No quería renunciar a ti porque mi corazón, mi loco corazón, te resguardó bajo llave –y lo hizo muy bien–, tan bien que a donde yo volteaba tú estabas ahí; ahí en las canciones de amor, en las de desamor, en mis textos, en el parque, en el helado, en alguna película, un libro, a la derecha, a la izquierda, tú siempre estabas ahí. Mi corazón se encargó de protegerte como si fueras algo que le fueran a robar; como un tesoro, como una joya, como si fueras tú.

¿Por qué no quería renunciar a ti aunque seguir me doliera? Te ama. Mi corazón te quería y yo no tenía el control sobre ello. No te culpo, tampoco me culpo yo; no nos culpo de todo lo que sentía, porque al final, todo lo que te di, era sincero y de corazón. Quizá no era nuestro momento, quizá llegamos demasiado temprano o demasiado tarde a la vida del otro, quizá fue el destino, quizá tú no eres para mí, o quizá yo no soy para ti. De lo que no tengo duda, es que siempre te llevaré en mí aunque me sostengas y me vuelvas a soltar, pero ya no estaré a tu lado porque estoy seguro, estoy convencido de que mi corazón ya renunció a ti.

Fue doloroso, no fue nada fácil explicarle que todo esto nos hacía daño, nos consumía y nos quemaba; nos dejaba solos, nos dejaba frágiles, nos dejabas con miedo e indefensos. No entendió a la primera, tampoco a la segunda ni a la tercera, pero al fin, después de mucho tiempo, se dio cuenta de que era hora de renunciar a ti. Que aunque no quisiera sacarte de ese rinconcito de donde te tenía bien guardado, decidió que si seguías allí dentro, podrías destrizarnos completamente.

Fue justo a tiempo, o quizá muy tarde, no lo sé, pero por fin renunció a ti. Luchamos, lloramos, nos caímos, pero aunque el camino haya sido duro, salió el sol. No te niego que aún nos retumbas de vez en cuando, que aún apareces por todas partes y que a veces te extrañamos más de lo que deberíamos, pero ya no haces falta; ya no desacomodas los muebles de nuestra casa –que es nuestro cuerpo–, ya no nos empolvas y tampoco nos lastimas. Desde que te dejamos ir, desde que te dejó, desde que yo te dejé ir, ya no lloramos como antes, ya no sufrimos y tampoco ya no nos lastimas.

Nos aferramos por tanto tiempo, que nos dimos cuenta de que era hora de ver por nosotros, de que yo viera por él y lo protegiera. Me di cuenta de que era hora de dejarte ir, dejarme ir, y de dejarnos libres. Ahora estoy mejor; ya me escucho, ya me cuido, pero sobre todo, ya me abrazo. ¿Por qué no renunciaba a ti? Porque te amaba, pero, hoy, ahora, y para siempre, me amo más a mí.
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