Cuando la obra es colección

Cuando la obra es colección

Por: Carolina Estrada -

Escribir, crear, supone un ejercicio de recreación. Partamos de la ciencia: la materia, como la energía, no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Igual sucede en los terrenos del arte: “No hay nada nuevo bajo el sol”, pero, ¿hasta dónde es cierta esta premisa?, ¿dónde está entonces el límite entre lo original y la imitación? Contestar estas interrogantes puede ayudar a resolver problemas sociales y económicos tan serios como la distribución actual de contenidos electrónicos. Sin embargo, no hay una respuesta unánime que de al clavo para satisfacer las necesidades de todos.

el acto de escribir


El conocimiento, ese activo tan valioso para el hombre, tiende a perder valor lejos de la colectividad. Se habla del conocimiento en su más amplio sentido, desde el que va de la información más inútil hasta el conocimiento físico, mental o emocional que genera cualquier experiencia de vida y que impulsa a evolucionar. Y si se habla de emociones, el arte es rey. Inspiran las ideas de otros, motivan las hazañas de los demás. Lo que se aprende a través de la obra de una persona puede ser el motor que active la propia creatividad. La inspiración, materia prima de cualquier creación, viene del exterior. Sí, hay quien se inspira conociéndose, pero el autoconocimiento supone también un juego comunicativo con el exterior. Para poder conocer al mundo se debe de reconocer primero en éste, como Narciso frente al agua.

Por eso, porque el mundo para el creador es la fuente inagotable de su impulso creativo, es que el arte sigue vigente. Crear supone, cierto, tener la capacidad de amasar un universo y diseñar los hilos que lo moverán, pero ese universo nunca está aislado porque el creador tiene ya desde el principio una materia ajena que ha de transformar en algo suyo, en algo distinto. Julia Kristeva, quien por primera vez acuñó el termino intertextualidad, definió así la literatura: “todo texto es la absorción o transformación de otro texto”. Escribir es un diálogo entre el autor y su fuente de inspiración y entre la obra y su lector, quien también debe recrearla para poder desentrañarla. En ese círculo que se convierte en espiral, todos los actores se tocan sin necesidad de compartir un espacio físico común.

la intertextualidad


En el universo textual la forma más acabada de la intertextualidad es la cita, esa es la que todos ven con buenos ojos y legitima cualquier obra. De hecho, a nivel académico, una obra sin citas es una obra inválida, de dudosa confiabilidad. El conocimiento nuevo, necesariamente, se ampara en el conocimiento previo. Así se sostiene el quehacer científico. ¿Y qué pasa con el arte? En literatura se dice que no hay temas nuevos, los temas, si pudiéramos hacer un inventario, se restringirían a unos cuantos que los escritores de todos los tiempos han desarrollado en mayor o menor medida a lo largo de la historia y que son los escritores clásicos, esos cuya obra los traspasan, los que mejor los han sabido transmitir. De hecho, a veces ni las propias historias son novedosas en el sentido más estricto del concepto. Lo que es novedoso y marca hitos en la historia de la literatura es la forma en que se cuentan las cosas. Llámense corrientes o estilos, es ahí donde se vale buscar la verdadera originalidad.

La intertextualidad es la madre, el origen de un texto. El escritor, lo reconozca o no, da cauce a su obra a partir del diálogo que ha mantenido con otras obras. ¿Qué mejor ejemplo de eso que el mismo Borges? Cita, paráfrasis, alusión e incluso el mismo plagio, son formas en que la intertextualidad se expresa en la obra. De hecho, si pensamos que el signo es una creación mental primaria, un primer ejercicio de creación y abstracción, el mayor ejercicio de intertextualidad que existe es la propia comunicación, un fenómeno donde las ideas de unos sirven para dar sentido a cada nuevo mensaje.
 
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La transtextualidad, de acuerdo con el diccionario de Helena Beristáin, es la trascendencia textual del texto. En ese sentido, cada obra sería algo así como la colección privada de influencias de un determinado creador, su colección de obsesiones conscientes o inconscientes: “Un texto puede llegar a ser una especie de ‘collage’ de otros textos, algo como una caja de resonancia de muchos ecos culturales, y puede hacernos rememorar no sólo temas o expresiones, sino rasgos estructurales característicos de lenguas”. [1]

Visto de este modo, el escritor se convertiría en un coleccionista que se asume como autor de su colección, cuya mayor virtud ha sido poner a confluir en un espacio y contexto determinado a sus influencias, haciendo que luzcan de tal o cual manera. ¿Qué les parece?

carolinaeg.com



[1] Intertexto. Beristáin, Helena. Diccionario de retórica y poética. México: Editorial Porrúa, 1985. Pág. 269.

Referencias: