
Cerca de dos millones de personas se reúnen año con año en Iztapalapa para presenciar la escenificación de distintos pasajes bíblicos previos a la aprehensión y crucifixión de Cristo, hechos que dan sentido al credo más profesado en todo el mundo. El evento lo tiene todo, excepto improvisación. En su edición 176 (la primera representación se remonta a 1843), miles de iztapalapenses de los ocho barrios originarios se preparan para otra representación masiva de la Pasión y muerte de Cristo.
Al margen de los cuatro millones y medio de pesos que desembolsa la alcaldía para la representación, la gestión del comité organizador y los esfuerzos de todos los vecinos que participan y pasan tardes enteras de ensayos desde tres meses y medio antes de Semana Santa, las escenas de expiación, dolor y redención en Iztapalapa escapan de cualquier presupuesto gubernamental. Los rostros y actos que aparecen en televisión son apenas una muestra ínfima del fervor popular que rodea a la Pasión de Cristo en Iztapalapa.











Además del actor que personifica a Jesús, cientos de personas recorren el camino vallado hacia el Cerro de la Estrella cargando su propia cruz con distintos motivos, algunos muy personales: enfermos, exconvictos que enfrentaron un proceso penal, desamparados y todos aquellos que ofrecen el vía crucis como una manda para solicitar ayuda divina avanzan detrás de la procesión oficial.
Los puestos de hidratación instalados año con año por el gobierno no son suficientes. Con el sol a plomo, algunos familiares siguen de cerca a sus seres queridos que han decidido echarse una cruz al hombro para apoyarlos, mientras que algunos más requieren atención médica debido al esfuerzo.
A pesar de la dureza de la representación, miles de niños acuden vestidos acorde a la ocasión y según sus gustos personales. La parafernalia no termina en los caballos, los atuendos de romanos, las túnicas o las coronas de espinos del huizache: los vendedores de sellos, coronas de flores, pulseras y playeras para recordar el evento también están presentes durante el recorrido.









Chad Santos ha acudido a la Pasión de Iztapalapa los últimos tres años a tomar fotografías y asegura que ninguna representación es similar a la anterior. Su inquietud por conocer esta tradición desde su interior nació del ojo y la inspiración del trabajo de Marco Antonio Cruz, maestro del fotoperiodismo en México, cuando conoció la Secuencia de tomas fotográficas de los pies de Tomás Alvarado Cedillo representando el papel de Judas Iscariote en la escena de su ahorcamiento, de 1986.
A diferencia de otras fiestas populares, la representación de Iztapalapa es poco visitada por turistas o extranjeros, pues la alcaldía es considerada uno de los focos rojos de la Ciudad de México; sin embargo, Santos considera que esto suma a que el ambiente aún sea tranquilo, de solemnidad y respeto.
