonio cultural, entonces la definición se actualiza, ya no se trata necesariamente de objetos, incluye de manera general el patrimonio material e inmaterial y se sustituye delectación por recreo. Las exposiciones ya no necesariamente son para la contemplación sino para el entretenimiento.

Históricamente, el origen de los museos lo encontramos en las cámaras de maravillas, gabinetes de curiosidades, studiolo, pinacotecas, jardines botánicos, bibliotecas e incluso zoológicos en los que se pretendía hacer una representación del teatro del mundo. Se reunían todo tipo de piezas naturales o artificiales que podían incluir desde reliquias con connotaciones religiosas, pinturas, libros y pergaminos, animales vivos, conchas, insectos, hasta seres mitológicos o fantásticos. Estas colecciones que en un principio fueron moda entre los príncipes y gobernantes, no estaban necesariamente abiertas al público. Algunos coleccionistas las mostraban a sus amigos, otros tenían estudiosos encargados de catalogarlas y conservarlas, incluso había algunos que las abrían un par de días por semana. La exhibición no era el objetivo principal, se conservaban muchas piezas juntas en cuartos o muebles hechos para este fin, la información no tenía una cédula o lugar específico, el objetivo era completar series que se mostraban como eso, como grupos de objetos. Cualquiera que fuera la finalidad de la colección, reflejaban una manera de ver el mundo, reunían aquello que les llamaba la atención, que los maravillaba o generaba curiosidad.

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 A partir del estudio de este tipo de colecciones, podemos investigar qué es lo que preocupaba al mecenas del renacimiento. La colección en sí misma era una representación, una reproducción del mundo conocido y, para el estudioso, un testigo de los temas que preocupaban o generaban curiosidad.

Con el tiempo, el objeto fue perdiendo el protagonismo para darle entrada a la información. La pieza o el soporte material ya no era el centro de la atención. Hoy, aquello a lo que llamamos el objeto museal o museable, es decir: la pieza que se puede meter a un museo, es el patrimonio que, además de su función de testigo de la memoria, es un elemento pedagógico que sirve para explicar una historia, una técnica, el uso de algún material, un utensilio, y se coloca información en torno a ella para acercarla al espectador y que sea más fácil de entender.

Con el fin de transmitir un mensaje al público asistente al museo, surgieron las áreas pedagógicas en las que se interpreta el patrimonio para “traducirlo” al visitante. ¿Por qué hace falta una traducción? Porque las nuevas corrientes pedagógicas han demostrado que no todos los visitantes aprenden o entienden igual. Aun cuando la exposición está diseñada de acuerdo a un discurso o guión, los museos tienen diferentes tipos de visitantes, tanto en edades como en bagaje cultural e intereses. Es por ello que los servicios educativos se encargan de dar diferentes lecturas y actividades en función del tipo de público al que van dirigidas. Como se puede notar, el visitante también toma una relevancia en la razón de ser del museo.


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Los alcances de estos recintos continúan  ampliándose día a día. Hoy ya no basta con tener objetos, información y aprendizaje, hay que generar experiencias. El museo compite con las otras actividades de ocio y entretenimiento como el cine, el teatro, conciertos, actividades al aire libre, etc. La herramienta para acercar al público a los discursos y a las colecciones, cuando las hay, es ser un espacio generador de experiencias e incluso inspirador para nuevas creaciones.

Si volvemos a la definición actual del museo, dentro del código deontológico del ICOM, encontramos que: los museos son responsables del patrimonio natural y cultural, material e inmaterial. Esto ya implica tomar en cuenta otras posibilidades más allá de los objetos, sin embargo, cabe preguntarnos ¿cómo exponemos el patrimonio inmaterial? Esto se hace a partir de la información, esa información que se materializa con un referente físico y que nos permite conservar la memoria de algo que ya no existe, de tradiciones, costumbres, sonidos, olores, expresiones que no tienen soporte material o que es efímero, como la comida. Museográficamente se recurre a otro tipo de elementos para construir las exposiciones y transmitir la información al visitante. Aquello que se conserva no es la pieza, es el significado de ese patrimonio.


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Hay nuevos elementos de las diferentes culturas que están entrando a los museos como parte del patrimonio vivo que se construye día a día y son las creaciones que se dan a partir del desarrollo de nuevas tecnologías. Cosas que nos resultan tan cotidianas como las fotografías digitales son parte del patrimonio y, por consiguiente, tienen un valor como objeto museal. La fotografía digital es expuesta con discursos tan variados como tipos de museos existen. Se pueden presentar en museos de tecnología, de la fotografía, museos de arte, museos de autores, de historia, etc. Es tanto herramienta como creación.

En estos casos ¿qué es lo que estamos conservando? ¿El soporte, la imagen, la técnica, el lenguaje o todas las anteriores? ¿Quién decide qué es lo que entra al museo? El papel del museo es conservar el patrimonio material o inmaterial, las manifestaciones culturales del hombre a través de los siglos. Las imágenes, sea cual sea su soporte, representan, una vez más, el mundo que nos rodea y la manera en que lo observamos y nos enfrentamos a él.


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Aun cuando las definiciones sigan cambiando, en mi opinión el objeto ya no es el actor principal dentro de los museos, se pueden tener museos con o sin ellos, lo que define el patrimonio ya no es su soporte, es la información, el discurso, su historia. El gran reto es llegar a públicos cada vez más exigentes, más informados y más diversos. Se trata de motivarlos a apropiarse del mensaje y así conocer y conservar el patrimonio de la humanidad.


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Las imágenes que ilustran esta entrada pertenecen al Archivo Pedro Meyer.

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Foto Museo Cuatro Caminos

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