El tiempo le dio la razón: Nate no volverá a ‘El diablo viste a la moda 2’ a pesar de que nunca fue el villano

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Nate nunca fue el villano de 'el diablo viste a la moda', anulo funa.
Nate nunca fue el villano de 'El diablo viste a la moda', anulo funa.

Durante años, el internet le echó la culpa a Nate. El novio de Andy Sachs en El diablo viste a la moda fue acusado de egoísta, inseguro, machista y poco solidario con la carrera de su pareja. Pero ahora que se confirmó que no regresará en la secuela, tal vez sea momento de preguntarnos si no equivocamos al villano. Porque mientras él intentaba rescatar lo poco que quedaba de la Andy original, Miranda Priestly era romantizada como ícono del empoderamiento, aun cuando su liderazgo se basaba en el abuso emocional, la humillación y el agotamiento disfrazado de éxito.

¿Por qué decían que Nate era el villano en ‘El diablo viste a la moda’?

No, Nate no era perfecto. Pero tampoco era el obstáculo que muchos dijeron que fue. Su “crimen” fue decirle a Andy lo que nadie más se atrevía: que estaba perdiendo el rumbo, que se había dejado absorber por un sistema que premia la obediencia, no el talento. Que ya no dormía, ya no comía, ya no estaba. Y que si eso era el éxito, entonces tal vez el éxito no valía tanto.

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¿Eso lo hace tóxico? Solo si creemos que amar a alguien es celebrar que se autodestruya por un puesto temporal.

Miranda Priestly siempre fue un problema. Solo que antes no lo queríamos ver.

Durante años, Miranda fue celebrada como un ícono del poder femenino. Pero nunca fue una líder justa. Ni sabia. Ni empática. Fue cruel. Y lo peor: nos pareció inspirador. Su imagen se construyó sobre una lógica peligrosa que decía que para triunfar había que aguantar. Que ser jefa era sinónimo de ser temida. Que si te rompías, era porque no eras lo suficientemente fuerte para estar ahí.

El problema no es que fuera exigente. Es que su exigencia estaba cruzada por la humillación, el maltrato y la manipulación emocional. Y como estaba vestida de alta costura, nos tragamos el discurso. Le dimos a una figura profundamente tóxica el estatus de “empoderada” solo porque era una mujer con poder.

Pero lo que Miranda representaba no era emancipación. Era la adaptación perfecta al sistema que históricamente ha destruido a las mujeres en el trabajo. Un sistema que te exige renunciar a tu identidad, a tus vínculos, a tu salud mental para pertenecer. Y como por fin una mujer podía ocupar ese lugar, la cultura pop decidió que eso era suficiente. No lo era. Nunca lo fue.

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Romantizar a Miranda fue una forma de aceptar que la única manera de que una mujer llegue lejos es replicando la violencia que la detuvo tanto tiempo. No la cuestionamos porque estábamos hambrientos de mujeres fuertes en pantalla. Pero confundimos fuerza con frialdad. Liderazgo con abuso. Y éxito con soledad.

La secuela ya tiene fecha de estreno… y no hay lugar para quien pone límites

The Devil Wears Prada 2 llegará el 1 de mayo de 2026 con el regreso de Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci, y se añade a Kenneth Branagh como el esposo de Miranda, pero sin Nate. La trama: Miranda, ahora en crisis por el declive de la industria editorial, tendrá que pedir ayuda a Emily, convertida en una ejecutiva poderosa del mundo del lujo. Más moda, más tensiones, más juego de tronos entre mujeres exitosas… pero cero espacio para la única voz que alguna vez cuestionó ese sistema.

 

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Y su ausencia es significativa. Porque Nate no encaja en esta narrativa donde “apoyar” es sinónimo de callar, de aplaudir, de dejar que el otro se borre con tal de avanzar. Porque amar —en el mundo de Miranda— no tiene lugar si no estás dispuesto a ser utilitario. Nate no explotaba a Andy, no la manipulaba, no la exigía: simplemente no quiso perderla.

Lo que Nate decía nos incomodaba… porque nos lo decía a nosotros

Nate molestaba porque tenía razón. Porque muchos fuimos Andy. Nos dejamos romper por trabajos inhumanos, pensamos que la validación de un jefe significaba algo, creímos que sacrificar nuestra vida personal era parte del “camino al éxito”. Y cuando alguien nos lo cuestionó, lo llamamos “obstáculo”.

Pero si algo nos enseñó esa historia —y tal vez esta secuela nos lo recuerde— es que amar a alguien no es alentarlo a desaparecer, sino ayudarle a no olvidarse de quién es. Aunque no suene tan épico. Aunque no tenga soundtrack.

Nate no volverá. Pero ojalá su mensaje sí. Porque si algo necesitamos más que otra pasarela con cerúleo… es una cultura que deje de confundir el éxito con el sacrificio absoluto. Y que nos permita amar sin tener que elegir entre nuestros vínculos y nuestras metas. Porque no debería ser una u otra. Porque merecemos ambas.

Nate fue un personaje incomprendido en su momento, pero el tiempo le terminó dando la razón.


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Alan Cruz

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Me gusta el cine dependiente. Hablo de cine y cosas.

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