Conocí a Chéjov cuando leí el decálogo del perfecto cuentista de Quiroga: “Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chéjov— como en Dios mismo”; luego lo leí, y sin pensarlo mucho supe que Chéjov no estaba dentro del mismo invierno asesino de Dostoievski, la rudeza pasional de Tolstoi, las vivas y potentes ideas de Pushkin, la mente pionera de Gógol… ni siquiera estaba a la par de su amigo Gorki, así que entendí que Chéjov era otro tipo de “escritor ruso”.
A partir de ese descubrimiento indagué de manera progresiva en quién era este personaje de la literatura; la académica opinaba poco y otros sólo hablaba de él haciendo énfasis en que era un “buen” escritor y médico ruso. Por otro lado, se comparaba toda su obra, como si fuese una masa homogénea, con Guerra y Paz o Los Hermanos Karamazov con la intención de dejarlo en una jerarquía menor porque, borgianamente, nunca escribió una novela; aunque posee al menos cinco textos fronterizos entre cuentos largos y novelas cortas, y es probable que la medicina lo alejara un poco de la literatura.

La crítica contra Chéjov comenzó porque sus textos pecan de ramplones, simples, enfocados en lo baladí, efímeros en extensión y pasajeros en retención; incluso se dice que la mayoría de lo que escribió es anticlimático, abrupto. Además, existe el desprestigio de sus textos por una carencia estética tradicional, como si su ruptura fuese una orfandad horripilante. Y es que leer a Chéjov sin “leerlo” se traduce a sentirse engañado por la aparente claridad, sencillez y accesibilidad con la que sus cuentos se presentan, pero Chéjov es un escritor para lectores experimentados, pues la importancia y la atención se centra en las acciones que se asumen, en lo que no se dice, en desconfiar de los diálogos entre personajes y únicamente creer en lo que se intuye, en lo que a medias se entiende. Por ejemplo, algunos de sus cuentos tratan el tema del adulterio sin que se mencione la palabra “amante”, “beso”, “caricia” o se describa la escena; sólo un “acudieron a la reunión acordada”, “girando la perilla de la puerta lo supo” e inmediatamente, en la siguiente línea o párrafo, está la ruptura, la indecisión, una incertidumbre que carcome para llegar al punto final.
En Chéjov tampoco hay posturas religiosas, políticas, sociales ni morales que conduzcan el texto hacia un precipicio de ideas. Lo que sí hay son mofas a la pedantería de todas las clases, al esnobismo, al intelectualismo de universidad, pero eso sólo se queda en la burla; difícil decir que son críticas sociales ni mucho menos posturas tan profundas que orillen a la reflexión.

Es notorio que en la literatura encontró algo que hasta ese momento le era poco conocido: la libertad. Sensación dispersa, inhallable en una familia conservadora y muy religiosa de la Rusia zarista. Con cierta lentitud le llegó la fama local, lo curioso es que se debió más a sus obras de teatro y puestas en escena (envueltas en la polémica) que a los múltiples cuentos que publicaba con distintos seudónimos; además, se cree que faltan aún publicaciones por reunir.
Pasaron dos décadas después de su muerte y, con la llegada de traductores, su nombre se conoció fuera de Rusia. Se identifican tres facetas en su vida como escritor: la primera está llena de breves relatos de humor que sin querer gustaban; en la segunda se nota su madurez ya como cuentista experto en las formas y maneras de escribir; en la última faceta sus textos se caracterizan por ser más extensos, con sensaciones más serias y también nostálgicas, casi arañando la tristeza. Aunque de acuerdo con las notas y cartas que escribió, se entiende que siempre fue un hombre de humor jovial, incluso en sus últimos años seguía haciendo comentarios graciosos de lo que veía: “En los hoteles rusos huelen mal los manteles limpios”.

Un aspecto que sorprende es su postura acerca del arte y la literatura, en su cuaderno de notas suele dejar una ambigüedad perpetua respecto a esto, como la sentencia que sostiene y deja clara su opinión:
“La medicina es mi esposa legal; la literatura sólo mi amante.
A las nuevas formas de literatura la suceden siempre nuevas formas de vida; por eso resultan detestables a un espíritu conservador”.
Las portadas y contraportadas siempre le rinden el mismo tributo de “El maestro de los relatos cortos… dramaturgo ruso”. Imagino todos los premios literarios en una gran vitrina como portentosos trofeos y a un lado, un poco apartado de la vista general y entre otros premiados, está un pequeño galardón, uno escondido que reza: “El maestro de los relatos, Antón Pávlovich Chéjov”.

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