5 cárceles mexicanas donde la tortura, la locura y el sufrimiento fueron una realidad
Historia

5 cárceles mexicanas donde la tortura, la locura y el sufrimiento fueron una realidad

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Por: Alejandro I. López

18 de abril, 2016

Historia 5 cárceles mexicanas donde la tortura, la locura y el sufrimiento fueron una realidad
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Por: Alejandro I. López

18 de abril, 2016



De Cervantes a Siqueiros pasando por Dalí y hasta llegar a Batman, todos ellos saben lo que es estar en la cárcel: ese sitio rudo donde "se forja el carácter" y sólo unos pocos lo suficientemente brillantes para librarse de ella, como Michael Scofield de Prison Break y Joaquín Guzmán, quienes escapan una y otra vez de formas tan inauditas como admiradas burlándose del sistema penal para volver más fuertes que nunca. Ésa es la concepción que en el imaginario colectivo se tiene de la cárcel, un sitio de redención, de encuentro con uno mismo y donde el sufrimiento es opcional, pues nunca es demasiado para un héroe, un mártir o un sentido artista; mucho menos cuando se tiene compañeras como Piper Chapman y romances con Ruby Rose ... nada más falso.

No hay cosa más deshumanizante que una cárcel. A partir del siglo XVIII se llevó a cabo una transformación en las formas punitivas en Occidente que modificó para siempre la relación castigo-cuerpo. El cuerpo dejó de ser el objeto sobre el que se ejerce el castigo y se instituyó como la vía para cumplir la condena, sustituyendo el suplicio por su institución disciplinaria, a través de la cual se procura la corrección del sujeto consolidado como un peligro y sus actos como una afrenta para la sociedad. Las instituciones punitivas modificaron sus estructuras y dieron forma al sistema penal que hoy conocemos y que supone el control y empleo total del cuerpo.

A lo largo de la historia de México existieron algunas prisiones especialmente crueles, donde el sufrimiento se multiplicó y en cuyos muros retumbaron ecos de dolor, locura y sufrimiento. El sujeto sometido al régimen disciplinario dentro de la prisión no sólo perdía el poder sobre su cuerpo, sino también la voluntad, el deseo de vivir y la cordura. Éstas son las cárceles más cruentas de México, donde ocurrieron los peores horrores y se reprodujo lo más vil del ser humano:



San Juan de Ulúa, Veracruz

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La fortaleza de San Juan de Ulúa fue levantada a mediados del siglo XVI por su inmejorable ubicación geográfica para custodiar el acceso al puerto. La isla está unida al terreno continental por el Puente del último suspiro, un indicador de lo que acontecía ahí dentro. Durante la Colonia, las mazmorras fueron utilizadas para someter a los indios a la religión católica. De forma abovedada, en sus húmedas paredes de coral se hacía difícil  la respiración durante el día y por la noche se filtraba el agua de mar por el suelo. El infierno, el purgatorio o el limbo eran algunos de los nombres que recibían. Las galeras eran otro sitio de tortura, de apenas un metro de alto por uno de ancho, los reclusos eran encerrados en un minúsculo espacio que apenas permitía el sentarse erguido.

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Los baños en las galeras eran pequeños barriles llamados cubas. Al estar en total oscuridad durante días, los prisioneros perdían la noción del tiempo y el espacio, resbalando en ocasiones por la humedad constante y el lodo, derramando orines y excremento en el minúsculo espacio. La gran mayoría de ellos ni siquiera recibían una condena pues morían antes de la consignación debido a infecciones contraídas por la humedad perpetua y las condiciones insalubres. Eran enterrados casi superficialmente en un espacio de tierra conocido como "la Puntilla", donde era común ver a las aves carroñeras y cangrejos desenterrarlos en busca de alimento.


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Palacio de Lecumberri, Ciudad de México

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La primera penitenciaría de México con toda la influencia moderna de la transformación de las formas de castigo, se instituyó a través de un complejo arquitectónico basado en los modelos panópticos de las penitenciarias clásicas del siglo XIX. Las distintas celdas estaban organizadas por orden alfabético según los delitos cometidos, con énfasis en los presos políticos y homosexuales. Los castigos eran recurrentes, especialmente a los nuevos y durante la madrugada, como limpiar en cuclillas el piso y meterse a los registros del drenaje a limpiar con las manos.

