“Soy bailarín del Kinky, pero soy machín y no soy puto”, es lo que responde El Vampiro cuando se le pregunta si todos los bailarines del antro son gays. Ubicado en la Calle de Amberes en la Colonia Juárez, Kinky es uno de los bares más populares en la emblemática zona de la Ciudad de México: la Zona Rosa, el centro de esparcimiento y vida nocturna que ha sido adoptado por la comunidad LGBT de la capital. El Vampiro comenta que algunos de sus compañeros de trabajo son homosexuales y otros no. Al ser la Zona Rosa, resulta extraño que utilice la palabra “puto” con tanta soltura para referirse a los clientes que frecuentan este barrio que se ha convertido en un símbolo de la libertad, la expresión y la diversidad sexual. Tal vez esto tenga que ver con que Kinky es considerado el antro “fresa” de la zona.

“Colonia Americana”, “Zona Blanca” o “Zona Rosa” son algunos de los nombres con los que se ha designado este espacio histórico. La actual Zona Rosa no siempre fue como hoy la conocemos, a principios del siglo XX ésta era una colonia en donde la sociedad aristócrata habitaba majestuosas viviendas estilo porfiriano. A partir de la década de 1930 y hasta 1980 diferentes comercios y restaurantes comenzaron a establecerse en la zona. Esto permitió que de pronto no fuera sólamente un espacio comercial, sino que se instalaran nuevos sitios artísticos como galerías de arte, cafés y puntos de reunión para los intelectuales de la década de los 60. Algunos afirman que el nombre nace a raíz de una entrevista realizada al pintor José Luis Cuevas; cuando le preguntaron sobre la obra pictórica que se exponía en una galería de la Colonia Juárez, Cuevas respondió: “son temas de una zona roja en una zona rosa”.

A las ocho de la noche de un sábado todos los antros de la calle Amberes se encuentran abarrotados. Jóvenes se enciman unos contra otros para poder acceder al Kinky. Parejas del mismo sexo se sienten con absoluta libertad de mostrar su cariño públicamente. Pero este aparente espacio libre e inclusivo se ve perturbado por otro tipo de discriminación: el clasismo. De acuerdo a la investigación que actualmente realiza el antropólogo José Ignacio Lanzagorta, detrás del hecho de que exista un filtro para acceder a estos lugares —que muchas veces consiste en un cobro a la entrada, y otras se trata de la decisión arbitraria del cadenero que determina quién entra y quién no— se oculta un problema de clases. El espacio que antes era una manifestación de solidaridad entre la comunidad gay ahora concede un acceso exclusivo (y por ende excluyente) a quienes puedan costearlo.

En el primer nivel del Kinky, gays, lesbianas y heterosexuales bailan al ritmo de éxitos de Madonna. La gente no para de beber. A pesar de que el lugar ha ganado cierto estatus, los precios aún parecen accesibles: la cerveza cuesta 35 pesos y los cocteles de stringer alrededor de 200 pesos. Sofía es una mujer transexual que trabaja como mesera en el Kinky. Al poco tiempo se acerca a Sofía un hombre que le da un beso en la mejilla, se trata de Daniel, su novio, a quien conoció por la aplicación Tinder. “Este fue el primer lugar en el que nos vimos”, dice Sofía entre risas.
Al llegar a la terraza del lugar el escenario es completamente distinto. La música y el ambiente se transforman para hacernos saber que esta es la “zona nice” del Kinky. Sofía cuenta que como le fascina esta zona, ella está ahí desde los jueves, conoce “a toda la banda”. “Aquí es el único lugar donde me puedo despelucar y me siento libre”. Sofía viene desde Ecatepec; sin embargo, confiesa que no le molesta hacer hora y media de viaje.

Son las dos de la mañana y aún hay casa llena. De pronto, las luces se apagan y se vuelven a encender en un flashazo. Un joven aparece sobre el escenario central. El hombre de alrededor de 20 años se mueve al ritmo de la música mientras el público chifla y le grita piropos como “papacito”. Pareciera como si la noche recién comenzara.
La Zona Rosa es evidencia de que los barrios están vivos. Si les ponemos atención, nos cuentan historias de lo que fuimos y lo que somos. La cultura se materializa ahí mismo, en los espacios de los que nos apropiamos. Las calles se transforman, crecen, ven los pasos de gente distinta; gente que se siente abrigada por el pavimento, las luces, el ruido y la sensación de que en ningún otro lado serán tan libres.

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El camino hacia el respeto y la igualdad de derechos no ha sido sencillo para los homosexuales en México. La Zona Rosa representa la apropiación de un espacio, pero éste no es suficiente. La ciudad debe estar hecha para que cada ciudadano pueda transitarla con absoluta libertad y seguridad.
Si quieres saber más sobre la Zona Rosa, te invitamos a leer este artículo sobre la gentrificación de la Colonia Juárez y las personas que luchan contra ella.
