Desde el corazón de la ciudad vemos pasar los días como si no ocurriera nada

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Desde el corazón de la ciudad vemos pasar los días como si no ocurriera nada
Desde el corazón de la ciudad vemos pasar los días como si no ocurriera nada

La historia de cada ciudad se construye a través de la historia personal de quienes la habitan. Si tan sólo nos diéramos el tiempo de guardar silencio, prestar atención y escuchar las voces de quienes recorren día con día cada calle como si fuera una arteria, conoceríamos mejor los latidos de la Ciudad de México. El siguiente texto es una crónica de Arturo Alvarado y una invitación para mirar a través de otros ojos el lugar que habitamos.

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El golpe de su esposa Fernanda lo despierta al cuarto para las 5 de la mañana. Un año y siete meses de pertenecer a la fuerza no son suficientes para crear costumbre en las pantorrillas que le volvieron a amanecer entumecidas. José Hernández tiene 27 años, esposa, dos hijos, 12 kilos de más y un arma calibre 38 que todos los días lleva la recámara llena, además de 12 cargas extras, por si acaso. Cuelga de su cuello un escapulario en hilo verde con la imagen de San Judas. Son las 6 de la mañana y los niños aún duermen. Antes de salir de la casa que renta en el centro de Xochimilco, revisa por tercera vez el contenido de la cangurera que lleva atada a la cintura. Pluma, guantes, silbato y una libreta para apuntar las supervisiones del día.

Con el estómago vacío, reconoce en la oscuridad de las 6:15 de la mañana un cartel negro que en letras blancas menciona la leyenda “Izazaga”. Sube al camión, ubica su asiento en la parte trasera y se queda dormido. Son las 7:30 am cuando llega al cuartel para pasar asistencia. El Halcón Peregrino, su oficial superior, le da la orden de cubrir las calles 20 de Noviembre y Venustiano Carranza, que en la planeación de la Secretaría de Seguridad Pública pertenecen al primer cuadro de la Ciudad de México.

El Centro apenas despierta. La escasez de empleos nutren el ambulantaje. Las cortinas de los locales chillan al ser levantadas. Jóvenes en camisetas de tirantes circulan por las avenidas principales jalando diablitos que cargan paquetes envueltos en bolsas negras. Vagabundos sonríen a los chistes que las voces les cuentan. Cocineras vierten el aceite de reuso sobre las estufas llenas de cochambre. Hileras de granaderos comienzan a tomar posición en las afueras del Antiguo Palacio del Ayuntamiento y el Edificio de Gobierno de la Ciudad de México. Suenan las campanas de la Catedral Metropolitana. El olor a carbón quemado proveniente de un anafre le indica a José que los puestos de tamales están cerca.

De camino a su zona, el atole que acaba de comprar se le escurre por las orillas del vaso quemando ligeramente su mano. A pesar de que el miércoles es muy joven, una torta de milanesa en República de Uruguay le asienta el estómago que comienza a resentir los estragos de una alimentación muy alejada de lo recomendado. No deja de pensar en la pregunta que su hijo mayor de nueve años, Juan, le formula cada que tiene la oportunidad de verlo: “¿a cuántas personas metiste a la cárcel?”. Sin esperar respuesta, Juan añade emocionado cómo les cuenta a sus amigos de la escuela que su papá es policía.

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Cerca de las once, cuando el calor ha logrado desabrochar los primeros botones de la camisa blanca de su uniforme, recibe un llamado para auxiliar en la zona de 5 de Febrero y Chimalpopoca. Cuando llega al lugar le informan que los disturbios han pasado. Llama por radio al comandante y éste le indica que regrese a cubrir la esquina de Carranza y Palma. Siente el sudor correr por su espalda y regresa por 5 de Febrero, donde el aroma a maguey fermentado de las pulquerías, la chuleta cocinada en los puestos de tortas y los residuos que recolectan los camiones de basura invaden el ambiente. “Pepe” no mide más de un metro con 70 centímetros, lleva en la piel el color café prehispánico de sus antepasados, camina dando grandes pasos, aventando los hombros hacia atrás mientras mueve los brazos. En la acera frente a Sanborn’s, en un espacio de menos de 10 metros va y viene en línea recta, sintiendo un leve calambre en las plantas de los pies a causa de las botas de piel sintética que tanto le molestan. A pesar del rugir de los motores, de los gritos de los cláxones y el barullo de las grandes masas de gente, alcanza a distinguir el organillo de Rosalía que toca La Bikina.

Son la 1:45 de la tarde cuando el celular suena. Su compañero que se encuentra en la esquina de 20 de Noviembre y República del Salvador le pide que lo cubra para ir al baño. Al dirigirse hacia allá, sobre Isabel la Católica, se encuentra con el olor a orín del mismo anciano en situación de calle que bebe a diario una botella de Tonayán. Las calles del centro huelen también al sudor de sus transeúntes, a polvo, gasolina y grasa quemada. Distintas voces que nacen en las gargantas de niñas, niños, mujeres, hombres, ancianos, pronuncian diferentes frases, “¡pásele güerita, sí hay, sí hay!, ¡va calado, va garantizado!, ¿qué va a llevar, joven?, ¡sopes, tortas, quesadillas!”.

Llega la hora de comer y José se dirige a la plaza Pino Suárez, donde le gusta echar taco de bistec, cecina, longaniza, suadero, campechanos. La saliva se le junta en la boca pensando en la salsa roja, los nopales y las papas. Junto a él otras decenas de personas —entre empleados, vendedores y policías— gritan su orden. El resto de la tarde transcurre entre los actos cotidianos que constituyen su día: informes sobre algunas direcciones, ayudar a la afluencia en los puntos con mayor aglomeración como Madero, hacer presencia en la vialidad, contestar en diversas ocasiones “I dont speak in english” a los turistas desorientados, recibir mentadas de madre y, principalmente, atender las quejas de los ciudadanos inconformes.

Al final, cuando la luz del sol se esconde y los múltiples faroles alumbran las calles del Centro Histórico, cuando el griterío cesa y el caos se convierte en un silencio que calla una infinidad de secretos, José se encamina a la estación para dejar su arma, firmar salida y comenzar el trayecto a casa, donde le esperan dos hijos dormidos, un perro sucio y una esposa que en el mejor de los casos exigirá hasta la últimas gotas de su fuerza, para después apagar la luz y dormir a su lado.

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La crónica como estilo literario es un recurso que nos ha acercado a la historia de nuestra ciudad y quienes la habitan. Si quieres conocer más sobre la Ciudad de México, te compartimos estos 29 datos curiosos; además, puedes visitar estos 62 lugares en la Ciudad de México que te enseñarán más que un libro de Historia.

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