«Un sueño que nunca soñé». Con esas palabras, Yalitza Aparicio ha descrito todas sus experiencias a partir de su participación en Roma de Alfonso Cuarón. Película que si bien ha causado revuelo y opiniones divididas por su contenido, por la forma en que aborda las situaciones políticas y culturales de una época en que muchas percepciones eran invisibilizadas, más encontronazos ideológicos ha generado por el levantamiento de la recién hallada actriz oaxaqueña. Una mujer que se encuentra maravillada por vivir algo que jamás imaginó, pero que eso mismo la convierte en objeto de discriminaciones o luchas poco entendidas.

Vogue México y Latinoamérica, al revelar su portada que dará inicio a 2019 y que ostenta a Yalitza portando un Dior, da continuidad al enaltecimiento gráfico de la facción mexicano-originaria en revistas de Moda y crítica contemporánea, pero también da cabida a que los prejuicios cargados en nuestra sociedad dejen en claro –de nueva cuenta– que en México cargamos una suerte de white guilt que deviene en sutiles discriminaciones disfrazadas de “tolerancia” o una alabanza de bellezas “otras” en tono permisivo o condescendiente.

¿Qué significa que Yalitza Aparicio modele para el cover de una revista como Vogue? Por un lado, la aceptación y apertura a las renuncias canónicas de una belleza occidental, la reapropiación gráfica de una de las tantas maneras de entender la identidad mexicana; y por otro, acciones que parecen una llamarada comercial y que no buscan más que ramplones clicks, sin siquiera ejercitar un diálogo profundo de lo que conlleva una representación como la de Aparicio.

Sí. Es un hito que la actriz natural aparezca en la portada de una de las publicaciones más elitistas y angulosas del circuito de la Moda. Es un parteaguas lo que hoy vivimos en medios de comunicación y como público que consume información, al ver que una mujer de ascendencia mixteca logra posicionarse en el renglón más leído de la estética mexicana. Pero, ¿qué vamos a hacer con eso? ¿Abriremos las editoriales a otras actrices que no suelen fotografiarse, porque no son Salma Hayek o Cecilia Suárez? ¿Cambiaremos nuestra forma de hacer fashion film y fotografía de street style? ¿Dejaremos de hablar en redes de estos retratos como si fuera nuestro deber humanizar a las comunidades originarias del país? ¿Entenderemos de manera distinta a los desplazados, dentro y fuera de la fotografía? ¿Se doblarán esfuerzos por llevar nuestro cine al extranjero, aunque no sea de trademarks poderosísimos como el de Iñárritu y Cuarón?

No hay problema, definitivamente, en que Yalitza modele y que consumamos el contenido que con ella se genere; éste radica en tratarlo sólo como un trend y atesorarlo casi con la misma mirada deferente que tenían los imperios coloniales de entreguerras. No basta con hacer de esta mujer la noticia más grande del orgullo nacional, necesitamos que, a partir de su aparición, cambiemos de paradigmas estéticos y políticos para compartir el México mestizo que nos embarga y el sistema cultural que tanto perseguimos.
