En medio de la polémica debido a su lenta remodelación, que para muchos resultará insuficiente para recibir por tercera vez en su historia una Copa del Mundo este 2026, es un buen momento para recordar porque el Estadio Azteca es irremplazable.
Oficialmente le podrán cambiar de nombre, de hecho supuestamente ya se llamaba “Guillermo Cañedo” y aunque hoy se plantea el nombre temporal “Estadio Ciudad de México” durante el torneo mundialista, para luego pasar a “Estadio Banorte”, la verdad en nuestros corazones seguirá siendo “el Azteca”.
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Su construcción inició en el año de 1962, en esos entonces la economía mexicana crecía un 4.6% anual, para que se den una idea actualmente crecemos apenas 0.8% anual, y el mejor símbolo de esa bonanza fue construir un coloso de concreto sobre el legendario pedregal, un espacio moderno con una estructura poco antes vista, funcional y al mismo tiempo hermosa.
Los encargados de su espectacular diseño fueron los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares Alcérreca; esta dupla también es responsable del icónico Museo Nacional de Antropología e Historia en Chapultepec, que junto a otros edificios monumentales como el Palacio de los Deportes, la Alberca Olímpica, la primera Línea del Metro CDMX y el Estadio Olímpico Universitario, dieron identidad y proyección al pujante pueblo de México de los sesentas.
La gente que vino a México primero a los Olímpicos del 68 y luego al Mundial FIFA 1970, quedaron enamorados de nuestra cultura, hospitalidad, creatividad, ingenio y el legado de grandeza que hasta el día de hoy nos precede.
Inaugurado el 29 de mayo del año de 1966, el Azteca se convirtió desde el día uno en nuestro hogar; ahí hemos recibido a visitantes de todo el mundo, los hemos impresionado, dejado sin aliento. El primer partido disputado fue entre el América (obviamente) y el Torino de Italia.

Los arquitectos tomaron los mismos referentes que el pueblo azteca: los misteriosos teotihuacanos, una de las civilizaciones más influyentes de Mesoamérica. Se intentó emular la monumentalidad de las pirámides y las calzadas en Teotihuacán, por eso en lugar de una estructura completamente de rejilla cuadrada, se optó por esos característicos pilares estilizados, delgados hasta niveles imposibles, que sostienen como rayos de sol envolvente, tanto las gradas y rampas de acceso, como la techumbre.
El Sol juega un papel fundamental para este escenario deportivo; como en la antigüedad, el pueblo de México se sigue acogiendo a la divinidad solar, quien da y quita vida, domina los ciclos productivos de la Tierra y rige el día a día de las personas. También es al sol a quien ofrecemos nuestras luchas personales, batallas, guerras y sacrificios.

Por eso el disco solar es el emblema del Coloso de Santa Úrsula, así quedó definido por el escultor estadounidense Alexander Calder, quien instaló en la plaza de acceso principal su pieza “El Sol Rojo”, como parte de la Ruta de la Amistad de las Olimpiadas del 68.
La monumental obra “El Sol Rojo”, afuera del Estadio Azteca, es obra del escultor Alexander Calder, para los #Olímpicos68.
25.8m de alto. pic.twitter.com/5ZPbhW2GJZ— ESTADIOSdeMÉXICO (@MXESTADIOS) August 9, 2017
Al interior del estadio, los rayos solares siguen reinando, son los que dictan el ritmo del juego, son también los que calientan o enfrían los ánimos del público asistente y por supuesto son los que dan el brillo a la copa dorada que alguna vez alzó Pelé en el 70, Maradona en el 86 y que hoy darán el resplandor a la ceremonia inaugural del Mundial 2026.
Estos hermosos rayos solares han cobijado al pueblo de México en cientos de momentos épicos, reuniendo en torno al espectáculo deportivo, musical o espiritual a miles de personas. Además de los mundiales de fútbol, partidos especiales de la NFL y clásicos América-Chivas, el Azteca ha fungido como escenario para grandes estrellas como el rey del pop Michael Jackson en 1993, en 5 presentaciones consecutivas que registraron más de medio millón de asistentes.
Pero también recibió al Papa Juan Pablo II, quien reunió a miles de almas el 25 de enero de 1999.

Las mexicanas y los mexicanos amamos nuestro Azteca; aunque la verdad por la emoción de recibir un mundial ya en el “nuevo milenio”, quisimos destruir nuestra herencia para construir encima una nueva arena… jamás hubiéramos logrado acercarnos al legado arquitectónico y a la carga cultural y energética con la que cuenta el ya definitivamente histórico Estadio Azteca.
Se le han hecho adecuaciones necesarias, requisitos fijados por los estándares internacionales, pero debemos sentirnos orgullosos de que el perfil azteca de nuestro estadio sigue intacto, altivo, firme sobre nuestra tierra, lo que definitivamente lo hace irremplazable.

