Sabíamos que el legado de Barragán era increíble, refulgente, pero nunca nos imaginamos que llegaría a tal extremo. De polémica exorbitante, de escándalo casi insostenible, tenemos la muestra y motivo de esta sentencia en la obra de Jill Magid titulada “La propuesta”; un diamante producido con las cenizas de nuestro ilustre arquitecto y que ha levantado controversia en términos estéticos y jurídicos entre muchos de nosotros. Especialmente en la mente de quienes figuran hoy como intelectuales mexicanos. La herencia de aquel hombre que modificó al imaginario mexicano vuelve a deslumbrarnos, sólo que ahora en forma de piedra preciosa, de objeto de cambio y lujo.
Al respecto, el pasado 21 de abril de 2017, Juan Villoro en una de sus columnas opinaba –si no es que lanzaba con cierto tono de regaño sus críticas– más de una razón para poner la mirada sobre el dichoso artículo y no dejarnos engañar o someter por lo que parece un juego mediático. Por eso que con tintes ilegales justifica que la artista norteamericana haya abierto la tumba de Barragán, tomado parte de sus restos, convertido sus cenizas en diamante y ahora exponerlo en el MUAC. ¿Sus argumentos?

1. “En México las palabras son más peligrosas que los hechos”.
2. Hace unos meses a Nicolás Alvarado se le destituyó de su cargo público por derogar a una figura ilustre de la cultura mexicana.
3. Es una paradoja que se exponga dicha pieza en un recinto de Teodoro González de León (1926-2016), colega del exhumado y detractor de Jill Magid.
4. La obra de Magid transparenta los vacíos legales en nuestra política al ser resultado de una decisión infundada e incluso arbitraria por sólo uno de los herederos familiares de Barragán.
5. Sin importar el fin, el acto de hacer diamante al arquitecto es un “gesto bastante frívolo en un país de fosas comunes, donde las madres de los desaparecidos desearían contar con una tumba cierta”.
6. En resumido: esta acción es un saqueo que convierte al museo universitario en una sucursal de Tiffany’s.

A los ojos de Villoro, pareciera entonces que la tan llamada ingenuidad que nos absorbe al ser testigos de un arte fútil o insulso, que nos evidencia lo domesticados que estamos en un sistema de políticas a lo Trump, repudiado casi unánimemente –no sabemos por quién o cuántos implique esta supuesta concordia–, se convierte en una perversión de la mirada y el gusto, del criterio informado, que permite shows artísticos capaces de banalizar y perturbar el recuerdo de un casi-héroe patrio. Sin embargo, el pensador contemporáneo parece estar omitiendo demasiada información en sus sentencias y asiéndose de premisas poco sólidas para nombrar a Magid como detentora del diamante Barragán.
Así, Villoro se inclina a partir de dicho texto hacia una serie de comentarios cuya única finalidad es castigar a las instituciones políticas, culturales o universitarias que han errado en sus tomas de decisión. Un Villoro de argumentos flacos despotrica en contra del arte contemporáneo que cuestiona al absurdo desde el absurdo, al neoliberalismo desde el neoliberalismo, sin darse cuenta de que ese mismo sistema es el que ya aplaudió en el OROXXO y es la matriz del mundo que le sostiene como personalidad culta.

Esto sin mencionar que para Juan Villoro, como lo apunta Cuauhtémoc Medina en una de sus respuestas públicas, no piensa ni por un segundo alrededor de la audacia estética o los movimientos burocráticos detrás de “La propuesta”; lo único que es capaz de ver, es la corteza más burda y gratuita de ese territorio que considera indignante. A Villoro le duele más el Barragán-diamante que el Barragán-patrimonio y cierra los ojos ante la verdadera producción de Magid, fijándose sólo en la “mercantilización” del arquitecto y no en los demás cuestionamientos de la artista.
Releyendo a Medina en sus múltiples comentarios podemos concluir que a Villoro le falta saber que:
1. La obra de arte no es el diamante. La obra de arte es la propuesta de intercambio de este diamante por la propiedad del archivo profesional de Luis Barragán que, desde 1995, permanece en Suiza y hoy resguarda Federica Zanco.
2. Esta pieza (“La Propuesta”) ocurre bajo la lógica de la intervención, donde la obra es más bien la alteración de una institución, de una práctica social o de una estructura de poderes mediante un gesto, objeto o investigación.
3. Las cenizas del arquitecto no fueron removidas por permiso de “un primo”, sino por ocho familiares directos, todos capaces de hacer esa gestión.
4. Poco interesa la opinión de Teodoro González de León. Él nunca fue una autoridad curatorial en el museo, sólo su arquitecto.
5. El arte ha dejado de ser puro símbolo desde hace muchos, muchos años.
6. Ni Graue ni Volpi pueden alterar la agenda de los museos y sus curadores; su autoridad no tiene ningún impacto en las decisiones de contenido.

Continuando con las palabras del célebre Curador en Jefe del MUAC, “La muestra de Magid tendrá lugar precisamente por levantar interrogantes y desafiar prejuicios y atavismos”. Sin embargo, no podemos negar que dichos cuestionamientos tienen efectivamente otras brechas que resultan incómodas y merecedoras de atención, claro, hasta que no se expongan y analicen por completo todas las aristas que tiene la producción de Magid. Entre ellas, ésa que ilustra a Federica Zanco (propietaria del archivo) como la villana del cuento, aquella que caracteriza a la Barragan Foundation como un espacio que niega la consulta pública de los archivos, la que nacionaliza románticamente a un personaje mundial, una que convierte a la misma Magid en heroína extranjera de la repatriación y que hace preguntarnos por qué ninguna dependencia o institución en México intentó adquirir el archivo antes.

Para todo hay respuesta, como el hecho de que sí hubo intentos de la UNAM y de Conaculta para comprarlo, sólo que el valor de venta fue de 2.5 millones de dólares y no se consiguió nunca; las cámaras de Senadores y Diputados no han establecido presupuestos para obtener archivos de estas dimensiones y, por lo tanto, a las instituciones culturales se les imposibilita competir con los coleccionistas privados o corporaciones. De esta manera, con suerte y ojo crítico, veamos poco a poco un desplegado de contestaciones para todas nuestras interrogantes.

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Lo que sí debe quedar claro antes de cualquier paso, antes de comparar al Barragán-diamante con otros sucesos de indignación patriota, es que no podemos caer en moralismos ramplones o juicios anacrónicos sobre lo que es arte y debería habitar en un museo, mucho menos avivar el odio popular a partir de símiles desproporcionados en el sentir mexicano.
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Villoro, ninguna horda como la que defendió a Juan Gabriel de Nicolás Alvarado, defenderá a Barragán de quienes apoyemos la exposición.
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Referencias
El País
Letras Libres
MUAC
