La historia del perro que se convirtió en santo y la Iglesia prohibió
Historia

La historia del perro que se convirtió en santo y la Iglesia prohibió

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Por: Diego Cera

8 de agosto, 2017

Historia La historia del perro que se convirtió en santo y la Iglesia prohibió
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8 de agosto, 2017


Nos aman, nos cuidan, nos llenan de alegría y nos hacen sonreír en momentos en los que nade más podría hacerlo. Incluso para quienes no pueden convivir con uno, los perros son los mejores compañeros que el ser humano pudo conocer. Antes de que la humanidad se volviera sedentaria, detrás de ellos andaban pequeños grupo de caninos quienes, a cambio de comida, ayudaban a los primeros hombres en actividades tan importantes como la caza y el rastreo.


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Es lógico todo el amor que la gente siente hacia sus perros y hacia todos los animales con los que comparte una larga temporada de sus vidas, tanto así que en algunas religiones hay fiestas que están especialmente dedicadas a exaltar el papel de estas criaturas en la vida diaria de las personas. En Nepal, por ejemplo, el festival Kukur Tihar está especialmente dedicado a los perros, que como mensajeros de la muerte y ayudantes del dios Yamaraj deben ser honrados por quienes pretenden alcanzar un lugar en la vida eterna. Por otro lado, en la cultura judeocristiana, no sólo los perros, sino los animales en general, tienen un día especial para que ellos, al igual que cualquier humano, reciban la bendición de Dios.


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El día de San Francisco de Asís, patrono de los animales y el medio ambiente, es la fecha elegida para que cientos de mascotas y animales de granja sean bendecidos en los atrios de las iglesias de algunos poblados; asimismo, según los fieles de San Lázaro —o Babalú para la santería—, aseguran que fueron un par de perros quienes los auxiliaron curando, por medio de lamidas, sus heridas provocadas por la lepra, por eso mismo se considera que además de ser un santo capaz de curar enfermedades fuertes, también es el patrono de los perros callejeros.


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— ¿Pero si son tan buenos entonces por qué ellos mismos no son santos?


— No tan rápido…


A muchas personas les parecerá curioso saber que durante el siglo XIII, un perro lebrel pudo alcanzar la calidad de santo gracias a una valiente hazaña. La historia de San Guinefort fue escrita y resguardada por Esteban de Borbón, un inquisidor dominico, quien presenció cómo los campesinos de la zona de Villard-les-Dombes, Francia, acudían al lugar de sepultura del can para pedirle milagros.


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Según el autor, el perro murió a manos de su amo quien, después de ir de cacería, encontró a su mascota con el hocico ensangrentado, lo cual lo alarmó al instante pues había puesto al cuidado del perro a su pequeño hijo de apenas unos meses de nacido. Furioso al pensar que su fiel amigo había sido capaz de matar al niño, tomó su espada y mató a Guinefort en venganza. Después de unos minutos el llanto del niño pudo escucharse en su habitación, sin embargo, éste no estaba sobre su cama sino debajo de ella y junto a él yacía el cadáver de una serpiente a la que el canino había asesinado a mordidas previniendo que envenenase al niño.


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Ahí donde el perro fue enterrado, su amo levantó una especie de santuario para que el animal fuese venerado como héroe y mártir. Quienes acudieron al sepulcro tras conocer la historia, según la narración de Borbón, también recurrieron a prácticas que inevitablemente debilitaron el culto a este can. Los individuos que confiaban en los poderes milagrosos del canino llevaban a sus hijos para presentarlos ante el nuevo santo, así, frente a un fuego encendido en honor de este peculiar mártir, muchos infantes murieron o sufrieron graves heridas. Ese fue apenas uno de los pretextos de la Iglesia para prohibir el culto hacia lo que los religiosos consideraban un ídolo mas nunca un santo, pues ni los perros ni cualquier otro animal son capaces de alcanzar la divinidad al no tener una alma inmortal que pueda subir al cielo.


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Poco importó esta falta de interés por parte del Clero por canonizar al “San Guinefort”, pues aún hoy es posible ver en algunas partes de Francia lugares donde no sólo se conoce la historia del perro, sino que incluso sigue recogiendo fieles quienes repiten a manera de alabanza «San Guinefort, protégenos de los idiotas y las serpientes malvadas».


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Historias como esta nos ayudan a comprender que muchas veces algunos animales merecen más alabanzas de las que cualquier humano podría ganarse, pues sólo ellos actúan de esta manera con la única intensión de proteger a quienes consideran parte importante de su manada; tan es así que probablemente no necesiten de un alma para subir al cielo, pues su eterna devoción corresponde a una conducta que va más allá de la divinidad tal y como la concebimos en estos días. 


Referencias: