
Ha pasado tanto tiempo desde ese último café que nos tomamos en la cafetería a la que nos gustaba ir porque ponían nuestras canciones favoritas, ese día –como siempre– cantamos esas mismas melodías que ya nos sabemos de memoria y hasta el orden en el que las corrían, pero seguía siendo divertido porque estábamos juntas. Ese día, después de la sexta canción y dos capuchinos te quedaste plantada en tu silla como si lo que hacíamos ya no fuera divertido; te pregunté que qué pasaba y no respondiste, te fuiste al baño y cuando volviste me dijiste que tenías que hablar conmigo: lo soltaste todo.

Sentí que la sangre me subía hasta el cerebro y me quemaba, la rabia me invadía mientras tú no dejabas de hablar. No guardaste nada, todo lo confesaste, y yo, yo sólo escuchaba cómo nuestra amistad se rompía en boronas, millones de boronas que no tenían manera de volver a unirse. No recuerdo cómo dejaste de hablar, sólo te escuché decir “dime algo, por favor, no te quedes callada”. – Qué risa, pensé. Qué te podía decir después de que me traicionaste y me mentiste.
Dejaste dinero en la mesa y me dijiste que lo entendías –¿entendías qué?– y que podía tomarme el tiempo necesario para que te perdonara. Lo dijiste 3 veces: perdóname, por favor. Dejaste la mesa y te fuiste.
No recuerdo cuánto tiempo lloré allí sentada, me fui a casa y pensé que no quería volver a verte nunca más.
Pasaron algunas semanas y me escribiste: eres mi mejor amiga, no podemos terminar así. – Querida: ¿podemos? Tú terminaste con esto, pensé. No te respondí.
Pasaron los meses y subías fotos a tus redes sociales tan feliz, como si nada te afectara y como si mi ausencia no te preocupara. Ya no te atreviste a escribir y mucho menos a llamar, yo no me atreví a buscarte y menos a perdonarte.

Me lastimaste, todo este tiempo me lastimaste y no lo sabía. Entonces no era tu amiga en realidad, más bien, tú no eras mi amiga. Me quebraste y me desequilibraste porque tú eras la única persona en la que podía confiar, con quien podía reír y llorar sin miedo alguno. Te contaba absolutamente todo; tú me llamabas a las 4 de la mañana cuando necesitabas ayuda y ahí estaba para ti siempre. Eras mi hermana, mi confidente, mi equipo, mi complice, eras parte de mí; pero nada de eso te importó al parecer porque no te importó romperme el corazón.

Deseaba con todas mis fuerzas que te lastimaran tanto como lo hiciste conmigo, lo deseaban tanto que me quedaba sin energía tan sólo de pensarlo. Quería que lloraras como yo lloré por tu traición. Quería que todas las amigas que siguieran después de mí te fallaran, que te lamentaras por que te quedaras sola, en serio deseaba que te quedaras sola; sin nadie a quien contarle tus rebeldías, tus tristezas, tus sueños, tu felicidad, que te quedaras sin nadie a quien le pudieras contar todo.
Ahora, después de algunos años, volví a esa cafetería y quería informarte que ya no pasan las mismas canciones, ya no está el mesero al que le coqueteábamos para divertirnos, por fin arreglaron el tercer baño que estuvo descompuesto por años y que aún siguen nuestras firmas que rayamos en la mesa en la que nos gustaba sentarnos.

Ahora, después de algunos años, volví a verte. Te vi sentada en esa mesa, en esa ventana y tomando el capuchino que siempre pedías. Sigues fumando los mismos cigarros y sigues tiñendo tu pelo del mismo color. Te vi siendo tú, te vi con la sonrisa de siempre y también me viste.
No te acercaste, sólo me miraste y eso fue todo. Pero fue ahí donde comprendí que en realidad, nunca te odié como pensé; al contrario, en ese momento, en ese momento en el que nuestras miradas se cruzaron seguíamos siendo ese par de locas que cantaban a todo pulmón en aquella mesa.

Ahora, después de algunos años, nos hemos convertido en lo que siempre soñamos. Ambas hemos crecido, pero por dentro seguimos siendo ese par de locas que querían mudarse a París, ese par de locas que compartían secretos toda la noche, ese par de locas a las que nos gustaban un montón de chicos, ésas que se contaban todo, ésas que se reían por cosas sin sentido alguno. Te extrañé, amiga. Te extrañé y te perdoné. Me di cuenta de que sí te perdoné.

No te guardo rencor, mucho menos odio: sólo te guardo y ya. Gracias, amiga, gracias por tantos momentos felices, gracias por ser mi viajera favorita, por ser mi compañera y ser mi amiga. Gracias, amiga, también por tu traición y tu sinceridad. Gracias por la fortaleza que me diste desde ese día en ese café mientras corría la séptima canción. Nunca te lo dije, pero gracias por ser parte de mi vida; no sé si te vuelva a ver, no sé si nos volvamos a encontrar. Pero quería decirte que esa chamarra te luce muy bien y que el chico con el sales parece ser buena persona.
Gracias, amiga, por ser mi amiga. Gracias, amiga, pero ahora te dejo ir. Ahora te dejo atrás, ahora te perdono.
VER MÁS:
Cosas que sólo se prometen las mejores amigas.
15 señales que indican que tu mejor amiga y tú estarán juntas por el resto de sus vidas.
