Al inicio de la vida adulta, las personas a tu alrededor comentan constantemente acerca de un fenómeno al cual le llaman “Crisis de los 20”, comentarios en los que, con un poco de suerte, la única frase que te otorgan es: “A partir de los 18, el tiempo pasa mucho más rápido”.
De eso no te percatas sino hasta el momento en el que miras hacia atrás y compañeros que en su momento compartieron contigo la secundaria, se encuentran formando ya una familia, siendo parte de proyectos en empresas importantes o cambiando constantemente de carrera; todos en un tiempo y lugar diferente al tuyo.
La vida profesional en los 20
En ese momento, revalúas tus decisiones; comienzas a pensar si la carrera que elegiste es realmente compleja o si solamente no es para ti, y si es así, ¿deberías abandonarla?, ¿eres particularmente excepcional o solo eres bueno?, ¿tienes la suficiente experiencia?
¿En el mundo laboral destacarás o formarás parte de la lista de candidatos en la que tu nombre jamás será elegido? En el lugar en el que te acepten: ¿será suficiente tu trabajo o al mes se buscarán a alguien más?; teniendo en cuenta que ese es solo el aspecto profesional.
La economía en los 20
En lo económico, dejas de depender totalmente de tus padres, o… ¿no? Gracias a las redes sociales, ves cómo conocidos e influencers, salen cada viernes de fiesta, tienen trabajo y además de eso estudian, sin tomar en cuenta que viajan entre semana o en periodos no vacacionales; en comparación, poco importa el esfuerzo que hagas por tener la misma vida, el dinero no será el suficiente, el esfuerzo jamás será el mismo y el tiempo dedicado a familia, amigos, pareja y trabajo nunca será el necesario.
Las relaciones personales en los 20
En cuanto a relaciones personales, observas también cómo personas que creíste que estarían por siempre en tu vida, comienzan a irse; los familiares que en algún momento te cargaron en sus piernas, te enseñaron a caminar y estuvieron contigo mientras crecías, ahora son viejos; las visitas urgentes al médico y los funerales, se hacen recurrentes. Esas amistades con las que creciste tienen otros itinerarios, toman diferentes caminos que inevitablemente los hacen cambiar de perspectiva; para unos cuantos “te falta vivir” y para otros, “estás muy experimentado”.

No solo es la crisis de los 20
Claro que esta crisis no solamente es al inicio de la década de los 20, sino que puede suceder en diferentes puntos de la década y afectar de diferentes maneras a quién la viva, dependiendo de las condiciones en las que te encuentres.
También es posible que se extienda hasta los 35 años o simplemente nunca se vaya; esto se da dependiendo de la expectativa que se tuviera de lo que sería nuestra vida a cierta edad, así que al observar en retrospectiva la serie de decisiones y consecuencias de ellas, no suele ser fácil, ya que podemos darnos cuenta de que en realidad no tenemos la vida que queríamos cuando éramos niños o siendo afortunados, que estemos cumpliendo todas y cada una de las metas que soñamos.
Los testimonios de los mayores se dividen en dos secciones, se encuentran los que no creen que exista tal crisis, ya que la manera en la que han llevado su vida les parece lo “natural”, ven su avance como algo normal y que la vida los ha llevado al lugar en el que tenían que estar en el momento correcto.
Sin embargo, hay una segunda opinión, la cual es más difícil de aceptar que la primera, ya que, es un choque de tristeza y arrepentimiento donde la persona en cuestión se percata de que la realidad de su vida es totalmente diferente de lo que esperaba, y que ya no tiene más tiempo para corregir su rumbo y así cumplir la ilusión de su versión menor.
La manera en la que crecieron nuestros padres y abuelos es muy distinta a la forma en la que lo han hecho las recientes generaciones, es por esto que aceptar el hecho de tener una crisis, se tiene entendido como una señal de debilidad.
La vulnerabilidad nunca había sido un tema constante de conversación, frases como: “Un niño o un abuelo llorando, es tierno, pero un adulto llorando, hizo algo”, lo cuál genera una respuesta negativa a la expresión sentimental de los adultos; eso mismo provoca que esta generación no sepa comunicar ni reconocer abiertamente sus sentimientos, y esto a su vez, evita la distinción de si la vida, a pesar de no ser como se esperaba, es buena o incluso mejor en diversos aspectos.
“La prisa mata” – Sabiduría marroquí.
Por el contrario, una vez que las nuevas generaciones crecemos expuestos al constante bombardeo de “vidas perfectas” que nos muestran dentro de redes sociales, nos privan de una perspectiva más real de lo que es el mundo.
Al estar la información al alcance de nuestras manos, se genera una idea errónea de la persona que está del otro lado de la pantalla, produciendo así una falsa cercanía entre usuarios, de tal manera que eso nos lleva a creer que la obtención de esa vida es sencilla, haciéndonos presas de la ideología capitalista de la meritocracia en la que “mientras más te esfuerces, más oportunidades tienes de ser feliz” la única desventaja, es que la obtención de ese estilo de vida no es directamente proporcional a la cantidad de tiempo y esfuerzo que le dediques.
Al no considerar todos los factores dentro de esta dinámica de interacción, provocamos frustración a nivel generacional, incluso, esta frustración se percibe desde edades más tempranas; siendo así que la presión aumenta dentro del mundo laboral al haber más competencia, con un mercado laboral más joven y con más experiencia conforme pasan los años, de tal manera que a la edad promedio en la que los jóvenes que cuentan con la oportunidad de terminar una carrera profesional, se encuentran con una oferta laboral aún más reducida.
Aún cuando creamos que no podemos más, con la incertidumbre hasta las nubes, con un constante sentimiento de vacío e inutilidad; con miedo y ansiedad; con precariedad económica y laboral; viviendo sin vivir cosas que deberíamos estar disfrutando a nuestra edad, un buen recordatorio puede ser que, ninguna emoción es buena o mala, son solo eso, emociones.
Y esta vida es la única oportunidad que conocemos para sentir, así que debemos procurar concentrarnos en nuestro presente, se lo debemos a nuestro pasado. Podemos aprender paso a paso a distinguir nuestras emociones, aprender a no mentirnos a nosotros mismos y ser lo más honestos respecto a lo que buscamos para así honrar esa honestidad hacia uno mismo. Haz lo que quieras, pero aprende de cada acción con la que traces tu historia.
