Alrededor de 8.5 millones de personas acuden por año al museo de Louvre, un 80% de ese público espera ver la Mona Lisa, lo que da un total de 6.8 millones de miradas. El óleo, sobre tabla de álamo, mide 77 x 53cm, es de estilo renacentista y fue pintado entre 1513 y 1519 por Leonardo da Vinci; quizás sea la obra más reconocida en el mundo, también una de las más reproducidas.
¿A qué le adjudicaríamos la trascendencia de la pintura de Leonardo? Por supuesto a la habilidad del artista, a su turbulenta historia, a los mitos sujetos a su presencia, pero nada de ello realmente justifica su relevancia. ¿Por qué el público pagaría un viaje a Paris, estaría de pie en una fila por horas y finalmente pasaría a través de una muchedumbre de individuos para ver la Mona Lisa? ¿es que acaso representa algo para ellos?
De acuerdo a la cultura popular, hay muchos misterios concernientes al cuadro: ¿Quién es la mujer del relato? ¿Su sonrisa oculta algo? La verdad que si algo representa el semblante del cuadro es: nada.
No hay nada en su sonrisa, lo más especial en ella es que es resultado de un sabio curso de acción con el que sólo Leonardo pudo haberla pintado. Nos gustaría creer que las personas se esfuerzan tanto en llegar hasta la pintura porque tiene un significado a nivel personal, pero el público está dispuesto a sacrificar tiempo y dinero para ver a la Gioconda por el aura de misterio que la envuelve; no saben si simboliza algo o no. Si Leonardo hubiera escrito debajo del cuadro sus intenciones, habría destrozado el hechizo. Cuando alguien diga: “miren, descifré el retrato”, ya nadie visitará el Louvre.

En algunos escenarios, “todo” y “nada” es lo mismo; tal vez la experiencia tan abrumadora ante ciertas obras de arte, hace que estos conceptos se fundan en un todo absoluto e infinito. Si es verdad que la historia es cíclica, alguien como Leonardo da Vinci, Botticelli o Tiziano, llega al mundo cada cierto tiempo y pese a que son genios, no vivirán mucho más que el humano promedio; en cambio, sus obras serán preservadas. Quizás en épocas más recientes no ha habido tantas personalidades de carácter histórico, sin embargo hubo algo cercano; sin duda, podemos decir que: Da Vinci es al renacimiento lo que Kubrick al cine.
“2001: A Space Odyssey” podría ser la película más ambiciosa en lo que va de la historia del cine, también es el filme que mejor ejecuta sus intenciones de construir un discurso complejo; donde la mayoría de ejemplos esnobs fracasan, el arte de “2001: A Space Odyssey” se distingue por su “magistralidad”. Podríamos atribuirle su éxito al lente de su director, Stanley Kubrick; a la visión profética del guion, escrito por Arthur C. Clarke; al trabajo impecable en sus escenarios, efectos o al riguroso apego a los límites científicos. Sin embargo, Odisea Espacial no es un referente cultural porque alguna vez haya sido posible estudiarla superficialmente; tiene un efecto inconsciente en el espectador, sus largos planos sin diálogo son un poema de virtudes psíquicas.
Misteriosamente, A Space Odyssey es muestra de la simbiosis perfecta entre los anhelos estéticos de un artista, un discurso ontológico y el cine. Todas sus partes forman una máquina bien calibrada o un ballet sabiamente ordenado. No parece obra del hombre, pero es que quizá no lo sea, es fruto de una idealización de Kubrick sobre el pasado, presente y el porvenir; nos hace pensar que tal vez la mente de Stanley Kubrick haya sido obsequio de una civilización lejana, apartada de nosotros por los eones del tiempo, tan lejana como una estrella de nuestro planeta.

