Hace 100 años Sigmund Freud escribió “La interpretación de los sueños”, un texto que dice cómo hacer la lectura correcta de las imágenes suscitadas en el inconsciente. Desde entonces miles de farsantes se han valido de aquel documento diciendo que, por ejemplo, soñar con la caída de los dientes significa la llegada de una catástrofe o que la mordedura de un animal ponzoñozo remite una enfermedad mortal.
La realidad es que cada imagen onírica es una asociación personal de lo que observó el sujeto durante la vigilia y tiene una importancia tal que termina por grabarse en el inconsciente. Por eso Freud indagaba en la vida privada de sus pacientes, entre más en el fondo excarvaba, mayor probabilidad tenía de abstraer una relación más afortunada entre el síntoma, la representación inconsciente y la tensión. A menos que encontremos a un profesional del Psicoanálisis que esté dispuesto a llegar al fondo de nuestra psique, lo correcto sería que cada uno reflexione sobre su vida consciente para entender lo que habita en el traspatio de la mente, ahí donde habita todo lo que nos duele.

Un ejemplo de autoterapia psicoanalítica se encuentra en la cinta “Ocho y medio” del aclamado director italiano Federico Fellini. Hacer una sinopsis sobre este material resulta difícil dado que la división entre la realidad y los sueños se disipa de un momento a otro para envolver al espectador en un discurso surrealista. Hablo del Surrealismo no porque existan escenas asombrosas y extrañas como en algún cuadro de Salvador Dalí, sino que hay una directa apelación al inconsciente.
El contenido autobiográfico en la obra es innegable. El protagonista es un desenvolvimiento del autor, así conocemos la necesidad terapéutica de Federico por expresar las diferentes tensiones que lo agobian y le impiden continuar con su labor fílmica. A grandes rasgos “Otto e mezzo” (título original) narra la historia de Guido Anselmi (Marcello Mastroianni y álter ego del propio Fellini), un director afamado que pasa por una crisis creativa y personal. Tanto su nueva producción como su vida están hechas un caos, en apariencia, irremediable.
Por si fuera poco su producto y público esperan de él una asombrosa película.
Es el momento de accionar, de echar a volar la creatividad y realizar una obra de arte, pero Guido está ausente, perdido en sí mismo, en su pasado, sus sueños, su inconsciente. De esta forma la película está llena de cruces entre lo que pasa en la realidad y lo que experimenta Anselmi mientras duerme.
Como espectador se desconoce el momento en el que se brinca de un lugar a otro. En un momento se observa a Guido en un cuarto de hotel tratando de cazar buenas ideas y acto seguido se le ve flotando por los aires con un lazo atado a la pierna como si fuera un papalote. No es fortuito que Federico Fellini haga un salto entre realidades, pues como se dijo, más que una película es un tratamiento terapéutico personal. Se presentan ambos puntos de vista (el consciente y el inconsciente) para que el espectador vaya analizando la mente del autor y al mismo tiempo el director realice un acto catártico que lo salve de una crisis personal.
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“Ocho y medio” es un filme útil para aprender a superar el pasado, la tarea más difícil del humano. A Fellini le resultó hacer una película, abrir su inconsciente y desplazar toda la energía que ahí habitaba a un plano consciente. Al verse a sí mismo como en un espejo se curó y superó la crisis personal en la que estaba estancado. Tú puedes superar cualquier crisis personal al sanar tu inconsciente. Para realizar el examen personal, al estilo del director italiano, identifica tus sueños e interprétalos de la forma que hizo Sigmund Freud.
