Un video se volvió viral en redes sociales: un canguro intentando abordar un avión como animal de apoyo emocional. La escena es adorable, absurda, medio surrealista… y completamente falsa. Fue generado por inteligencia artificial y publicado por una cuenta especializada en crear contenido visual increíblemente realista pero ficticio, @InfiniteUnreality.
El video del canguro que fue hecho con IA
Pero antes de que supieras que era falso, ¿te lo creíste? Si la respuesta es sí, tranquilo, no estás solo. Ese “me lo creí porque quería que fuera cierto” no es solo una anécdota graciosa, sino un reflejo profundo de cómo consumimos información hoy y de las trampas que nos pone la tecnología —y nuestra propia mente— para aceptar lo absurdo como verdad.
Admito que casi siempre detectaba cuando un video era hecho por inteligencia artificial , pero este del canguro de verdad que me ha impresionado ! Se que muchos dirán “al primer segundo sabia que era hecho con AI” , pero en mi caso de verdad pensé que era real 😱#IA pic.twitter.com/U9KamA7kBR
— Jhon Torres Jimenez (@jhontxu) May 29, 2025
Vivimos en la era del scroll infinito, la velocidad y la saturación de información. En ese escenario, pensar se ha convertido en un lujo y, muchas veces, en una tarea que preferimos evitar. La mecánica es simple: ves un video, te provoca algo —risa, sorpresa, ternura, indignación—, lo compartes y sigues al siguiente contenido.
No importa si es verdad o mentira, real o generado por IA, lo que importa es la reacción emocional inmediata. Este ciclo es el combustible de la viralidad, pero también el terreno fértil para la desinformación.
Así, la verdad pierde peso frente a lo que funciona para atraer atención. Y esto no es culpa solo de la tecnología, sino también de nosotros, que cedemos al impulso rápido y dejamos de cuestionar. La reflexión profunda se vuelve la excepción.

La desinformación ya no necesita ser malintencionada
Tradicionalmente, la palabra “fake news” nos hacía pensar en campañas coordinadas, en manipulaciones con agendas ocultas. Pero la realidad hoy es otra.
Con la sofisticación de la inteligencia artificial, basta con crear contenido que emocione y que tenga un mínimo de credibilidad para que se esparza como pólvora. @InfiniteUnreality no fabricó el video para engañar ni para generar caos, solo buscaba entretener. Pero el resultado fue el mismo: miles de personas lo tomaron como verdad, incluso sin intención maliciosa de por medio.
Esto evidencia una nueva dinámica de desinformación, donde el engaño es muchas veces un efecto colateral de la creatividad digital y la necesidad de viralizar, más que un complot consciente.
Además, muchas personas no tienen la formación para identificar señales de contenido generado por IA, y menos aún para cuestionar algo que “se siente real”. El video del canguro es la prueba de que hoy, la línea entre verdad y ficción puede ser borrosa y peligrosa.
Querer creer es más fuerte que dudar
¿Por qué tanta gente quiso creer que un canguro era un animal de apoyo emocional? Porque el deseo de creer puede ser más fuerte que el escepticismo. Este fenómeno psicológico se conoce como creencia motivada: no aceptamos la verdad, sino lo que queremos que sea verdad. En un mundo saturado de información, esta tendencia se intensifica.
El video del canguro funciona porque combina lo absurdo con lo adorable y lo surrealista, un combo perfecto para viralizar en redes. La historia tiene todos los ingredientes para ser un meme instantáneo o una anécdota para compartir en grupos y chats.
En otras palabras, aunque nuestra racionalidad sepa que un canguro no es un animal de apoyo emocional, nuestra emoción y el deseo de una historia divertida y distinta nos hacen bajar la guardia. Este fenómeno no solo es un problema de los usuarios individuales, sino que se ha convertido en una herramienta usada —con fines buenos o malos— para moldear opiniones y manipular emociones a gran escala.

Nada es real, y ya nos da igual
Una vez que se reveló que el video era un producto de IA, la mayoría no reaccionó con indignación o sorpresa, sino con un suspiro de resignación: “Otra vez lo mismo”. Esta reacción refleja lo que expertos llaman la fatiga de la verdad: una especie de agotamiento emocional e intelectual que nos hace desconectarnos de la importancia de saber qué es real y qué no.
Nos volvemos escépticos, sí, pero también apáticos. El problema es que esa apatía ante la verdad tiene consecuencias profundas: cuando la realidad y la mentira pesan igual, todo se vuelve relativo y nada se sostiene. Esto erosiona la confianza en las instituciones, en la prensa y en el activismo. Más allá del canguro, esta fatiga es un síntoma de una crisis cultural sobre el valor y la función de la verdad en nuestra sociedad.
Más allá del canguro: lo que nos dice sobre nosotros mismos
Este video es solo un ejemplo —uno simpático, casi inofensivo— de un fenómeno más grande: la fragilidad del pensamiento crítico en la era digital, el poder de la emoción sobre la razón y la facilidad con la que la tecnología puede fabricar realidades alternativas. Nos enfrentamos a un desafío urgente: educar para la alfabetización digital, recuperar el hábito de la duda razonada y valorar la verdad no solo como un dato, sino como un pilar de la convivencia y la democracia.
Así que la próxima vez que veas algo que parece absurdo pero que te hace sonreír o indignar, detente un segundo. Pregúntate: ¿Lo creo porque es real o porque quiero que sea verdad?
Y si la respuesta es la segunda, recuerda que no estás solo, pero también que ahí empieza el problema.
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