Entonces se les abrieron los ojos y ambos se dieron cuenta de que estaban desnudos.
Cosieron, pues, unas hojas de higuera, y se hicieron unos taparrabos.
-Génesis 3:7
El versículo anterior da cuenta de una tradición que no sólo marcó el pensamiento y la acción de millones de personas; también impactó directamente en el mundo del arte, a tal grado, que negó la naturalidad del cuerpo y provocó un efecto prohibitivo sin precedentes. Remite a la expulsión de Adán y Eva del paraíso: se trata de una consecuencia directa del pecado original y como tal, la desnudez debía ocultarse a como diera lugar.
Los pioneros del género humano que fueron expulsados del paraíso habrán de encontrarse un sinfín de ocasiones plasmados como un tema recurrente que además dejaba una lección de obediencia y empatía hacia Dios. No hace falta una actitud carnal, ni un impulso erótico. Tampoco es visible la vergüenza y el pudor del que habla el pasaje bíblico: basta con una hoja de parra en los genitales para saber que ésta representa todo el peso de una tradición ascética que se posó –literalmente– sobre la historia del arte durante siglos.



Desobediencia, pecado y caída. Tales son las características que envuelven a primera vista a la hoja de parra; sin embargo, estos elementos también son propios de otro par de símbolos de este tema bíblico: la manzana y la serpiente. Entonces, ¿qué hace única a la hoja de parra? ¿Por qué resultaba tan necesaria la hoja cubre genitales, si un cúmulo de elementos pictóricos habrían de ejemplificar al pecado?
Se trata de la conciencia: saberse desnudos y al mismo tiempo, caer en cuenta de sus diferencias. Abrir los ojos, desobedecer al supremo. La hoja de parra de Adán y Eva no es el fuego de Prometeo, sino la sangre corriendo por su costado, su hígado devorado. Aun más: el suplicio de regenerarse sólo para ser devorado por el resto de la eternidad. En último término, la hoja de parra representa todo lo que está mal con la caída del hombre. Es al mismo tiempo, castigo y sufrimiento; suplicio y dolor.




Todo con una excepción: los momentos que daban cuenta del pecado carnal, los temas que representaban la pesadez del Infierno en contraposición con el mundo de los cielos eran el único resquicio donde la moral cristiana cedía para mostrar genitales en el arte. Escenas del inframundo, castigos horrendos, desolación y muerte eran el único contexto donde la desnudez total resultaba válida. No había espacio ni coincidencia alguna para la desnudez y la estética. Lo bien logrado y deseable debía descansar oculto bajo el amparo de la hoja, tan sutil como punitiva.
Las consecuencias de esta prohibición tuvieron ecos aun en la edad moderna: la Inglaterra victoriana no fue para menos y dio lugar a una anécdota que si bien no está confirmada como cierta, es fiel reflejo de la moral de la época: en una ocasión, la Reina decidió que ni siquiera las más grandes obras de arte podían darse el lujo de exponer los genitales.

Después de recibir una réplica de el “David” de Miguel Ángel de parte del Duque de la Toscana en 1857, Victoria admiró horrorizada cómo la escultura desnuda delineaba los genitales masculinos expuestos. Entonces decidió mandar a hacer una enorme hoja de parra de poco más de metro de altura para colocarla sobre la obra de Miguel Ángel. La hoja aún se encuentra en el Museo de Victoria y Alberto, como un recordatorio del tiempo en que los genitales desaparecieron ocultos bajo una hoja de parra.
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