Mi confinamiento no fue muy positivo a decir verdad, la mayoría de los días los he pasado con ansiedad, en las noches peor; he tenido mucho miedo, angustia y la incertidumbre me ha invadido más de lo normal. Mi cuerpo, por supuesto, cambió. El insomnio, los bocadillos en medio de la noche, los malos hábitos que adopté por no ir a la oficina, la comida de más y el sedentarismo se hicieron notar en mi abdomen, mis pies, mis brazos, mi cara y hasta en mis piernas. Me miraba al espejo y yo sabía que no era la misma y que tenía que hacer algo pronto.

Siempre conviví con las mismas personas durante el encierro: mi mamá los fines de semana y entresemana con mis roomies, entonces no me sentía incómoda con mi físico porque estaba con personas de confianza… hasta que tuve mi primer viaje de trabajo con la “nueva normalidad”. Antes ya había notado que la ropa no me quedaba igual y que iba a ser un poco complicado que me luciera como antes, sin embargo, no lo vi como un impedimento para lucir “bien” o estar a gusto. ¡Error!

Rodeada de muchas personas que no conocía, estando en un lugar que tampoco conocía me sentía como si todo el mundo fuera consciente de cómo lucía antes y cómo lo hago ahora. Yo sentía que no paraban de verme y juzgarme, burlarse de mi cuerpo y de mí. Me sentía muy mal, la ansiedad se apoderaba de mis manos que sólo buscaban cubrir mi abdomen, y de mis pies que tambaleaban al pisar. Me sentía terrible, odiaba la ropa que traía puesta, pensaba solamente en no haberme puesto ese pantalón o esa blusa, pensaba en que no me veía “bien” y lo detestaba.
Estaba muy avergonzada del cuerpo que lucía, en mi mente no paraba de ser agresiva conmigo, de juzgarme, de gritarme y hasta de rechazarme. No toleraba lo que veía en los reflejos de los vidrios o en las fotografías. No toleraba sentirme diferente y mi cuerpo lo demostraba lo quisiera o no. Me movía tensa, ni siquiera podía estirar mis brazos con libertad porque me atemorizaba quedar tan expuesta; no quería caminar y que me vieran. Me urgía un cambio de ropa… o de mente.

No podía con todo lo que estaba sintiendo, yo sola intentaba calmarme, apagar esa voz que me estaba haciendo mucho daño, callarla y me dejara disfrutar del momento. Pero mientras comía, mientras metía bocado por bocado a mi boca yo tenía ganas de llorar. Quería llorar. Entonces fui al baño a refrescarme, me lavé la cara y me quedé algunos minutos viéndome al espejo, no sé, dos, cinco, diez. Me mire al espejo y quise convencerme de que era yo, de que era la misma, que debía relajarme o el resto del viaje sería una tortura.
Decidí contárselo a uno de mis mejores amigos, le mandé audios diciéndole todo lo que pasaba por mi mente, la desesperación que tenía por salir de ahí y el rechazo que tenía hacia a mí. Mi amigo me dijo que me calmara, que no quería escucharme decir esas cosas horrendas. Me explicó que pudiera tratarse del tiempo que llevaba encerrada y sin convivir con tantas personas y que, claro, el cuerpo de todos cambió, pero que había sido un golpe duro salir con esos cambios por primera vez con personas desconocidas a un lugar desconocido.

Lo que me dijo tuvo mucho sentido. Era verdad. Yo me sentía insegura por el cambio y también por ese cuerpo “perfecto” para la playa que nos han transmitido toda la vida. Si quieres vacaciones antes debes ponerte a dieta para el bikini, o depilarte todos los vellos, o blanquearte zonas escondidas de tu cuerpo. Yo me sentía acomplejada por la imagen que creía que era mi responsabilidad transmitir. Yo estaba atormentada por una imagen que ni siquiera sabía en qué se basaba para decir que era la ideal.

Mantuve la calma, que aunque los nervios de repente me ganaban, intenté dejar de ser agresiva conmigo. De hecho pedirme perdón por tantos insultos, por juzgarme y por tenerme un momento de odio. Incluso de asco. Respiré profundamente para deshacerme de esos pensamientos oscuros que se venían a mi cabeza, deshacerme del rechazo, de la complejidad que llevaba cargando.
Mientras yo trabaje para sentirme cómoda con mi cuerpo y entender que la imagen que nos venden no es normal, entonces ese día conseguiré neutralidad. Ahora me elijo yo y trabajo duro para amarme todos los días.
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