El cine se ve en el cine. Este argumento resuena últimamente en defensa de uno de los personajes más importantes del cine moderno: Christopher Nolan. En la víspera del estreno de su más reciente obra Dunkirk, se fue a la yugular de las plataformas de streaming, siendo Netflix la más importante de ellas. El director británico mencionó de manera tajante que las películas deberían ser expuestas siempre en la gran pantalla. Indicó incluso que con la creciente cantidad de producciones que Netflix se ha encargado de realizar en los últimos dos años, debe considerar la opción de estrenar sus películas en el cine y después de 90 días distribuirla en su plataforma. Esta idea del cine en el cine es tan vieja como los hermanos Lumiere; sin embargo, la aceptación, y casamiento, del espectador con las cintas en medios digitales hace sentir que el enemigo de la sala del cine está, precisamente, en los hogares del público, acompañándolos como un amigo.
Entonces, ¿es mejor ver películas en el cine o en otros medios? Primero, están las salas de cine que, desde siempre, han sido un negocio redituable; sólo con ir a cualquier centro comercial encontrarás uno. Otro factor es que existen distintos tipos de cintas que están hechas para ciertas condiciones visuales y sonoras en las salas: las 3D, por ejemplo. Cuando en 2009 salió Avatar rompió récords históricos en taquilla, porque el principal argumento comercial era su revolución en los efectos especiales. Apreciar ese filme en una sala se convirtió en la búsqueda de una experiencia de manera intencional que no se puede comparar con ver una cinta en televisión, no importa de cuántas pulgadas sea. Es decir, los blockbusters no están pensados para salir directamente en DVD. Los carros en el aire, los alienígenas que salen de un boquete en el cielo, las peleas de escudos contra rayos láser de color amarillo, los robots gigantes faltos de coherencia argumental o las batallas interplanetarias son incapaces de impactar sin bocinas especiales que envuelvan a los espectadores y una definición visual extraordinaria como la que tiene la pantalla grande.

Películas que acaparan las carteleras de manera perpetua con un sólo fin: recaudar millones de dólares. En 1973 la película más taquillera de la historia fue El Exorcista, con dos millones de dólares obtenidos. Sí, el cine también ha cambiado. El año pasado la cinta más exitosa tuvo ganancias de mil 153 millones; las peleas de anómalos desaliñados con porte heroico nunca fallan. Una de las problemáticas de los filmes hechos con mucho dinero es que necesitan un público masivo. La idea básica es gastar mucho para ganar aún más. De un blockbuster que funciona hay cinco que quedan en el olvido, y el problema social que nos incumbe es la cantidad que se despilfarra y que se pudo ocupar en una causa un poco más consciente y altruista; si de ahorro fallido se trata, hay que ver la dulcería monopólica de los cines. La desventaja de las salas es la gloria del streaming. Eso sin mencionar al caballo negro: la piratería.
Una visita al cine en pareja cuesta entre 250 a 400 pesos. La membresía en las plataformas como Netflix es de 100 pesos al mes con la posibilidad de elegir nuevos títulos todos los días. Pensemos en una situación hipotética: una mujer de cabello negro y ojos preciosos atraviesa las inclemencias del amor, entiende que no va a salir de este abismo por su pie; no confía en ninguna persona, su autoestima ha sido pisoteada, así que su aliado es el cine, el cálido mundo de las ideas. Es necesaria, al menos, una película por día. Si hacemos cuentas y acude al cine todos los días gastará alrededor de $80 en la entrada, $50 más en las palomitas y $10 en el refresco que mete de contrabando a su bolsa para ahorrarse $40. En total son $120 pesos. Las 12 horas sentada en la oficina no son suficientemente clementes para fomentar su necesidad adquirida. Vuelve a hacer cuentas y entiende que será una inversión de $840 a la semana. Por menos, puede ver todo lo que quiera en su televisión, computadora o algún dispositivo. Esto es lo que fortalecen las plataformas de streaming.

Ahora sí, está el negocio infalible del cine casero sin necesidad de Internet. El formato físico. Para los cinéfilos sólo hay un placer más grande que ver una película: coleccionarla en la videoteca personal. O como el extinto negocio de las cadenas de servicio de alquiler; el primer caído. Muchos aseguran que como éstas murieron, el cine también está condenado a desaparecer, pero se ignoran que tiene más vida que nunca.
La cinematografía es un ente cambiante que se adapta. El arte es así. Ni el DVD ni el Blu-ray lograron la extinción de los cines. Sólo hay experiencias fílmicas para todos los formatos y gustos. Como las películas que se estrenaron hace poco, Baby Driver y Dunkirk, que si no se ven en la pantalla grande no atraen por completo la susceptibilidad del cinéfilo; pero hay otras cuyo esfuerzo está impreso en el ingenio que levanta la empatía, y si son vistas en el cine o en casa no hace mucha diferencia. De hecho, la intimidad puede ser un aspecto a favor para asimilar personalmente el golpe que los realizadores pretendían causar. El cine es un tónico que libera sentimientos y se presenta en distintos modelos que no buscan pelearse sino complementarse. El cine, al final de cuentas, es un arte industrial que se debe adaptar a las condiciones económicas del sector que la mantiene a flote, y, por lo mismo, ese sector también debe adaptarse.
Con tal de mantener la emoción infantil que provoca el mundo del cine, no es necesario condenar al olvido los distintos medios en los que se difunde y distribuyen las películas.
Sí, cueste lo que cueste por amor al cine.

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No podemos negar que en la actualidad Netflix forma parte de nuestra vida, por eso estas son las 10 series que puedes ver en esta plataforma para superar tu obsesión de Games of Thrones cuando acabe.
