La tercera temporada de True Detective (Nic Pizzolatto para HBO) tardó en llegar a la pantalla chica lo suficiente como para que la discusión sobre su segunda temporada se convirtiera en algo más. En realidad, el debate sobre lo que resultó un experimento extravagante —fallido o exitoso, según se le mire— continuó hasta que encontró un único cauce: ¿Pizzolatto volvería a intentar un ejercicio de pura transgresión como fue la continuación de la brillante primera temporada o haría algo nuevo? La incógnita estaba allí desde hace más de tres años y siguió abriendo el debate entre los fanáticos durante buena parte del 2018, cuando finalmente se dio luz verde a la tercera temporada. ¿Qué podríamos esperar para la continuación de una historia difícil de clasificar? Ni HBO ni los productores estuvieron muy interesados en aclararlo. Después de todo, incluso definir la propia serie es una confusa reconversión del género. No se trata de una antología, tampoco un procedimental al uso; mucho menos capítulos episódicos que crean o sustentan una historia lejanamente relacionada. En realidad, True Detective juega con la expectativa y la incertidumbre. No lo hace sólo con sus extrañísimas tramas y complejos puntos de vista, sino con la percepción de la historia como un todo único que se completa a medida que transcurre la acción, aunque no sea de manera evidente. De modo que la tercera temporada tenía la complicada misión de zanjar las dudas, o al menos aclarar la naturaleza de la controvertida identidad de la serie.
Pero no lo logra. Tal vez se deba a que la intención de Pizzolatto no es en absoluto analizar lo que la serie es, sino el origen argumental de lo que sostiene cada trama por separado. La serie vuelve a un ritmo lento, mesurado y por momentos tenebroso, mientras cuenta la historia de la desaparición de dos niños. Pero como en la primera temporada, Pizzolatto apela a cierta oscuridad al margen para narrar lo que en realidad no está incluido en la historia. Esa es la primera gran semejanza, y a la vez diferencia, de la temporada que recién comienza con las anteriores. Para la ocasión, el productor crea una atmósfera tensa que evade las explicaciones sencillas. Las capas de información se superponen unas a otras mientras el argumento rodea y reflexiona sobre el misterio central, también elabora conjeturas inquietantes sobre lo que ocurre fuera de cámara. ¿Es sobrenatural lo que cuenta True Detective en cualquiera de sus temporadas? La pregunta es tramposa, pero también tiene un firme componente de análisis sobre la realidad y las líneas que se tocan en lo tangible. En su tercera temporada, la serie profundiza en la premisa y prosigue el tono lóbrego de un tipo de terror devastado por lo cotidiano y lo vulgar.

También, como en las anteriores temporadas, True Detective no se prodiga en explicaciones inmediatas y se toma un considerable tiempo para observar a sus personajes con una atención crítica espeluznante. El juego y alternativas de argumento en esta ocasión funcionan sólo porque la superposición temporal juega en favor de la noción del miedo. A medida que avanzan los capítulos, la serie establece el ritmo de la narración, pero también se apresura a acelerarlo en momentos claves. Un acierto que permite que el pulso de Pizzolatto —que en la segunda temporada alargó de manera innecesaria más de un capítulo— pueda seguir el recorrido mental de las criaturas de su universo. ¿Qué gana True Detective con esta nueva percepción del tiempo? En realidad no se trata de lo que adquiere, sino de lo que consigue al contar una historia en dos perspectivas distintas destinadas a colisionar. El juego de la memoria y los fragmentos de información desperdigados no parece tener otro objetivo que crear una maraña de datos tan amplia como engañosa. Como si se tratara de una pieza resquebrajada de un objeto de forma dudosa, la tercera temporada de True Detective obliga al espectador a seguir los hilos narrativos con cuidado, pero a la vez no ofrece los suficientes datos como para crear una respuesta concreta a lo que insinúa. El equilibrio entre ambas cosas crea y sostiene una tensión interna casi insoportable que la serie explota con cuidado y mano diestra.
La multiplicidad de épocas y planos temporales de la primera temporada de True Detective se repite de nuevo. No obstante, en esta oportunidad la percepción sobre los datos que agrega cada escena en diferentes momentos de la historia es mucho más abierta y simple que la críptica temporada debut, que asombró a crítica y público con su extrañísima puesta en escena y la combinación acertada de elementos de contexto. Para la ocasión, Pizzolatto prescindió de los revelados rojizos y los planos interminables, por largas escenas pesarosas envueltas en una paleta de colores heladas. Esta vez, True Detective convierte el silencio en una idea esfinge, en la que pueden reflejarse todo tipo de obsesiones y temores. Para el productor, su historia es un cúmulo de ideas que se sobreponen unas a otras sin terminar de completarse entre sí, lo que brinda la sensación de que el argumento está incompleto o, en el mejor de los casos, elabora un discurso escindido que no termina de ser del todo convincente, al menos en los primeros capítulos. Con su saltos de escenario entre 1980, 1990 y 2015, los escenarios se transforman en pequeñas puestas en escena que fluyen entre sí para formar y sostener la historia como unidad.

Por otro lado, Pizzolatto dedica especial atención a sólo uno de sus personajes. El Wayne Hays de Mahershala Ali tiene un peso profundo y humano que el actor pondera con una inteligencia emocional asombrosa. Wayne no es sólo el punto de unión entre los planos temporales paralelos, sino que a través de sus ojos seguimos el desarrollo del caso al que se enfrenta. Pizzolatto aprovecha la sensibilidad del actor para dotar a su personaje de todo tipo de matices inesperados. Tanto como el tímido anciano de las primeras escenas, como el pensativo detective en su juventud, Wayne tiene la distancia emocional de un hombre herido, pero también una sagacidad misteriosa que le hace ser el centro neurálgico de una historia que utiliza a su personaje como eslabón en medio de tres acciones distintas. Por ahora, el personaje transita tres vías distintas de la mirada subjetiva sobre el horror, y lo hace con una cuidada y dura precisión que envuelve al personaje en un aire enigmático. Como ojos y voz de una historia a fragmentos, Wayne es la referencia inmediata del futuro y también del pasado. El presente, difuso y poco concreto, parece enlazarse en algo más angustioso y perverso.
Como era de esperarse, hay algo sórdido bajo la historia, y lo hay porque el crimen cometido no es comprensible o lógico. Wayne podría estar recordando o sólo imaginando lo que ocurrió 30 años atrás, pero aún el argumento no lo deja claro. Claro está, el hecho de que el personaje deba confrontar su pasado hace que la acción sea más firme y elaborada de lo que podría ser sólo la intención del recuerdo. Pero Wayne debe mirar a la cámara y al entrevistador, obligarse a brindar coherencia a las imágenes en su mente. Ya sea como el joven obsesivo que sigue el rastro de dos niños desaparecidos en el bosque o el anciano aferrado a su poltrona, la historia de True Detective transcurre con fluidez y un tino consistente que sostiene su ritmo y contundencia. Todo un alivio para quienes aguardaban el regreso con cierta indiferencia.
https://www.youtube.com/watch?v=_QSXxzBONIk
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