Leonardo da Vinci murió en las cercanías del castillo real de Amboise, a los 67 años, en 1519. Les heredó dinero, pinturas, instrumentos, biblioteca y otros objetos personales a personajes cercanos; conservó la Mona Lisa durante años, muchos señalan que hasta su muerte. Francisco I adquirió la pintura por 12 mil francos, aunque no se tiene la certidumbre en qué año y de si fue en acuerdo con Leonardo o posterior a su defunción. Kubrick murió en 1999, dos años antes de que el tiempo de la realidad alcanzara al de su ficción, tenía 71 años y su testamento está al alcance de millones de espectadores.
Aún 50 años después del estreno de su película, las secuencias de A Space Odyssey nos podrían parecer escenas de un futuro lejano; sin embargo la tenacidad de nuestra especie ya alcanzó el espacio y ha desvelado algunos de sus secretos. Si Kubrick Murió, no lo hizo su espíritu ni su alma, pues su obra representa más que una era en el desarrollo del cine, su largometraje ha sido un faro para académicos, investigadores y un público que aspira a encontrar respuestas. La película nos sugiere un panorama que explora la pregunta universal: ¿Por qué estamos aquí?
Es justo decir que A Space Odyssey nos ayudó a creer en nuestras capacidades, en que podíamos alcanzar los astros; es el juego más experto en el uso de significados. En un universo carente de viajes espaciales, inteligencias artificiales y una visión solida de la ciencia ficción, apareció la película de Clarke y Kubrick; cuando el hombre se adentraba al vacío hasta una eternidad indiferente, un director y un escritor de fantasía abrieron la ventana para que alcanzáramos a ver las estrellas: “Hacia allá debemos dirigirnos”, nos indicaron.
A Space Odyssey, la novela escrita por Arthur C. Clarke, en la impresión realizada por Ediciones Orbis en 1985, hoy víctima de la humedad y del tiempo, aún presume en su portada decolorada, manchada de las esquinas, un arte conceptual de la película, en el que una nave sale disparada de un satélite que orbita la Tierra.

Clarke estaba muy relacionado al concepto científico de los cuerpos artificiales en el espacio; teniendo 27 años, Clarke trabajó en Cornwall, Inglaterra, operando los radares secretos de la Real Fuerza Aérea en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. El sistema, conocido como Mark 1, hacía posible que los pilotos aterrizasen sin impedimentos en plena oscuridad. Con su interés inherente en temas científicos, Clarke se percató de las capacidades de la tecnología que manipulaba, así pues, se preguntó si podía usar los radares para comunicarse a largas distancias, para ello se dio que cuenta de un componente faltante en la ecuación: la presencia de un punto fijo en el espacio que pudiera ser utilizado para reflejar o retransmitir una señal de radio de alta frecuencia.
En palabras simples, un cuerpo que devolviese a la Tierra la señal que enviara Clarke; inicialmente supuso que le podría ser útil la Luna, así que experimentó transmitiendo ondas a ella, esperando el eco tres segundos después. Sin embargo la Luna se encontraba demasiado lejos, por lo que edificó un postulado, publicado bajo el título Extra terrestrial relays, dentro de la revista Wireless World, durante el año de 1945. Clarke creía que se podía crear una red de satélites artificiales orbitando la Tierra, y aproximó la planeación de la logística de la operación, el lanzamiento de los dispositivos y la ruta que debían seguir. Con su imaginación, Arthur C. Clarke se abalanzó contra el futuro, no sólo profetizó la evolución de las telecomunicaciones, ideó una forma en que fuera posible llevarlo a cabo.
Igual que su idea de un satélite producido por el hombre, en la historia de A Space Odyssey hay un artefacto capaz de emitir una señal a latitudes enormes, a través de la masa cósmica del espacio, sin embargo su alcance es mucho más extenso que los 36,000km que separan a un satélite de telecomunicaciones de la Tierra. En la novela, el traslado de la onda viaja hasta Jápeto, una de las lunas de Saturno, a 1.5 mil millones de kilómetros de distancia; para la película, los técnicos de los 60 estaban imposibilitados para crear los anillos de Saturno en pantalla, por lo que la historia se desarrolla en otro coloso, Júpiter.
En cualquier caso, la trama sigue a un monolito que aparece en la Tierra en la época de las cavernas, durante la plenitud del ser primitivo que antecede a la civilización y que reaparece en 1999, enterrado en la Luna. La placa rectangular tiene su origen en el cuento “El Centinela”, publicado en 1951 por el propio Clarke; en el relato, un viajero espacial halla un objeto piramidal envuelto en un campo de fuerza en uno de los cráteres lunares.

