¿Con cuántas cirugías estéticas e inyecciones botox se pierde la identidad? Es una pregunta que salta a la palestra y debería ser contestada por la eminente cantidad de jóvenes mujeres que recurren cada día al cirujano plástico y a centros estéticos para someterse a algún procedimiento, que puede ser desde el aumento de labios y glúteos, lifting de cejas, relleno de pómulos y hasta técnicas más invasivas como la liposucción, rinoplastia y mamoplastia, entre otros. En todo caso, es importante señalar que está cada vez más claro que las cirugías pueden ser extrañas y poner en riesgo tu salud o tu propia vida.

Las cirugías reconstructivas no son un tema nuevo para la sociedad. Las primeras prácticas datan cerca de 1.900 años a.C., con los babilonios, quienes, según evidencia encontrada, ejecutaron cirugías en los ojos, como extracción de cataratas. Pero es en el siglo XX, durante la Primera Guerra Mundial, llegó a su punto crucial de desarrollo, con técnicas para reconstruir deformaciones, mutilaciones y rostros desfigurados.



Durante la Segunda Guerra Mundial se incrementó el uso de la cirugía plástica, lo que dio paso a la cirugía estética, la cual tiene como objetivo corregir asimetrías e imperfecciones del cuerpo con el fin de crear una similitud con los cánones de belleza establecidos en la sociedad y por las hegemonías mediáticas y comerciales. Esta faceta de la medicina reconstructiva estética se relaciona más con aspectos de la modernidad y del absurdo contemporáneo.

Rodrigo Alves, el Ken humano, se ha sometido a más de 50 intervenciones
El punto es el siguiente: cuando estas cirugías dejan de ser una alternativa para modificar una condición o resolver una patología y pasan a formar parte de una obsesión, se convierten, simple y llanamente, en una adicción, la cual no sólo puede poner en riesgo la integridad física de la persona, sino que suele ser indicativo de un trastorno dismórfico corporal. Esta condición consiste en el rechazo o la preocupación continua por algún defecto real o imaginario en la mente del individuo, quien, salvo su percepción estética, no necesita ninguna operación para solventar algún problema real de salud.

La exmodelo coreana Hang Mioku se inyectó aceite de cocina en el rostro
Actualmente la mass media está plagada de imágenes de mujeres en sus tempranos 20. Fotos que invaden las redes sociales, revistas, vallas y programas de televisión con rasgos corporales que componen una especie de canon, como si se tratara de seguir un patrón, mujeres cortadas con la misma tijera, hechas a la medida y saturadas de botox de pies a cabeza. Esto hace dudar a cualquiera si sólo se trata de una ilusión óptica o es la moda que está imponiéndose de manera acelerada entre las nuevas generaciones. Cada vez es más común que niñas de 16 años de edad rueguen a sus padres por labios al estilo de la socialité Kylie Jenner y un trasero como la cantante Nicki Minaj como regalo de cumpleaños. Basta un vistazo a programas como Geordie Shore, reality show de la televisión inglesa, para apreciar que estos conceptos surgen de personajes como Chloe Cherry, Charlotte Crosby y Marnie Simpson, protagonistas del show, quienes lucen como trillizas idénticas por todos los fillers, el botox y sus extensos pasos por el quirófano. La ironía habla por sí sola: al cambiar su cuerpo y hacerlo a imagen y semejanza de unos ideales, se deshumanizan o pierden su identidad, pues la reemplazan por su nueva forma artificial.

De igual forma, queda mucho por resolver, tanto cultural como legalmente, sobre el tema. Es común encontrar casos, en todas partes del mundo, de personas que acudieron a un centro estético con ofertas en precios pero con desventajas en salubridad, higiene y profesionalismo. Son famosos los casos de malas praxis y de grotescos resultados, con pacientes que recibieron inyecciones de aceite para motor en vez de botox en sus glúteos o mejillas.
Al igual que estas reality stars, existe un sinfín de chicas hambrientas de reconocimiento y con unas ansias interminables de obtener la aceptación de la sociedad, como si se tratara de un público. No es para nada criticable que alguien quiera elevar su autoestima al corregir algún defecto, pero no es descabellado afirmar que algunas personas venden su alma al bisturí a cambio de cinco minutos de fama frente al lente inclemente de sus celulares.

Entonces sería válido cuestionar si en la juventud de hoy, por innumerables factores, se está perdiendo o desdibujando la identidad personal ligada a la imagen, al aspecto y al cuerpo, que incluye los rasgos primordiales del individuo, así como su gestualidad y expresión facial. Puede que la humanidad se esté acercando a un futuro que dejará atrás, en el olvido, la virtud de ser único e irrepetible, genuino y original, con defectos o sin ellos.
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La obsesión por las cirugías, evidentemente, no es nada nuevo. La diva eterna de Hollywood, la rubia estelar de los años 60, Marilyn Monroe, pasó por las manos de cirujanos en más de una ocasión.
