“Abatiendo el frío marco cerrado,
donde tu alma durmiente yace oculta.
Por el suelo y sobre los gastados muros,
como fantasmas bailan las sombras”
– Edgar Allan Poe
Este fragmento del poema “La Durmiente” escrito por Edgar Allan Poe es la mejor manera de introducir a la obra de la fotógrafa estadounidense Francesca Woodman, una enigmática artista cuya estética refleja un estado psicológico muy perturbador. A través del performance, la actuación y la auto-exposición, Francesca se presenta a sí misma como el tema recurrente dentro de su obra. Su trabajo tiene una característica muy etérea que no puede ser relacionada con un tiempo y espacio determinados, casi como un momento capturado fuera de la temporalidad a la que el hombre está sometido.

Influenciada por el simbolismo, el surrealismo y la pintura Barroca, Francesca Woodman comenzó a explorar la fotografía cuando tenía sólo 13 años. Una influencia predominante en su obra fue la del artista alemán Max Klinger, cuyo trabajo conoció mientras estudiaba en Roma (1977-78). El uso del simbolismo en la obra de Klinger se convertiría en un lenguaje obligado dentro de su propio discurso creativo.

El estilo de Francesca Woodman siempre fue muy conciso, incluso se puede decir que alcanzaba el nivel de “ritual”, pues cada una de sus fotos revela un escenario creado por su propia interacción con el espacio. Ella llegaba a una locación, siempre abandonada y en evidente estado de decadencia, para ser inspirada por las historias emanadas por las paredes, tomaba objetos que habían sido abandonados en las locaciones y los incorporaba en su obra de una manera muy natural, muchas veces hacía esto desnuda para dejarse vestir por la propia nostalgia del lugar que estaba por capturar.

Decidida a perseguir una carrera como fotógrafa profesional, Woodman se trasladó a Nueva York en 1979. Después de ser rechazada por diferentes publicaciones y galerías, cedió ante una grave depresión que ultimadamente la llevaría a tomar su propia vida. El 19 de enero de 1981, Woodman saltó de un edificio en Manhattan dejando atrás una carta que decía : “Mi vida en este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones en vez de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas…”.

Con sólo 22 años al momento de su muerte, Woodman dejó atrás un impresionante cuerpo de obra que sigue siendo relevante en la actualidad a pesar de su corta duración. En la historia de la fotografía no existe un caso tan alarmante como el de Francesca Woodman, una mujer quien se convertiría en un espectro dentro de su propia obra, la que continúa siendo tan enigmática y potente como el día en que fue realizada.

El espíritu de Francesca Woodman va más allá de su obra, llevando al espectador a rincones oscuros de la psique donde la esencia del momento se encuentra reflejada en nosotros mismos.
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