En esta parte es obvia la alegoría del texto a las antiguas civilizaciones, incluso el astronauta considera si pudieron los egipcios ser responsables de la pieza; al romper el campo energético alrededor de la pirámide, ésta deja de enviar las señales, ininterrumpidas por millones de años, hacia un punto perdido en el vacío. Entonces los exploradores comprenden la naturaleza de su descubrimiento: “Quizás ahora comprendan por qué la pirámide de cristal fue instalada en la Luna y no en la Tierra. A sus creadores no les importaban las razas que luchaban aún por salir del salvajismo. Nuestra civilización les podía interesar tan sólo si dábamos prueba de nuestra capacidad de supervivencia, lanzándonos al espacio y escapando así de la Tierra, nuestra cuna. Este es el desafío que, antes o después, se plantea a todas las razas inteligentes”, evidencia Clarke.
La pirámide y el monolito cumplen, prácticamente, la misma función: avisar a alguien si hay vida inteligente en la Tierra. Pero ¿para qué? El protagonista de “El Centinela” teme a la consecuencia de su curiosidad: “Ahora ya no puedo mirar la Vía Láctea sin preguntarme desde cuál de esas nebulosas estelares están acudiendo los emisarios. Si me permiten hacer una comparación bastante vulgar, hemos sonado la alarma, y ahora no podemos hacer otra cosa más que esperar”.
En el filme, Kubrick y Clarke sugieren una raíz extraterrestre del intelecto en la Tierra: el monolito estaba en primera instancia en el planeta porque debía ayudar al simio a convertirse en hombre, funcionó como amplificador de sus capacidades físicas a través de la evolución de su mente. No fueron el fuego o los huesos de fieras, empuñados como mazos, las primeras armas del ser homínido, sino su capacidad de ingenio, que lo llevó de las cuevas a construir gigantescas, y reales, pirámides. Odisea Espacial se aventura a conjeturar si entre un paso y otro recibimos ayuda.
La placa que los investigadores desentierran en la superficie de la luna en 1999 -en la película- es un indicio del siguiente paso en el progreso de la instrucción humana. El hombre de las cavernas, el hombre moderno y el hombre cósmico configuran el espectro completo del desarrollo de nuestra especie, cuando alcanzamos el espacio y fuimos capaces de develar la pista que nuestros ancestros dejaron para nosotros, supieron que estábamos preparados para cumplir con el esquema evolutivo. Los humanos deciden viajar hacia donde el monolito hace llegar su señal, una pequeña luna entre las tinieblas del espacio para así hacer frente a su destino y sobre todo, saciar su hambre de búsqueda.

Leonardo da Vinci hizo de uno de los muros del convento de Santa Maria delle Grazie, en Milan, una obra de arte; con una mirada significativamente brillante, Kubrick concretó la visión de un filme sin par, entre las políticas de los estudios de Hollywood. El mural de Leonardo fue hecho al temple, yace aún hoy donde iniciaron los trabajos del pintor en 1495; con los años, Luis XVII de Francia pensó en robarla, igual que Napoleón. La mano del artista era puntual, sin un atisbo de improvisación; las figuras están dispuestas para guardar un absoluto balance: lo bueno y lo malo, la riqueza y la humildad, ancianos y jóvenes, lo fuerte y lo débil. Todos los elementos configuran una composición que carece del arrebato artístico, así pues es magnífica porque no se observa nada fuera de su lugar, toda la escena está sobre una estructura simétrica. El arte debe ser razonado, el ímpetu lo inspira, pero el aplomo y la inteligencia lo vuelven realizable.
No hay mayor salto que el que está entre los sueños y lo tangible. Leonardo soñó con “La Última Cena”, Kubrick soñó con el arte de “2001: A Space Odyssey”.
La película no se pintó, pero su director también era un obsesivo de la imagen, no hay un plano dentro de la cinta que no se pueda señalar por su belleza. Un excelente guión antecede a un gran filme, la preproducción y el elenco se entregaron completamente al proyecto, todo beneficia a su éxito.
El cine es imagen, diríamos que se trata del heredero de la fotografía, una escena puede estar bien escrita y ser filmada pésimamente, en cambio el acto más simple puede ser hermoso ante el lente. Kubrick entendió, como pocos directores, la naturaleza del cine; si bien, en su construcción hay elementos sonoros, en ellos no recae el discurso de una película, hay que entenderlas a través de una armonía de imágenes. La palabra y la música están agregadas a la ecuación, pero su razón de existir es audiovisual, Kubrick lo sabía e intentó decirlo. Sus películas son idílicas, manifiesto de su forma de concebir las capacidades de la cámara, visualmente expresivas y extensas en sus denotaciones filosóficas, que llegan al espectador a través de lo que ve.

