Ahí nos encontramos ella y yo, en una alucinante intersección donde el alto desierto de Mojave se cruza con el bajo desierto de Colorado. Al horizonte, que parecía ser infinito, caminábamos por horas entre misteriosas formaciones geológicas que con perfecta armonía y equilibrio se amontonaban unas encima de otras. Esas colinas rocosas rodeaban a un bizarro ejército de cactus gigantes, con ramas que parecían clamar al cielo como el propio patriarca Josué. El árbol de Josué, es propenso a caer al suelo y morir debido al gran peso de sus ramas extendidas al cielo, como si sus plegarias fueran negadas por su mismo Dios. Fue ahí, al caer la noche en medio de aquel surreal desierto Californiano, que ella y yo nos dimos cuenta de una realidad absoluta, y esta es que jamás se desvía uno tan lejos como cuando cree conocer el camino.














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Fotografías por Lulu Delalama
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