La inminente muerte del género rock es un tema popular en Internet. Hay guardianes nostálgicos que lo defienden a capa y espada oxidada, argumentando que por todo el mundo todavía se disfruta un buen guitarrazo. Y hay quienes anuncian su caída con un aire de revanchismo porque nunca gustaron del ruido excesivo y, sobre todo, porque nunca se sintieron identificados con la supuesta imagen de lo masculino-salvaje a la que está asociado. Ante todo, debemos aceptar que basados en los indicadores típicos de la industria cultural (popularidad, consumo, cantidad de reproducciones, tendencias, etcétera), el género está muriendo. Ni modo. Las generaciones que lo escuchan están más cerca de knockear en la heaven’s door. Lo de hoy es el reggaetón, ¿qué le va uno a hacer? ¿Pero sabes por qué el rock ya no es tan popular? ¿Cómo llegó hasta este punto?
Por otro lado, ¿qué tiene eso de malo? Así son todas las cosas: la cultura, al igual que el sujeto que la produce —el humano—, debe mutar, adaptarse, reproducirse o simplemente morir. Y al rock le iba a pasar tarde o temprano. Imaginemos una línea del tiempo con las bandas, artistas y canciones de nuestro gusto. Algunas sugerencias: Elvis, Pedro, Frank, Beatles, Silvio, Queen, Madonna, Flans, Metallica, Daddy Yankee, etcétera. Lo primero que veremos es que los gustos dependen en parte de la época.

Generalmente a uno le gusta más lo de sus tiempos, pero hay otro tipo más nostálgico que prefiere una o dos décadas atrás. Ya los que se meten mucho se enteran de que en tiempos de Frank Sinatra había otros cantantes o recuerda que antes se medía el éxito en álbumes vendidos, con videos y, todavía antes de eso, las canciones se conocían primero en el cine. Uno pensaba en “esa canción que Pedro cantaba en aquella película donde anda triste, ¿cómo se llamaba?”. Bueno, desde esta perspectiva, los géneros no se mueren tanto así como dicen las estadísticas; solamente están más vivos en una época que en otras o para unas personas que para otras.
Ahí surge otro ángulo para entender lo que ocurre. Más que maldecir a los jóvenes por no gustar del rock, hay que preguntarse ¿por qué no gustan del rock? ¿Acaso están menos enojados o menos reprimidos? ¿Acaso odian menos al mundo? Si la respuesta es sí, entonces probablemente sea algo bueno. Significa que los chicos crecen menos traumados que las generaciones de los 70 a los 90. Ya no tienen que expresarse con arranques de furia espontáneos, ahora están tan poco reprimidos que buscan explorar otros impulsos, como el placer sexual al que invita el reggaetón. Podemos suponer que es un logro si recordamos la agenda hippie.

Visualicemos otra vez esa línea del tiempo. Ya vimos que la última parte se corresponde a menor represión y, mientras más atrás vamos, más represión y blancura norteamericana encontramos. Ese es el argumento de los revanchistas anti-rockeros para celebrar el estado actual de las cosas. Ahora, recordemos que se pudo llegar al estado libre de los actuales jóvenes reggaetoneros (los millennials-centennials) gracias a los reclamos de los viejos rockeros (los equis-millenials). Pero, entre los dos aparentes bandos opuestos, hay un género que siempre se mantiene entre los favoritos y del que no hemos hablado todavía: el pop.
Ese pop que ha pasado por todos logra sobrevivir porque absorbe todo lo que tiene acerca: absorbió al blues, al rock, al hip-hop y ahora al reggaetón. Al final de los 90 se peleó tantito con el rock porque Britney y sus amigos eran tan rosas que chocaban con la imagen del rock, pero las cosas se calmaron cuando empezaron a tener muchos hijos híbridos. El asunto es que el pop es la clave de todo porque esa adaptación perpetua que lo hace tan accesible a una enorme masa de audiencias le ha dado el trono en este juego de gustos musicales.

¿Pero en realidad podemos apuntar exactamente por qué el rock ya no es tan popular? Ahí está el centro del asunto. Si imaginamos la línea del tiempo en un pizarrón y hacemos como en esas películas donde un personaje muy listo identifica los patrones entre las fórmulas matemáticas, encontraremos que la música exitosa es aquella que satisface con facilidad algún sentimiento común a la mayor parte de la generación en turno. El pop ha sido tan exitoso porque sus canciones son lo suficientemente flexibles como para adaptarse a cualquier gusto particular. Los demás géneros van y vienen porque, si se vuelven así de flexibles, dejan su propio terreno para convertirse en pop; y como, más bien, conservan sus características, nunca satisfarán a tantas personas al mismo tiempo. Todo lo que no es pop está condenado a agotarse en la industria cultural. Pensémoslo como las salsas mexicanas: cuando les quitas el picante, probablemente son más gustosas para mayor número de personas, esa sería la salsa pop; pero en cada chile que se retira de la salsa hay un pequeño sacrificio de su condición esencial… hasta el punto en que el mole se vuelve chocolate con semillas.
Así como el swing y los boleros se despidieron ante la llegada del rock and roll, el rock se quita el sombrero y cede su lugar a esas cosas de hoy. La caída de los géneros en boga también llegará, probablemente cuando la próxima generación descubra que el bienestar y fiesta perpetua de los centennials tiene alguna falla.

Para entender “por qué el rock ya no es tan popular” en realidad tenemos que entender cómo se mide esa popularidad. Ahora demos un pasito más atrás. Intentemos visualizar más cosas que la línea del tiempo de la música famosa, veamos todo lo que se pueda. El hombre ha estado en la Tierra por al menos 200 mil años y en cada uno de ellos ha hecho algo, cualquier cosa, ha manipulado los sonidos y las ideas y los espacios. Cualquier cosa de las últimas décadas es sólo un mosaico en ese enorme mural. ¿Por qué no, mejor, enamorarnos de todo lo que se ha producido?
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