En el número 430 de Kings Road; allí comenzó esta historia de contrastes y cientos de preguntas. Cuando Vivienne Westwood era joven, Londres atravesaba una de las épocas más complicadas en lo que iba de Siglo XX, el movimiento hippie imperaba más como una tendencia estética que como acción ideológica de peso y la sociedad europea estaba muy bien aplacada en términos de conformismo. Era tiempo de recurrir a la respuesta violenta y prenderle fuego a todo; comenzando por la Corona y el Parlamento.

La llamada “madre del punk” se unió a Malcolm McLaren y juntos gestaron un estilo de vida que comenzaría a imperar en el barrio oeste de Londres, entre el Chelsea y Fulham. Westwood comenzó su vida profesional y creativa con el diseño de prendas inspiradas en los teddy boys durante 1971; con la aparición de su primera boutique, Let It Rock, el espíritu artístico-activista de esta mujer se hizo evidente. Pronto su fascinación se perfiló hacia las cremalleras, las pieles y el BDSM, bajo el nuevo nombre de su showroom, Too Fast to Live, Too Young to Die, y no tardó demasiado en tomar estos elementos para dar inicio a la tienda más escandalosa de Inglaterra: SEX.
En aquellos años primarios, McLaren representaba a los Sex Pistols y el auge del movimiento contracultural de los marginados se alzaba en terrenos musicales. Todo ello mientas que Vivienne dirigía un batallón que desarrollaba la estética contestataria frente a toda buena costumbre, desde las trincheras del taller costurero.

Las crisis económicas y sociales, la inconformidad del pueblo y las inconsistencias gubernamentales, azotaban a una de las más grandes capitales del mundo y la juventud –como en todo proceso de cambio o “reajuste”– sufría las consecuencias. Así, Westwood y sus diseños se convirtieron en esa rebelión contra el sistema que tanto necesitaban los adolescentes. La inconformidad y una nueva corriente ideológica rápidamente se reflejaron en la vestimenta de una generación perdida; todo gracias a esta genio creativa.

Excentricidad y anarquía, así se podía definir al diseño que creaba Vivienne para su numerosa clientela procedente de las calles y las zonas más marginadas y críticas de su país. La goma, el cuero, el charol y toda una filosofía de DIY, la convirtieron en la mente maestra detrás de la estética punk y new wave; ejemplo de ello se encuentra en su colección de 1976, “Esclavitud”, en la cual clavos, hebillas, correas y leather se apropiaban de la atmósfera.

Para 1980, tras el colapso de Sex Pistols y la inserción del punk en el mainstream, Westwood se desencantó del movimiento y reestructuró tanto a su firma como al concepto de tienda que hasta ese momento manejaba. Aunque por décadas no se ha considerado como una gran virtud en el mundo de la moda, Westwood siempre ha dicho lo que piensa, ha sabido expresar lejos de lugares comunes las problemáticas del mundo. ¿No fue ella misma un motor de esa desilusión? ¿No fue la mercantilización de su protesta y la obsesión fetichista de su desobediencia lo que arrastro al punk hacia lo normie?

¿No fue su rebeldía, ahora entendida como arte, lo que le incrustó en los mismos sistemas que otrora destrozaba? ¿Acaso no es el discurso de genialidad y talento a partir de su extravagancia y absurdo lo que hace de sus prendas codiciados objetos en las subastas de Sotheby’s o Christie’s? ¿Su aceptación a ser condecorada en 1992 con la Orden del Imperio Británico no ha sido una de las respuestas menos punk en el contrasistema que ella ayudó a erigir?

Las colecciones y diseños de Vivienne Westwood hoy son punk en cuanto apariencia, política en tanto dispositivos que se cargan de ideología o interpretación activas. Pero contra-sistema… quizá no tanto. Aún cuando sus ideas compartidas sean el apoyo a la ecología mundial, a la conciencia de mercado –ésa que según la diseñadora se alcanza al comprar menos y compartir más– o a la búsqueda de un estilo propio, jamás imitado, el statement se cae al entrar en cualquiera de sus tiendas.

Aquella idea de que una prenda podía enfatizar, gritar y lastimar, hoy se ha perdido. Westwood lo ha perdido. Cuesta trabajo que la contracultura acoja entre sus racks y showrooms a vestidos de 600 dólares, abrigos de 900 y pantalones de mil 200. Ella logró que su nombre se convirtiera en una referencia estética, que se alzara un trademark, en todo lo que se pensara alrededor de la palabra SEX, que el fetish se hiciera respuesta a los convencionalismos; sí, pero ¿a qué precio?
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