“Sus amigos le acababan de decir que corría peligro de ser conducido a la Escuela de Caballería para ser interrogado sobre sus nexos con Cuba, la guerrilla y el tráfico de armas. Pálido, García Márquez recordó las horas que el anciano poeta Luis Vidales había pasado de pie y vendado en ese mismo lugar, y no le cupo duda de que le pasaría lo mismo. Por un momento, olvidó su calidad de personajes y sólo pensó en Mercede, la Gaba. […]
[…] García Márquez olvidó también la temeridad de sus personajes, que se enfrentaron a pelotones de fusilamiento sin más que una mala palabra, y cogió de la mano a su mujer tras echarse una chaqueta sobre los hombros. Hizo una llamada telefónica y salió de su casa. […]
[…] Mientras tanto, en la casa de García Márquez empezó una extraña ceremonia que ningún reportero gráfico registró: Gloria Valencia de Castaño llegó en una camioneta blanca a sacar el equipaje de su amigo. Y tras las cinco maletas de fibra que Verónica había preparado por la mañana, salió el aparato más importante del país: la máquina de escribir de Gabriel García Márquez.
Quedó tirada en el pavimento varios minutos.
Para el chofer que estaba haciendo el trasteo, esa IBM eléctrica era igual a cualquier otra IBM eléctrica. Y ahí estuvo, arrojada, un arma más peligrosa y difícil de manejar que una ametralladora”. [1]

Tras visitar a Fidel Castro en Cuba, en 1981, Gabo regresó a Colombia para encontrarse con la denuncia del gobierno de Julio César Turbay de financiar un grupo guerrillero. La conmoción le recordó al escritor esa sensación que sus personajes experimentan al encuentro con la muerte. Se miró a si mismo en un encuentro con Dios mientras sus ojos se perdían en la oscuridad de una venda y las botas militares resonando en la caballeriza. El escritor huyó de su amada patria, dejando atrás una persecución de periodistas, sonrisas amigables a los policías del aeropuerto y un revoltijo en el estómago ante la posibilidad de un accidente aéreo.
Así como su miedo a volar y la historia del porqué siempre debía haber una flor amarilla en su escritorio, existen múltiples datos y situaciones de la vida del colombiano que aún no conocemos. La vida está en los pequeños detalles, así que te compartimos algunas cosas que no conocías del ícono de la literatura latinoamericana del Siglo XX.
La casa de los abuelos
Dos años después del nacimiento de Gabo, sus padres y su hermano se trasladaron a Barranquilla con miras a la prosperidad del negocio farmacéutico familiar, y dejaron al colombiano en casa de sus abuelos en Aracataca. Este hecho creó un fuerte lazo con sus abuelos, especialmente con su abuela, quien le contaba historias que más tarde servirían de inspiración para Gabo.

Enemigo de la grabadora
Es conocido que los inicios profesionales de García Márquez fueron en el periodismo, y uno de sus complejos como reportero recayó en las entrevistas con grabadora. El colombiano argumentaba que al momento en que un entrevistado notaba la presencia de una grabadora, su actitud cambiaba. En su caso, él siempre se ponía a la defensiva. Como periodista, recomendaba siempre platicar con el entrevistado y tomar notas, para después recordar la conversación y escribir una impresión de las palabras del sujeto, no utilizar las mismas palabras. “No hay que confiar en la grabadora, ésta no es leal a la persona entrevistada, porque incluso graba y recuerda cuando fuiste un idiota”.

Cien años de soledad nunca llegará a las salas de cine
En entrevista con The New York Times, García Márquez señaló que nunca permitiría la adaptación de su obra más reconocida al séptimo arte, debido a que los lectores de la novela imaginan a los personajes como quieren, y si la historia fuese reflejada en la pantalla grande, destruiría esa ilusión, ese margen de creatividad”. Incluso, detalló que si se hiciera, sería una producción muy costosa, y que en 1989, hubiera requerido a grandes estrellas como: Robert de Niro en el papel del coronel Aureliano Buendía y Sofía Loren en el de Úrsula, “y eso la convertiría en otra cosa”.

