Exclusivo para hombres (de esos que no tocan pasto): El problema con el jabón de Sydney Sweeney

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¿comprarías el jabón de sydney sweeney?
¿Comprarías el jabón de Sydney Sweeney?

Sydney Sweeney, la estrella de Euphoria e Inmaculada, acaba de lanzar un producto que ha hecho levantar más cejas que burbujas: un jabón llamado Bathwater Bliss, en colaboración con la marca Dr. Squatch. Según la campaña, el jabón está hecho con ingredientes como corteza de pino, arena volcánica, musgo y aromas de bosque húmedo del Pacífico Noroeste —todo muy viril, muy natural, muy “hecho por y para hombres”.

El problemático jabón para hombres de Sydney Sweeney

Pero lo que realmente ha encendido la conversación no es el jabón, sino la campaña publicitaria, protagonizada por la misma Sweeney. En los anuncios aparece como una especie de ninfa del baño, semidesnuda, hablándole directamente a los hombres, soltando chistes coqueto-irónicos mientras juega con burbujas. Algo que parece más sacado de un fanfic generado por IA o de un comercial de Axe del 2013 que de una campaña real en 2025.

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Mientras algunas personas lo celebran como algo “divertido” o “sexy sin tomarse en serio”, otras no han tardado en señalar lo evidente: una vez más, la imagen sexualizada de Sydney Sweeney es el anzuelo, no para vender una serie o una película, sino para vender jabón. Uno que, por sí mismo, no tiene nada de malo. Entonces, ¿por qué se siente así?

Porque todo en esta campaña está pensado para apelar al mismo target de siempre: hombres heterosexuales que todavía compran cosas si se las vende una mujer medio desnuda. El clásico “vende el producto, pero mete a una mujer en ropa interior para asegurarte de que lo miren”. Y esto abre preguntas incómodas:

¿Por qué seguimos usando el deseo masculino como herramienta de marketing para todo, incluso para bañarse? ¿Por qué un producto para hombres necesita ser validado por la presencia de una mujer sexy? ¿Y en qué lugar queda Sydney Sweeney en todo esto? ¿Está en control o simplemente aprendió a jugar bien el juego?

Lo verdaderamente inquietante no es que una mujer promocione un producto para hombres. Es que el cuidado personal masculino sigue amarrado a los mismos clichés de siempre, como si los hombres solo pudieran consumir algo si viene envuelto en una fantasía sexual. Como si el deseo de otro —el deseo masculino— fuera lo único que sigue validando un producto.

Porque sí, Bathwater Bliss no solo vende un jabón. Vende a Sydney Sweeney como parte del empaque. Una imagen que los medios han explotado hasta el cansancio, y que ahora se recicla para hacer atractivo un producto tan cotidiano como el aseo personal. Por más que lo disfracen de comedia o nostalgia, la estrategia es la misma de siempre.

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El jabón pensado para hombres problemáticos: el guiño a la cultura incel y la objetificación como norma

Lo que hace que esta campaña sea aún más inquietante es a quién parece estar dirigida de forma implícita: no a cualquier hombre, sino a un perfil muy específico. Hombres que reproducen actitudes problemáticas hacia las mujeres, que las ven más como objetos que como personas, y que solo se sienten validados a través de una fantasía sexualizada. En ese sentido, la campaña no solo vende jabón, sino una imagen muy concreta del “hombre ideal”, atrapado en una lógica que recuerda a la cultura incel —esa subcultura que reivindica el resentimiento, el aislamiento y la cosificación femenina como reacción a sus propias frustraciones afectivas y sexuales.

Bathwater Bliss se convierte así en un símbolo de ese marketing que refuerza: la mujer como premio, la sexualidad femenina para consumo masculino y una idea de masculinidad que no apunta a un cuidado genuino, sino a alimentar una fantasía que sostiene dinámicas tóxicas. Por eso, más allá del humor o la nostalgia, la campaña parece hablar directamente a quienes aún creen que el deseo sexual justifica la objetificación.

Así, el jabón refleja cómo la industria sigue apostando por una masculinidad que necesita validarse con imágenes femeninas hipersexualizadas, justo cuando muchas voces exigen representaciones que incluyan respeto y diversidad. No se trata solo de vender un producto, sino de cuestionar a quién y cómo se le vende, y qué mensajes seguimos normalizando sin darnos cuenta.

No hay una revolución aquí. Solo hay un viejo truco con cara de novedad. Una fórmula probada que sigue usando el cuerpo de las mujeres como puente para llegar al consumidor, incluso en espacios donde ni siquiera hace falta. Y eso plantea preguntas importantes sobre cómo se construye el deseo, quién lo capitaliza y qué papel sigue jugando la representación de género en algo tan básico como bañarse.


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Alan Cruz

Alan Cruz

Me gusta el cine dependiente. Hablo de cine y cosas.

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