No es una revelación o un descubrimiento sin precedentes el que los manicomios o los asilos mentales han sido –y son en algunos casos– lugares que reúnen lo peor de la civilización y una deplorable calidad médica. No es una novedad que muchas de estas instituciones recogen lo peor de la humanidad y que representan un capítulo oscuro en la ciencia que hoy presumimos tener; una faz brutal que dio la clínica en el escabroso pasado todavía en nuestra memoria.
Fue hasta finales del Siglo XVIII cuando unos pocos doctores en Europa dieron a luz por primera vez la noción –entonces revolucionaria– de eliminar castigos corporales o tratamientos sádicos a pacientes mentales. De hecho, fue específicamente en 1845 con la Ley de la Luna, que en Inglaterra designó oficialmente a los enfermos mentales como pacientes reales que necesitan tratamientos efectivos y humanos.
Aunque las instalaciones para los enfermos mentales se encontraban ya reguladas tras este planteamiento y consideraciones más amplias se implantaron desde entonces, los siglos XIX y XX trajeron otro tipo de problemas. Fue entonces que la profundidad de diagnósticos, superpoblación de espacios, terapias más radicales como las de electroshock y lobotomía y otros conflictos políticos tanto internos como externos en cada país dieron pie a conflictos de mayor escozor.
Lobotomías realizadas con picos de hielo, pacientes encadenados a losas de concreto, niños con chaquetas rectas atados a radiadores y sucesos peores eran cosa de todos los días. Como si la peor película de terror cobrara vida, las instituciones mentales y el registro visual que se podía obtener allí genera hoy una galería escalofriante de imágenes.
No hace mucho, los hoy conocidos hospitales psiquiátricos estaban destinados a apartar de la sociedad a los locos; allí se hacinaban cientos de enfermos mentales con el fin de que no molestaran demasiado o cayeran en el olvido. En la actualidad ese esquema ha cambiado o, por lo menos, asegura haberlo hecho; sin embargo, estas fotografías documentales son capaces de dar testimonio sobre una práctica dudosa que aún genera sospechas y un tanto de vergüenza por las atrocidades de nuestra sociedad.

Rusia, 1992

Restos de una mujer en el Philadelphia’s Bella Vista Sanatorium

Descanso y habitación en 1946

Fotografía de entre 1890 y 1910 en el Colney Hatch Lunatic Asylum

La soledad de una paciente en el frío 1955

Tratamiento por electroshock en 1956

Enfermeras controlando a paciente durante terapia de electrochock en 1946

Un chico hambriento en Kavaja, Albania, durante 1992

Un niño en tratamiento durante 1979

El Dr. Walter Freedman practicando una lobotomía en julio de 1949

Mujeres en el sanatorio mental de Ohio durante 1946

Niños bajo tratamiento en 1982

West Riding Lunatic Asylum en Wakefield, England durante 1869

Paciente psiquiátrico alrededor de 1876 y 1877 en París

Ohio’s Cleveland State Mental Hospital en 1946
La sociedad reprime y repudia lo diferente, lo que no se acomoda o complace; es decir, olvida a aquellos que son distintos, los que no encajan en el patrón, aquellos que hablan solos, que ven gente donde no hay nadie. Silencia a los que inevitablemente se deprimen, se torturan o se sienten fuera de lugar, a gente que incluso podríamos ser nosotros mismos.
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