Un hombre dentro de un traje espacial de tonalidades naranjas, caminando sobre un pasillo tubular, con líneas de luz alrededor, detalles metálicos, rejillas y paneles blancos, en una toma, de nuevo, simétrica; una nave, que en la realidad es una maqueta de apenas un metro, aparece en la pantalla como un objeto de grandes proporciones que avanza a través del espacio, mientras nos deja apreciar los detalles de su ensamblaje: los cientos de hendiduras dispersas a través de su coraza, un conjunto de colosales cohetes que descansan en el vehículo que viaja a la deriva.
El ojo artificial del navío, omnipresente, los tablones negros de los que emana la luz rojiza del sistema que un navegante intenta apagar; una habitación con ornamentación en los muros, decorados fastuosos, nichos en los que reposan estatuillas de mármol y un anciano sentado a la mesa, contemplado por el viajero, cuyos ojos ven a través del espejo del tiempo. Un caballero agonizante advirtiendo que renace, sólo que mucho menos débil, más listo y capaz; un viejo a punto de recibir la unción de un antiguo monolito, el niño que flota alrededor del mundo y observa. La máxima expresión de la capacidad humana, mortal y dios en uno, el nuevo ser, el niño de las estrellas.
Cualquier descripción de A Space Odyssey carece de sustancia, es imprecisa, como pretender explicar la composición de La virgen de las rocas o La anunciación; debe ser vista y permitir a la mente interpretar en sus propios términos la imagen.
Una profunda obsesión por el encuadre llevó a Kubrick a perfeccionar sus capacidades fílmicas, hasta un punto que raya en lo patológico; la visión del director no admite nada debajo de lo impecable, revela su dominio sobre la atmósfera. Ni la luz, ni los objetos, ni su posición están fuera de la visión exacta que quiso Kubrick. Su propensión por los planos frontales de proyección cónica, donde las líneas rectas de la escena corren hacia un punto situado en el infinito, fueron bosquejados por un intelecto destacado, un hombre que bien hubiera podido ser matemático, astrofísico o ingeniero espacial. Con un coeficiente intelectual de 200, le hubiese bastado para desempeñar labores a favor de la ciencia; sin embargo, quería hacer cine, descubrir lo desconocido a través de la cámara.
Odisea no nos ofrece respuestas absolutas, sin embargo se conduce sobre un alegato muy sólido. Aún sus partes que podrían pasar por inconexas, forman un relato que va desde el ocaso, hasta el amanecer del hombre. Kubrick se esforzó en crear un retrato de la evolución, una narración del trayecto por la eternidad misma, sobre cómo el intelecto separó al primate de los primeros seres humanos; sobre la razón que le dio oportunidad a esas criaturas de erigir civilizaciones, sobre cómo completarán la escala del progreso al alcanzar el cosmos. El potencial está condensado en su inventiva, su espíritu e inteligencia; Kubrick entrega su fe a la ciencia, es un devoto del espíritu, pero contradice el arrebato profano, carente de razón.

La gran obra de Kubrick lo condujo hacía la inmortalidad, donde hizo énfasis en lo visual para tejer su narración, sin arriesgarse a tropezar con explicaciones para el espectador, y lo invita en su lugar a aventurar conclusiones propias, ricas en conceptos. La película no disminuye al público, lo reta a contemplarla, a abordar su estudio, a cuestionar las premisas. Hizo un manifiesto del arte, de lo que debía ser el cine, de las capacidades cognitivas del individuo y el hambre del espíritu por llegar a la Luna, a las estrellas, al Sol; incluso al vacío profundo de la existencia, y a observarnos “a través del espejo del tiempo”.
Hay quien habla de A Space Odyssey como un filme nietzscheano, una cualidad que está más presente en el libro que en la película. Nietzsche dijo: “Dios ha muerto”, pero era una metáfora; expresa que es la idea del Dios –y los valores cristianos- que muere y el ser humano quien lo mató, con el propósito de llegar a un mayor entendimiento del mundo. En el argumento de la película y el libro, la raza humana llega hasta el lugar de la señal que envía el monolito, viajan hasta encontrarse con sus vetustos guías.
Allí, el astronauta de la misión sucumbe y, de su muerte, aparece el último eslabón evolutivo: “el niño de las estrellas”. De alguna forma, el hombre se vuelve la más perfecta versión de sí mismo y el desarrollo que empezó con la llegada del monolito durante la época de las cavernas, queda completo. El final de la película de Kubrick llega cuando el niño recién engendrado mira la Tierra, absorto ante su planeta de origen.
La novela de Clarke incluye otro evento, el niño hace explotar el armamento nuclear, extingue su especie y convierte al mundo en terreno fértil para el futuro. “Dios ha muerto” y toda su creación, en las últimas páginas, Kubrick, en su extensa misantropía, decidió no incorporar el final de Arthur. Quizás porque lo encontró incoherente, o porque se le antojó lejano a su concepción.

Tal vez no lo agregó porque presintió que si el humano hallaba la entereza para alcanzar sus aptitudes latentes, debía hacerlo con miedo, inseguridad e incluso, errores. En la imperfección encontró la madurez, Kubrick sabía que errar podía conducir a la grandeza, su vanidad le dejó saber que se podía creer en el futuro; eso es su película, una llamada a que también tengamos esperanza en la posteridad.
¿Quién podría decirnos que es una obra de arte? Ni da Vinci, ni Kubrick.
¿Quién podría explicar la Gioconda? Mejor aún, ¿quién querría hacerlo?
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