Por qué la menstruación puede ser una condena de la Iglesia para castigar a las mujeres

Por qué la menstruación puede ser una condena de la Iglesia para castigar a las mujeres

Por: Rodrigo Ayala -



Cuando la vida era mucho más corta para la humanidad, pues múltiples enfermedades no tenían cura y aún no existían los métodos anticonceptivos que evitaban que las mujeres murieran durante el parto, el ciclo menstrual se repetía un máximo de 50 veces. Esto sucedía porque cientos de mujeres pasaban la mitad de su existencia embarazadas o amamantando hijos. Hoy, con todos los adelantos tecnológicos que permiten una esperanza de vida mucho mayor, el género femenino tiene aproximadamente 450 periodos a lo largo de su vida. Así lo confirmaron autores como Elsimar M. Coutinho y Sheldon J. Segal en su libro “Is Menstruation Obsolete?” (1999).

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En el presente, muchas mujeres darían lo que fuera por ver reducido su número de periodos debido a las molestias que conllevan, principalmente los dolorosos cólicos. Esto llevó a la comunidad científica y médica del mundo a inventar un método, en la década de 1950, que ayudara a regular los trastornos hormonales para vivir de manera más cómoda. La píldora fue uno de los salvavidas que millones de mujeres en todo el mundo encontraron para sentirse más plenas y cómodas con sus periodos, mismos que se reducían o desaparecían por completo al interrumpirse la ovulación.

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La revolución vendría a mediados y finales de la década de 1960, cuando se descubrió que estas pastillas tenían al mismo tiempo la facultad de evitar embarazos. Fue así que al poco tiempo comenzaron a comercializarse como un producto anticonceptivo. Esto les dio la oportunidad a las mujeres de tomar decisiones sobre su cuerpo y su sexualidad, formando generaciones más responsables y educadas en materia de natalidad.

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Por otro lado, en pleno siglo XXI, existe una parte de la población femenina que aún observa con resistencia la ausencia de periodos menstruales, a pesar de que desean utilizar un método anticonceptivo y conocen sus reacciones. Sus parejas, en un gesto que puede verse como machismo o ignorancia, también se oponen a que los cuerpos de ellas dejen de menstruar, como si con ello su condición de mujeres desapareciera. ¿Esto se debe a una equivocada educación, un infundado temor o al machismo al que ya hacíamos alusión?

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Cuando la píldora anticonceptiva surgió y comenzó a comercializarse de manera libre, al mismo tiempo alzó la voz el primer oponente a todo lo que contradiga sus avejentadas enmiendas: la Iglesia. Ésta se opuso fervientemente a que las mujeres tomaran responsabilidad sobre su natalidad y decidieran en qué momento y de qué manera negarían la capacidad de su cuerpo a concebir hijos. El hecho de no menstruar era a ojos de la Iglesia algo que definitivamente no podía ser considerado normal, pues era como si la historia borrara de un golpe la supuesta impureza que condenaba a la mujer desde que Eva probara el llamado “Fruto Prohibido” en tiempos del Paraíso. El único método que la Iglesia aprobaba era el del ritmo, uno de los más arriesgados e inexactos que se hayan inventado en la historia.  

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Ante el escándalo de la Iglesia sobre los efectos de las pastillas anticonceptivas, sus inventores decidieron satisfacer las demandas de esta institución y decidieron que el fenómeno de la menstruación debía continuar por lo menos de manera simbólica. Decidieron incluir en las pastillas para ciclos de 28 días, siete tabletas inactivas que tuvieran un efecto placebo. Durante estos días existe un sangrado que no se considera propiamente menstrual sino una reacción del cuerpo ante la falta de hormonas que evitan el embarazo.

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Esta medida también respondió a la necesidad de algunas mujeres por tener un sagrado mensual que las hiciera sentirse más cómodas y seguras, algo que persiste hasta nuestros días en algunos sectores. Para otras, el hecho de carecer de un periodo exacto y persistente no producía problema alguno. Todo lo contrario, representaba una tranquilidad que les aseguraba menos incomodidades físicas y la oportunidad de gozar de una sexualidad libre de cualquier restricción calendarizada.

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El miedo a una ausencia de menstruación se puede entender por los mitos y realidades que existen sobre el uso prolongado de la píldora, principalmente los casos de cáncer que se han registrado. Aunque en realidad todo ello delata más una carencia de información que una certeza.

Cualquier argumento que un seguidor de la Iglesia pueda ofrecer en contra de éste u otro método anticonceptivo jamás será más fuerte que esto: los seres humanos tenemos la capacidad de elegir lo que queremos por derecho propio en la forma y en los momentos que consideremos más adecuados. Ningún dios ni institución religiosa tienen el poder de imponerse a nuestras decisiones de vida, sobre todo si en el acto de la planificación familiar no se está atentando contra nadie.  

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El hecho de que del cuerpo de una mujer no salga sangre una vez al mes no provoca ningún atentado contra su integridad o un insulto a la vida. Es la máxima capacidad de elección que la ciencia nos ha dado para actuar y vivir con libertad de responsabilidad cada día. Dejarse someter por los débiles consejos de una institución de pobres ideas sería la peor de las condenas.

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