En una entrevista, el cantante Michael Jackson afirmó que “no recordaba un sólo día de su vida sin que alguien le hubiese fotografiado o hecho preguntas”. No se trataba sólo de ser una estrella pop, sino el símbolo de toda una cultura que Jackson encarnaba a la perfección. Jackson descubrió el poder del videoclip, dio pasó a la era de MTv y otros tantos canales de música, abrió la posibilidad de convertir el pop en un conjunto de referencias de carácter generacional. Además, incluyó en sus videos musicales a las grandes estrellas del espectáculo de la época, incluso escribió y llevó a cabo la primera gran iniciativa de caridad en colaboración con los mejores músicos del momento en la canción “We Are the World”, que no sólo se convirtió en uno de los grandes éxitos musicales de todos los tiempos, sino que demostró el poder de Jackson dentro de la industria. Sin embargo, este año se estrenó Leaving Neverland, documental sobre Michael Jackson y las acusaciones en su contra, donde el director Dan Reed muestra la otra cara de la fama y el éxito.
Pero detrás del brillo del éxito, había una historia trágica y levemente siniestra de la que nadie hablaba demasiado. Michael Jackson y sus hermanos habían sido parte de una banda familiar, The Jackson 5, de la que Michael había sido parte desde los cinco años. Se hablaba del padre tiránico, la madre indiferente, el grupo de hermanos sometidos a extenuantes rutinas de ensayos y presentaciones; del maltrato que Michael Jackson había sufrido desde la infancia, e incluso hubo disparatados rumores que insistían que su privilegiada voz de soprano se debía a una castración química a la que su padre Joseph Jackson —manager del grupo y después del cantante como solista— le había sometido durante la niñez, con el fin de conservar su magnífica voz después de la adolescencia. Las habladurías provenían directamente del entorno de los Jackson, y en más de una ocasión saltaron a los tabloides amarillistas.

De la misma forma en que los rumores de su infancia se expandieron, una serie de comentarios sobre su extraña vida personal comenzaron a propagarse entre tabloides amarillistas, y después en alguno que otro artículo de cierta relevancia pública. La piel del cantante se hizo más clara a medida que se hizo adulto, por lo que se le acusó de usar procedimientos químicos para blanquearla. Del mismo modo, se hizo notorio que Michael Jackson se había sometido a un considerable número de procedimientos quirúrgicos para transformar su rostro. Desde afinarse la nariz hasta cambiar la estructura de su rostro en general, Jackson parecía transformarse frente a los ojos del mundo, que juzgó sus excentricidades como parte de su obsesión con lo perfecto, y quizá por la presión mediática a la que se encontró sometido desde su niñez. Jackson ignoró los comentarios y pero continuó siendo fuente de controversia. Para la última década del siglo pasado, Jackson se posicionó como una extraña figura a mitad de un éxito resonante y un evidente aislamiento que le convirtió en una figura trágica.
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No obstante, en 1993 la percepción sobre la figura de Michael Jackson cambiaría para siempre luego de ser acusado de abuso infantil. El escándalo estalló de inmediato, de pronto la casi ingenua figura del cantante que procuraba rodearse de niños —como una moderna encarnación del mítico Peter Pan— se transformó en algo más siniestro. En la primera acusación, Jackson fue señalado de cometer “abusos graves” contra al menos tres niños, asiduos visitantes de su rancho Neverland. Después se habló de sus hábitos y su conducta sospechosa, que se destapó como un rumor insistente durante años debido a su costumbre de rodearse de niños, tanto en su rancho Neverland, como en los largos meses de giras que llevaba a cabo en compañía de un singular séquito de “amigos especiales” —que con frecuencia no incluía a los padre de los invitados. Aunque la mayoría de las acusaciones fueron desestimadas, y dos de ellas llegaron a cuantiosos acuerdos económicos, para el año 2005 los rumores desembocaron en un nuevo juicio, pero el jurado le declaró inocente de todos los cargos. Sin embargo, los rumores persistieron y al momento de su muerte, en el año 2009, eran más insistentes que nunca.

