
Aún no la he besado,
pero usted me ha dejado un sabor en los labios
parecido al durazno silvestre que crece
en los bosques de aleteos verdes.
He hablado en mi silencio con todas
y cada una de las historias donde mi fantasía
la retrata como un elixir que alarga la vida.
Le he de confesar que el tiempo de mis ojeras
es proporcional a imaginarme la causa de su sonrisa.
Pero no le he venido hablar de dudas ni desvelos,
le vengo a proponer la tarde y los helados,
la banca del parque y las caricias de miel,
el pétalo que se marchita para convertirse en pájaro.
Si usted gusta de tomar mi mano
le prometo no atar su alma
y cuando guste dejarla volar sin retraso
quédese todo lo que quiera
y quiérame todo lo que pueda,
porque en estos cuerpos
solamente andamos un rato.
***
Quetzalnoah
