Con la ocre llegada del otoño pensamos irremediablemente que cualquier otro ocaso llegará a nuestros días. No hay escapatoria. Una especie de conciencia melancólica nos invade cuando las hojas de los árboles se tornan anaranjadas, el viento logra levantar todo lo que se pose sobre el suelo y los atardeceres se enrojecen para recibir a las frías noches. Por alguna razón, esta temporada del año siempre nos hace presentir en la atmósfera un término fulminante de cariños, mimos, arrumacos y relaciones que parecían tiernas o inmortales. Decenas de filmes lo han retratado y, peor aún, sembrado en nuestras mentes sólo para acrecentar las catastróficas expectativas. Ahí está por ejemplo “Sweet November” de Pat O’Connor en 2001. Un bocado ligeramente suculento para tragar el total amargor de un amor fallido en plena estación de lo marchito.

“No contraer obligaciones en una relación y solucionar todo con sexo es un signo de alguien que no está dispuesto a ‘soltar’ y ser ‘tomado’”.
Esta película cursi –y poco novedosa a decir verdad– coge los peores elementos de nuestra vida contemporánea y premillennial para categorizar tres constitutivos indisociables del drama romántico: el hombre vacío de sentido, la mujer enigmática y el romance, tanto tortuoso como sanador, que casi raya en lo patológico. Apenas entraba el mundo a los terrenos del nuevo milenio y la transición entre paradigmas amorosos parecía una alternativa febril para explorar visual y discursivamente lo que se suponía vigente en cuanto a revoluciones afectivas respectaba. Ahí la razón por la cual esta producción se precipitó sin freno a su momento de lanzamiento.

Tomando en cuenta, por supuesto, que esta película es en realidad un remake de la original homónima que se estrenó en 1968, una cinta que sí fue escandalosa y en extremo llamativa si la comparamos con su sucesora, podemos decir que a pesar de un Keanu Reeves y una Charlize Theron entrañables, esta apuesta hollywoodense no logró una buena conexión con el público en general. Sin embargo, retomando aspectos de ambas versiones, podemos decir que ese dulce mes de encantos y fuertes golpes nos enseñó una cosa de efectivo valor a pesar de todo: no te enamores de quien le teme al compromiso.
“Cosas superfluas son priorizadas en una persona incapaz de establecer compromisos”.
¿Por qué? Sin arruinarle la trama a quien no la ha visto –que ya sería tiempo, pues han pasado más de diez años– enlistamos las siguientes razones acompañadas de sus actitudes más evidentes. Aquellas personas que se enmarcan en la historia de un hombre exitoso pero emocionalmente débil (si no es que egoísta) quien encuentra refugio y ayuda en los brazos de una chica extravagante; mujer que, por cierto, dedicará un mes de su vida para demostrarle a éste que la felicidad se halla en la simpleza, que el amor no significa debilidad y que dejarse llevar por el ritmo del mundo está bien en todo momento.
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Siguiendo la personalidad de Nelson (Reeves), podemos decir que no contraer obligaciones en una relación y solucionar todo con sexo es un signo de alguien que no está dispuesto a “soltar” y ser “tomado”. Cuidado con las señales de cama.

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Quizá no un completo workaholic, pero sí con un poco de ese factor no-me-despego-de-mi-teléfono-pase-lo-que-pase-y-mucho-menos-me-intereso-por-las-personas, hay quienes al igual que Nelson no presentan ni la más mínima intención de casarse, tener hijos o demostrar preocupación por otros. Alerta número dos.

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Si alguien es incapaz de vincularse con causas que no le traigan ningún beneficio, justo como ocurre con el personaje de Keanu más de la mitad del filme, es muestra de una personalidad que rehuye de las molestias o el sufrimiento.

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Cosas superfluas son priorizadas en una persona incapaz de establecer compromisos. Al igual que el desdichado protagonista de esta historia, si conoces a alguien que se preocupa fervientemente por su auto o las apariencias, señal de que prefiere a las cosas en vez de a los humanos.

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La indecisión de lo que se quiere y lo que no es un punto clave para identificar a alguien que no puede tomar decisiones. Ni al respecto de algo o de una persona.

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La falta de cuidado personal, en el sentido de procurar cosas que hagan a un individuo realmente feliz no mediante lo material, sino de lo que verdaderamente importa en el ámbito del pensamiento y la estabilidad interna, es evidente en Nelson y de cualquier otro incapaz de conectar consigo mismo y con los demás.

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El punto más devastador de todos, quizá, es aquel que reconoce constantemente Sara (Charlize) en su amante pasajero: una persona que nunca se ha comprometido nunca va a cambiar. Por más que parezca ha transformado su forma de ser, nunca podrían llegar hasta el final sus buenas intenciones y hasta el más sutil movimiento terminaría en caos.

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Con todo, la historia no es tan cursi como sugiere el título si se le consideran estos puntos como nucleares en la trama de su historia. Un guión inteligente -aunque melodramático- y lleno de clichés trata la imposibilidad de dos sujetos egoístas (a su manera) con demasiada franqueza. Nelson, a pesar de sus múltiples intentos o revelaciones permanece hasta el último segundo, creámoslo o no, siendo ese tipo confundido, inseguro, atado a las cosas que le hacen sentir bien sólo a él, guiado por las impresiones equivocadas y renuente al compromiso verdadero. Para leer un poco más al respecto, busca las 12 cosas que nunca debes hacer cuando ligar sin compromiso y algunas Mentiras que las mujeres se dicen para seguir insistiendo con un amor que no funciona.