La revelación al volante
En 1965, mientras viajaba con su familia de la Ciudad de México a Acapulco, pensó que debería contar historias como su abuela lo hacía. Detuvo el coche, dio media vuelta y regresó a la ciudad para empezar a escribir la novela que se convirtió en Cien años de soledad.

Asuntos del amor
García Márquez y Mario Vargas Llosa eran grandes amigos, aunque las diferencias políticas mermaban su relación. Sin embargo, un día, a las afueras de un cine, Vargas Llosa lo interceptó y lo golpeó en la cara. Según el fotógrafo Rodrigo Moya, quien tomó una foto después del golpe, la pelea fue por un dicho de Gabo a la mujer de Vargas Llosa. A partir de esa noche, la amistad se terminó.

Sin visa no hay American Dream
Aunque amigo cercano de Fidel Castro y un constante crítico del “expansionismo” de Estados Unidos, a García Márquez se le negó visitar el país durante tres décadas, hasta que otro gran amigo, Bill Clinton, le levantó el castigo.

El amarillo de Macondo
Hasta el día de su muerte, en su estudio de la Ciudad de México siempre hubo una rosa o un tulipán amarillo. Este color es recurrente en su obra, además de ser el color predominante en la bandera colombiana. El autor dijo alguna vez: “Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme. Para estar seguro necesito tener flores amarillas (de preferencia rosas amarillas) o estar rodeado de mujeres”.

Helado de de níspero
García Márquez vivió en la Ciudad de México desde mediados de los 60, y gustaba de comer helado de vainilla en un centro comercial cercano a su casa en Pedregal, pero cada vez que podía viajar a Cartagena, Colombia, visitaba un pequeño restaurante de nombre Ohlala, donde pedía su sabor favorito: níspero, una fruta local.

Miedo a los aviones
El remedio de Luis Buñuel para poder viajar en avión consistía en “un martillazo seco de Martini antes de salir de casa, otro en el aeropuerto y uno más antes de despegar”. Aunque Gabo intentó llevar acabo este ritual para superar su miedo a volar, pronto lo desechó al notar que el alcohol sólo incrementaba su miedo. Quienes alguna vez lo acompañaron en un vuelo, aseguran que creaba playlists de su música favorita, dependiendo de la ruta del avión y la duración del vuelo. El miedo a volar del colombiano tuvo raíz en las creencias de su madre, quien también desconfiaba de los aeroplanos y encendía una veladora cada vez que sus hijos viajaban.

El amor en los tiempos de García Márquez
Gabo conoció a Mercedes Barcha cuando apenas eran unos niños, pero decidió que debía casarse con ella una vez que terminara sus estudios. En 1985 Gabo se casó en Barranquilla, con la mujer “a la que le había propuesto matrimonio desde sus trece años”.

La maldición del Nobel
García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982 “por sus novelas e historias cortas, en las que lo fantástico y lo real son combinados en un tranquilo mundo de imaginación rica, reflejando la vida y los conflictos de un continente”. Sin embargo, tras recibir el premio, Gabo temía su próxima muerte, pues según sus estadísticas: ningún escritor vivía más de siete años después de la entrega del premio. Sully-Prudhomme, primer Nobel de Literatura, murió seis años después de recibirlo, Mommsen al año siguiente y Albert Camus dos años después. García Márquez fue condecorado a los 55 años y vivió hasta los 87 años.

Inspiración
En su discurso del premio Nobel, García Márquez se refirió a Faulkner como “mi maestro William Faulkner”. En conjunto con el narrador y poeta, Ernest Hemingway fue la otra gran inspiración del trabajo del colombiano.

El coronel
Gabo escribió la novela El Coronel no tiene quien le escriba impulsado por el hambre y una pobre situación económica mientras dormía en la buhardilla del Hotel de Flandre en París. Años más tarde, su amigo Mario Vargas Llosa hizo lo propio con La ciudad y los perros en la misma buhardilla.

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[1] El viaje de García Márquez, crónica de una salida anticipada. Carlos Mauricio Vega y Pilar de López. Cromos.
