En el siglo XX, los artistas estadounidenses persiguieron frenéticamente el alma de su nación; ya convertidos en torbellinos furiosos que se lanzaban a las salas de baile donde nacía el blues—y con él la semilla dorada que alumbraría el rock años después—, como seres posesos que se revolvían en los vagones del metro y los callejones de ese corazón hinchado de la modernidad en el que se transformaba, poco a poco, la ciudad de Nueva York.
Waterfront, South Street, Manhattan.
Parecen ahora desesperados los múltiples intentos emprendidos por los artistas quienes a la hora de lanzar sus obras como flechas incendiadas esperaban que en su trayecto mortífero éstas dieran en el rostro de mil caras de esa cosa inestable y elusiva que era el “ser norteamericano”.
El Pop Art es uno de los ejemplos más evidentes de estas flechas de fuego norteamericanas, y sin embargo, ya antes de los colores pastel y las sátiras enlatadas, existían fantásticas odas visuales que contemplaban con asombro el surgimiento de la modernidad materializada en gloriosos rascacielos: esas bestias férricas que emergían de la tierra para confrontar a las viejas edificaciones venidas abajo ante las sacudidas estridentes de las arrogantes criaturas de la nueva era.
40th Street between Fifth and Sixth Avenues, Manhattan.
La fotografía, invento misterioso y moderno, se perfilaba entonces como el mejor medio para apresar la agonizante y, a la vez, naciente ciudad; justo a tiempo, Berenice Abbott regresaba de Europa para contemplar con sus ojos hiper-sensibles el potencial de pólvora con el que la capital —fáctica— norteamericana estaba por explotar.
Oak and New Chambers Streets, Manhattan.
Parecía ser que la presencia de Berenice Abbott era capaz de conjurar, con el sonido de sus pasos, al mundo bohemio. Al llegar con veinte años a Nueva York, cuando sus pretensiones del futuro eran inciertas, fue acogida con los brazos abiertos por The Greenwich Avenue y sus habitantes excéntricos, desde el anarquista Hippolyte Have, hasta la satírica escritora Djuna Barnes, quienes fueron los encargados de iniciar a Abbott en ese mundo subterráneo y frenético que se agitaba en la Gran Ciudad.
No fue una sorpresa que una vez en París, Abbott se hubiese rodeado de figuras irremediablemente artísticas, como Man Ray y Eugène Atget, quienes influyeron en ella de manera determinante a tal punto que sólo a través de ellos la joven norteamericana descubrió en la cámara el objeto destinado a capturar, con máximo detalle, el desarrollo del nuevo siglo.
Ferry, West 23rd Street, Manhattan.
El proyecto titánico de fotografiar Nueva York le tomó a Abbott diez años, y cientos, miles de encuadres, capturas y repeticiones. Tal vez por eso es que sus fotografías parecen haber sido tomadas en el momento justo, y a pesar de ser en sí mismas los “objetos melancólicos” de los que habla Susan Sontag en sus ensayos, van a tono con el mundo moderno.
Broadway and Thomas Street, Manhattan.
La fotografía de Abbott logra capturar ese momento en el que el pasado inyecta su sangre en el presente para morir segundos después: el sacrificio que exige el futuro y que confronta en una lucha parricida a los otros dos tiempos.
El fotógrafo se convierte en un cómplice de este asesinato y, al mismo tiempo que ejecuta con un click al presente, lo preserva en una laminilla impresa que pretende ser eterna. La fotografía es entonces una profecía y un recordatorio. La consciencia fresca del tiempo y su impostergable paso; el fotógrafo se convierte en profeta e historiador y, al igual que Abbott, predice y preserva los pasos agigantados con los que la humanidad se dirige a esa inevitable, y tal vez por eso, gloriosa, autodestrucción.
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Fotografías obtenidas del Flickr de New York Public Library
