El campo de concentración mexicano que encerró a inocentes por miedo al nazismo

miércoles, 15 de febrero de 2017 11:30

|A Martinez

 

¿Cuántos ciudadanos han sido enviados a una guerra que no desean pelear?
Existe un enorme catálogo de obras que narran las tragedias de los jóvenes que fueron obligados a pelear en Vietnam. Los daños psicológicos aún existen en los veteranos y todo ese sufrimiento impulsó cientos de himnos musicales que abogaban por la paz. Lo que pocos mencionan es que había otro tipo de hombres en dicho enfrentamiento. Así como existía un constante miedo en un grupo de chicos, otros se aprovechaban del caos y causaban dolor a los guerreros asiáticos en uno de los peores momentos de la humanidad.

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Se podría pensar que en México no existe un pasado similar, que nuestro contexto cultural está alejado del dolor bélico de las guerras estadounidenses, pero es un error común. Sí. Algunos conocen la historia del Escuadrón 201, equipo de valientes de la fuerza aérea que se unió a los militares estadounidenses para liberar una isla en Filipinas. Ellos sólo fueron la cara limpia de la moneda, pues existe otro grupo de hombres que también fungieron como soldados contra los nazis, la diferencia es que ellos mismos se convirtieron en parte de horror y la injusticia que el mundo buscaba erradicar.

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Como en la mayoría de los enfrentamientos contemporáneos, todo comenzó cuando Estados Unidos presionó a México en participar en la guerra contra los nazis. Era 1942 y Adolf Hitler ganaba terreno, poder y aliados. Italia y Japón eran sus aliados y los miedos de los norteamericanos se hacían cada vez más grandes, especialmente después del ataque a Pearl Harbor. El presidente Roosevelt decidió que crearía sus propios campos de concentración para albergar a cualquier ciudadano japonés, por miedo a que alguno de ellos fuera un espía. Esa paranoia ha perseguido a la nación durante gran parte de su historia reciente y es lo que los motivó a causarle miedo a los mexicanos para que ayudaran a frenar la amenaza europea y la asiática.

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La historia dice que Roosevelt contactó a Manuel Ávila Camacho –presidente de México en ese periodo– y le afirmó que debía cancelar sus importaciones y exportaciones, pues podían ser de ayuda para los nazis. Asimismo, le dijo que fuera más partícipe y que evitara a toda costa que los espías pudiesen tomar información.

La absurda respuesta del gobierno mexicano fue similar a la del norteamericano y resultó en la creación de un campo de concentración en donde fueron encerrados japoneses, italianos y alemanes o cualquier descendiente de esas nacionalidades. La indicación era arrestar a cualquiera que pudiera ser espía, pero de acuerdo con la información actual no existen registros de que haya estado un sólo infiltrado en dichas zonas. El sitio se hallaba en Perote, Veracruz, una localidad rural de poco tránsito.

Se podría decir que al menos en México no hubo violaciones a los derechos humanos, pero eso sería falso. Uno de los principales es la libertad y los militares que arrestaron a los extranjeros rompieron esa ley al dejarlos encerrados. Aún si tuvieran baños, aulas y salas comunes, estaban separados del mundo exterior con la absoluta incertidumbre de lo que sucedía en la guerra. Se especula que gran parte de los arrestados habían migrado al país que entonces gobernaba Ávila Camacho para huir de los cambios y persecuciones en su lugar de origen, así que al verse aprisionados, descubrieron que no había escape del horror de los nazis o los aliados.

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Pero el hecho de que no existieran espías dentro de los campos de concentración, no elimina la posibilidad de que algunos se hayan infiltrado en el gobierno mexicano. Se dice que el interés de Hitler por México comenzó desde mucho antes que su lucha iniciara; le llamó la atención el petróleo de la nación y cómo después de la expropiación a cargo Lázaro Cárdenas abriría las puertas comerciales, proveyéndolos de los combustibles que necesitaran para su futura pelea fascista. Cuando México detuvo sus negocios con Alemania, el país nazi decidió atacar diferentes barcos e insertar infiltrados en las líneas cercanas a Estados Unidos. Se afirma que los espías informaron a los alemanes sobre las relaciones entre los norteamericanos, lo que eventualmente resultó en el fin de la participación de los mexicanos en la Segunda Guerra Mundial.

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El campo de concentración cerró y liberó a los prisioneros el año en que el enfrentamiento finalizó. Fue 1945 y todos los registros quedaron ocultos bajo el manto del gobierno federal. Existen rumores de que las víctimas huyeron de México hacia países de Sudamérica o volvieron a sus lugares natales, pues perdieron la confianza en la protección que alguna vez les pudo aportar el presidente Ávila Camacho.

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Así como hay hombres que van a la guerra sin desearlo, existen millones de víctimas inocentes cuya vida es atravesada por un suceso ajeno a sus decisiones. Las consecuencias de las prisiones cómodas de los presidentes norteamericanos –aunque no son tan comparables con los horrores del holocausto– las vemos aún en el racismo y en la xenofobia que predica Trump ahora más de 70 años después. Ambas patrias se disculparon por sus acciones, justificando que fue resultado de la histeria colectiva y el miedo, pero fallaron en evitar que sucediera de nuevo. Es la tragedia de la historia. Se repite una y otra vez y no hacemos mucho por evitarlo.


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Referencias:

UNAM
 BBC
 La Jornada.

 *Las imágenes retratan a modo de ilustración los campos de concentración en Estados Unidos, ya que no existen documentos fotográficos del mexicano.

REFERENCIAS:
A Martinez

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