La diosa prehispánica que defendió a las prostitutas y abogó por el placer sexual

Martes, 11 de abril de 2017 12:20

|Olympia Villagrán


En el Centro Histórico de la CDMX se encuentra el único albergue del mundo para sexoservidoras de la tercera edad; mismo que da asilo a poco más de 20 mujeres en esta etapa de la vida. Todas ellas se dedicaron, durante años, a la prostitución en barrios como la Merced, Tepito, Loreto, la Soledad y Granaditas. Algunas de las mujeres que hoy tienen un techo bajo el cual duermen cálidas, se alimentan, asean y realizan algunas actividades, fueron encontradas durmiendo en las bancas o los adoquines del Zócalo. Después de años de ejercer como trabajadoras sexuales, nadie accedió a ayudarlas y mucho menos a darles un trabajo; sólo este refugio fue el que las salvó de convertirse en indigentes.

 El nombre de este asilo para prostitutas es "Casa Xochiquetzal"; ella es –en la mitología mexica– la diosa de la belleza, las flores, el amor y los placeres. Pero también es la patrona de las prostitutas, la que propicia relaciones ilícitas, deidad de la transgresión y el pecado. Por ello, este albergue no podía llevar otro nombre que no fuera el de la defensora de las auianime (prostitutas). Esta diosa prehispánica no sólo es la representante de todas aquellas que deciden sobre su propio placer, sino un personaje milenario que influyó y definió parte de la concepción que en México se tiene hoy sobre la sexualidad y la forma en la que las mujeres la viven.

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La hermosa diosa no siempre fue aquella a quien las transgresiones sexuales le parecían causas por defender o castigar; Xochiquetzal era una deidad de hermosura incomparable a quien el joven Sol amaba y buscaba en todo momento. Así fue como su imagen se comenzó a representar desnuda, casi perfecta, pero siempre pecadora. Ese carácter lascivo atribuido a Xochiquetzal convirtió muchas conmemoraciones nahuas en festividades que la consagraban. Por ejemplo, el quecholli era una celebración tlaxcalteca en la que se convocaba a un número de jóvenes para prostituirlas y después insultarlas, en honor a la también diosa de la maternidad. 

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Otra de las fiestas que se acostumbraban en su nombre era en la que pintoras y bordadoras limpiaban sus pecados a través de un baño comunitario. Después de esta limpieza ellas tragaban ranas y culebras vivas para recuperar su fuerza fecundante y vivificadora. Por último, la penitencia que pagaban aquellas que habían comiendo algún delito sexual, era la de pasarse por la lengua tantos palitos o tallos como pecados hubieran cometido. El autor de "Pecar como Dios manda", Eugenio Aguirre, analiza en su obra si de esa acción deriva la tan famosa expresión "¡Vamos a echarnos un palito!". 

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A partir de esa concepción libidinosa construida alrededor de Xochiquetzal, la diosa es contemplada como la apoderada de las diversiones, la danza, el juego y las artes. Su exuberancia la convirtió en un personaje prehispánico tan envidiado como codiciado; por esa razón, la portadora de belleza y placer fue la primera –en la cosmovisión náhuatl– en ser violada por otro todopoderoso. Tezcatlipoca –dios Negro, señor del cielo y la tierra, amparo del hombre y origen del poder– fue quien raptó y quebrantó el cuerpo de la diosa de la belleza. 

"¡Ahora comprendo por qué cuando atacas a los hombres en compañía de las cihuateteo, al amparo de la noche, estos te gritan puto! Y por qué los naguas llaman al acto sexual tlazolli, que significa erotismo, tierra y destrucción, pero también usado, desgastado, podrido, corrupto, desecho, basura, suciedad"


Así blasfemó Xochiquetzal cuando Tezcatlicopa decidió raptarla para conducirla a la región fría y oscura del norte, ubicada en el noveno cielo, para ahí violarla. Ella era la esposa y amante del dios de la lluvia, Tláloc, pero ni al desgarrarse la garganta para pedir su auxilio pudo salvarse de ser penetrada por Tezcatlipoca. 

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Después de la transgresión, el Dios negro permitió que Xochiquetzal se recuperara del ataque y cuando ella mejoró se dispuso a seducirla para iniciarla en las artes perversas del amor carnal. Enfurecida y ardida, la diosa del amor decidió convertiste en la deidad de las relaciones sexuales y sus múltiples desviaciones.

La experiencia sexual de las deidades supremas del mundo náhuatl fue la que permeó la sociedad mexicana. Aún después de la conquista, la comprensión de la sexualidad divina –misma que protagonizaron múltiples dioses como Xochiquetzal y Tezcatlipoca– fue la que definió esa dualidad que caracteriza al ser humano. Todos celebramos nuestra sexualidad y la castigamos, buscamos el placer y lo juzgamos, amamos el sexo y deseamos el amor. Es justo esta doble condición la que ha llevado a hombres y mujeres a convertir sus vínculos amorosos en un turbulento regodeo sexual.

Al igual que la diosa del placer tuvo que enfrentarse a múltiples acusaciones por tratarse de una figura que gozaba de su sexualidad, ya sea como una labor o por puro placer, la prostitución continúa siendo un tabú al que muchos le cierran las puertas. Antes, durante y después de la conquista, el acto sexual se trataba de un pecado que se debía celebrar y castigar de manera injusta, tal y como hoy se juzga a las mujeres que intentan disfrutar de y con su cuerpo.

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Referencia:

Aguirre Eugenio, "Pecar como Dios Manda" (2010)


REFERENCIAS:
Olympia Villagrán

Olympia Villagrán


Editora de Estilo de Vida y Diseño
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