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Durante la última década, el debate sobre la culpabilidad de Jackson y sus consecuencias continuó como motivo de debate; pero la conclusión al exhaustivo análisis sobre su vida pública, parece encontrar una conclusión en el documental Leaving Neverland, del director Dan Reed. El documental analiza, desde el punto de vista de las víctimas, la conducta criminal de Jackson. Está basado en los testimonios de James Safechuck y Wade Robson, dos de los niños que formaban parte del grupo que solía acompañar a Jackson en giras, y que frecuentaban los terrenos de Neverland. El documental muestra no sólo el mundo privado de Jackson, sino las circunstancias y el alcance de los abusos a los que fueron sometidos estos testigos por más de 10 años. Además, Dan Reed muestra las implicaciones del silencio, complicidad y manipulación del entorno de Jackson, que actuó como círculo de protección para los abusos cometidos. Leaving Neverland no se trata sólo de un análisis sobre los actos criminales cometidos bajo el amparo de la fama, sino del hecho evidente de que su conducta fue ocultada, protegida y disimulada por todos los que conocieron las circunstancias. Además, el documental —que ha sido criticado y ha levantado una oleada de controversia desde su estreno en enero de este año— deja claro un hecho aún más preocupante: la responsabilidad de las familias de las víctimas al ocultar información sobre la conducta de Michael Jackson.
Michael Jackson era “más grande que la vida”, y esa visión era la que avalaba la conexión violenta que le unía a sus víctimas. Entre el año 1987 y 1992, Jackson era la celebridad más poderosa del planeta, la más mediática y con mayor influencia del mundo del espectáculo; y también la más querida. Reed muestra a las multitudes que le aclamaban con los brazos extendidos, los conciertos repletos de fanáticos que coreaban el nombre de Jackson en frenesí de pura admiración. Pero a la vez, la imagen de Jackson que sólo conocían sus víctimas se entremezcla con la imagen idealizada. Reed no deja de recordar en cada oportunidad que bajo la imagen radiante del bailarín de asombrosas habilidades y un carisma extraordinario, se escondía un depredador que usaba esas mismas cualidades para atacar a sus víctimas. La combinación resulta desconcertante y, por momentos, insoportable. Los testimonios de las víctimas se superponen a imágenes de conciertos y videos. Poco a poco, ambas líneas narrativas crean algo más abrumador y ambicioso e impactante. El mítico Michael Jackson se transforma en un hombre con un poder de manipulación temible, que sólo hasta ahora se muestra en toda su dureza.

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Por supuesto, Leaving Neverland depende por completo de los testimonios de Robson y Safechuck. La narrativa entera se enlaza con la credibilidad y el poder para sostener lo que dicen ambas víctimas. Y logra hacerlo, pues las narraciones de ambos resultan no sólo convincentes, sino que se complementan entre sí. De la misma manera en que lo hicieran en un artículo de Vanity Fair del año 1994, ambas víctimas logran describir una retorcida serie de abusos cometidos bajo el contexto de una confianza artificial, creada gracias a la presión, la manipulación y, en cierta medida, el amor. Para las víctimas, Jackson demostraba su amor a través de los crímenes a los que les sometió. Más adelante, comprobar que habían sido sólo parte de un grupo mucho más grande de víctimas, les destrozó intelectual y moralmente.
Como director, Reed decide tomar la vía más directa para contar la historia, pues deja claro de inmediato que el documental no se tomará concesiones con respecto a la culpabilidad de Jackson. No hay “supuestos” en medio de la gran cantidad de situaciones que las víctimas describen, a pesar de que el núcleo de la película es lo suficientemente controversial como para suscitar la inevitable discusión. Safechuck y Robson fueron parte de las víctimas que declararon en el juicio de 1993, y afirmaron que Jackson era del todo inocente de las acusaciones que se le imputaban. Pero 30 años después, admiten que se encontraban presionados, aterrorizados y, sobre todo, convencidos del “amor” que Jackson les profesaba. El documental no ignora que ambas víctimas fueron aleccionadas por Jackson, quien les convenció de que su vida y libertad dependían de la capacidad de sus niños “favoritos” para mantenerse en silencio. “No imaginaba la posibilidad de acusarle”, explica Safechuck con la voz temblorosa. “Imaginaba que iría a la cárcel y que yo también lo haría”, dice Robson, quien durante todo el documental tiene el rostro pálido y angustiado. La narrativa del documental elabora una teoría sobre la contradicción, y sostiene la versión de que el abuso infantil incluye también un tipo de manipulación difícil de comprender para un adulto.
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El documental no tiene otro objetivo que mostrar el dolor de las víctimas, o al menos en eso insiste su director. Tanto Safechuck como Robson son el rostro de los cientos de niños que se dice fueron víctimas de Michael Jackson, a quienes condenó a un tipo de trauma que se extiende en el tiempo como un peso emocional y mental con el que muy pocos pueden lidiar. Safechuck lo deja claro: pasó buena parte de su adolescencia y primera juventud atormentado por la culpa, el miedo y la repugnancia. Lo mismo que Robson, aterrorizado por la posibilidad de ser “encarcelado” y, después, bajo el ojo público que cuestionaba las dolorosas experiencias de su vida. Ambos se sienten reivindicados en Leaving Neverland, o eso intenta el documental, que enfila todo su hilo discursivo hacia el debate del monstruo que se escondía detrás de un talento extraordinario. Y esa es quizá la mayor interrogante que se esconde bajo todo lo que plantea el documental: ¿quién era Michael Jackson en realidad? Quizá nunca lo sabremos.
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