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 Entre todos los horrores de Lecumberri, destaca el Apando, una celda metálica de castigo donde enviaban a los presos por mal comportamiento, sitio de aislamiento y oscuridad total, infestado de excrementos e insectos repugnantes, temido por todos los convictos. La negra fama de Lecumberri y la situación infernal que se vivía entre sus muros inspiró distintas representaciones artísticas que plasmaban los tratos infruhumanos y las repugnantes condiciones de vida dentro de la prisión, como El Apando de José Revueltas y la película homónima de Felipe Cazals. 


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Islas Marías, Nayarit

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Un conjunto de cuatro islas a 112 kilómetros de tierra firme con exuberante vegetación y fauna endémica bien podría ser la descripción de un paraíso, pero en este caso es justamente lo opuesto. A partir de 1905, Porfirio Díaz ordenó que la Isla Madre, la más grande del archipiélago, albergara un centro penitenciario federal para albergar a los criminales más peligrosos y especialmente a los presos políticos, aquellos que no estaban conformes con su gobierno y representaban un peligro para el régimen.

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Desde entonces, los colonos de las Islas Marías viven en condiciones miserables. Incomunicados, hambrientos e insolados, se encuentran en una prisión que si bien no cuenta con muros sólidos como el concreto, excepto por un corto periodo de tiempo en que, mediante un decreto, el presidente Lázaro Cárdenas estableció un régimen de semilibertad donde los colonos podían vivir con sus familias y mantenerlas a través del trabajo que desarrollaban. José Revueltas estuvo consignado en este sitio, donde inspiró una novela que cuenta los horrores del lugar: "Muros de agua". A pesar de la campaña del gobierno federal por tratar de presentar a las Islas Marías como una prisión ejemplar, la realidad es que el estado permanente de aislamiento, hacinamiento, miseria y los trabajos forzados, hacen de esta prisión un sitio escabroso aún en la actualidad. 


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Cárcel de Belén, Ciudad de México

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También conocida como la Cárcel Nacional, fue la principal institución carcelaria del país hasta la inauguración de la penitenciaria de Lecumberri. En ella se concentraba una inmensa sobrepoblación que hacía imposible encontrar un pedazo de suelo para dormir, por lo que muchos presos descansaban de pie y cuando caían dormidos sobre otro recluso, solían darse discusiones, que entre el hambre y el encierro, se alargaban hasta el desmayo.

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La vestimenta no era asegurada por la prisión, por lo que la mayoría de presos andaban en harapos y casi desnudos. Los alimentos tampoco estaban asegurados, los más afortunados recibían por la mañana una porción de atole que guardaban en su sombrero con celo de otros presos hambrientos y que debían administrar para el resto del día. La putrefacción del ambiente, entre ratas y desechos humanos, provocaba una multitud de enfermedades, existe documentación que revela que durante toda su existencia la cárcel tuvo una tasa constante del 30% de sus internos enfermos de tuberculosis. Esta cárcel fue utilizada especialmente durante el Porfiriato, cuando su población creció de forma desmedida y se caracterizó por el encierro a periodistas y presos políticos, tal como ocurrió con los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón. 


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Cárcel de la Ciudad

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Estuvo ubicada en la sede del Gobierno del Distrito Federal, a pesar de que se utilizó como una prisión preventiva y de delitos leves, esta cárcel también llamada de la Diputación, era famosa en el México colonial por ser el patio trasero de la cárcel de Belén. Si las condiciones de sobrecupo en la Cárcel Nacional eran dramáticas, las más de 300 personas en un espacio dispuesto para 120 provocaba las peores condiciones de inhumanidad, incluso entre los custodios que a menudo se negaban a trabajar bajo esos términos.

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El olor a podrido, combinado con los excrementos que se saturaban en un barril, provocaba graves enfermedades e infecciones entre los presos. Como la cárcel no contaba con servicio médico, los presos muchas veces enfermaban y sólo hasta que presentaban un estado muy grave eran transferidos al Hospital Juárez, donde regularmente llegaban a morir. Los alimentos que se daban a los presos eran enviados desde la Cárcel de Belén y comúnmente llegaban en mal estado. Era normal la muerte por inanición y los cadáveres podían pasar semanas sin ser recogidos de entre tanta gente, que sólo los apartaba o incluso peleaba con las ratas por ocupar sus restos físicos para descansar sobre ellos. 



La institución carcelaria ha demostrado históricamente su ineficiencia para cumplir con el supuesto cometido de reinsertar en la sociedad a aquellos individuos que presentan anomalías en relación al status quo, convirtiendo la prisión en en un sitio inhumano de encierro y podredumbre, de castración de la voluntad y la personalidad entre cuatro paredes donde es difícil mantener la cordura, donde no hay esperanza y sólo se recrudecen las más terribles inmundicias de la humanidad.


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Referencias: